El año 2016, un niño pequeño, de casi dos años cayó por accidente en la fosa del gorila, cuando visitaba con su mamá el zoológico. En un descuido de la madre, el niño había caído y la aterradora escena mostraba cómo el gorila se acercaba al niño con curiosidad y empezaba moverlo de un lado a otro, cual juguete. Los encargados del zoológico no tuvieron otra opción que disparar y matar al gorila, para preservar la vida de la criatura. Lo que más me llamó la atención de esa historia, fue que en las redes sociales se hizo un duro cuestionamiento contra la madre, ya que, “por su descuido”, el gorila había muerto. Lejos de regocijarse porque habían salvado la vida del niño, unas 200.000 personas llegaron a firmar una petición para que se proceda contra los padres, «por la falta de supervisión y negligencia que hizo que Harambe perdiera la vida»[1].
Hace solo unos días, un hecho doloroso nos acompaña: una pequeña de tan solo cuatro años fue raptada, violada y asesinada cuando, caminando por la calle de madrugada, se dirigía a buscar a su mamá que se encontraba en una fiesta. El presunto asesino es un joven de quince años[2].
El debate que ahora tiene protagonismo en las redes sociales, no está referido a las terribles cifras que tenemos en el país, sobre violencia sexual contra niños (solo en enero, fueron abusados sexualmente 464 niños[3]); tampoco se refiere a la edad del victimario y el entorno que pudo contribuir para que llegue a cometer ese crimen (15 años, familia disfuncional, consumo de drogas); mucho menos tiene que ver con la responsabilidad del Estado en atender de manera concreta, las necesidades de las familias en situación vulnerable como ésta (dos niñas pequeñas bajo el cuidado de una mamá joven, sola porque el padre se encuentra trabajando en otro país, sin ningún tipo de asistencia). No, el debate se ha generado entre quienes critican la actitud de la madre (salir de casa, dejando solas a sus hijas de dos y cuatro años, bajo el cuidado de otra niña), considerándola responsable en parte por lo sucedido y quienes afirman que cuestionar su comportamiento supone una actitud machista, pues refuerza el estereotipo que la mujer debe quedarse en la casa cuidando a sus hijos. Incluso la Ministra de la Mujer ha pedido que “no generemos estereotipos porque se fue a la fiesta, que fue una descuidada”, y en el mismo sentido, distintos medios de comunicación.
Este caso, y el anterior, tienen un patrón común: la indignación selectiva de la opinión pública y la asignación de responsabilidad a los padres por su conducta, en función de los valores que se enarbolan o defienden. En el primer caso, la madre es responsable por su descuido, porque lo que se defiende es la vida del gorila (un animal en peligro de extinción); en el segundo caso, la madre no es responsable de dejar a sus hijas solas para ir a una fiesta, porque el valor que se pretende defender es – aparentemente – la liberación de estereotipos. Lo bueno, es que las redes sociales no suelen representar lo que piensa un país. Lo preocupante es que una situación tan triste, adquiera atención desde una arista ideológica que si es asumida – como parece – por algunos sectores del gobierno, podría determinar los niveles de acción del Estado en temas de protección de los niños y adolescentes.
Por ello, sin pretender soslayar el necesario análisis que debe hacerse de las responsabilidades que concurren en este penoso caso (que además, requiere acciones integrales inmediatas), debemos hacernos dos preguntas: ¿Es la madre culpable de lo que le sucedió a Camila? ¿La pregunta anterior solo tiene cabida en un país con “cultura machista”?
Claramente, la madre no es culpable de los delitos de violación y asesinato de su pequeña hija. El culpable o presunto culpable, es el joven de 15 años a quien – en los videos de las cámaras de seguridad – se le ve cargando a la niña. Por su edad, no puede ser condenado a cadena perpetua (que es la sanción máxima), pero sí internado en un centro juvenil y recibir medidas socioeducativas. Si éstas medidas serán efectivas y anularán el potencial peligro posterior, no queda claro. Al menos, no tenemos experiencias positivas de resocialización en el caso de menores infractores debido al precario sistema de Justicia Juvenil que tiene el Estado.
Ahora bien, el hecho que no sea culpable, no nos debe impedir asegurar, que, objetivamente, la madre incumplió sus deberes de cuidado respecto de sus menores hijas. Sea que fue a vender comida – como dicen algunos -, sea que fue solo a divertirse en esa fiesta – como señalan sus vecinos – , el hecho concreto es que, dejar a dos pequeñas niñas bajo el cuidado de otra menor de edad, es una grave omisión al deber de protección que tienen los padres respecto de sus hijos (Art. 235° Código Civil) e incluso, se puede considerar que existe una exposición al peligro por privarlas de cuidados indispensables, con el agravante de ser menores de edad (Art. 128° Código Penal); lo que implica un delito. En este caso se evidencia una falta de diligencia en cuando al cumplimiento del rol parental, con consecuencias dolorosas y lamentables.
Cabe resaltar que el deber de cuidado y protección de los padres hacia sus hijos – en este caso, de la madre -, no es una cuestión de estereotipos (entendido como las imposiciones sociales por motivo de sexo), sino que además de ser deberes derivados de la naturaleza de la relación parental, son obligaciones exigibles por las normas legales tanto nacionales como por tratados internacionales. En este sentido, que una madre deje de hacer cosas para sí misma (como asistir a una fiesta) por cuidar a sus hijos, no debería ser catalogado como un sacrificio desmedido o una actitud influenciada por la “cultura machista”.
Sin embargo, lo último es sostenido por los movimientos feministas de género, que consideran que “las mujeres solo pueden ser libres aboliendo su función reproductora”[4], pues parten de la idea que la maternidad coloca a la mujer en una situación de inferioridad frente al hombre. Estos movimientos postulan que “las actividades asociadas a lo femenino, la reproducción, el matrimonio y el cuidado de los hijos, son elementos coercitivos que condicionan socialmente a las mujeres”[5], caracterizando los famosos “estereotipos de género”. Así, una mujer se encontrará más “empoderada”, mientras menos condicionada se encuentre por la familia. Por otro lado, la ideología feminista acusa a la familia de ser una institución de explotación patriarcal, es decir, una institución creada por el hombre (y por el capitalismo) para someter a la mujer, para cuya liberación “los padres deben estar liberados de la responsabilidad única y aislante de criar a sus hijos”[6], entre otras afirmaciones. Con el sesgo ideológico expresado, parecen quedar claras las razones de la indignación selectiva, de quienes pretenden liberar de toda responsabilidad a la madre de Camila.
Pero, seguramente, nada de esto se le pasó por la mente a la mamá de Camila cuando decidió ir a la fiesta, dejando a sus pequeñas solas en casa. A lo mejor ni siquiera conoce el feminismo de género o sus postulados. Ella solo no advirtió el peligro, por ignorancia o porque, a lo mejor, la valoración de sus prioridades fue errada. Sin embargo su actitud negligente, es ahora aprovechada por quienes enarbolan la bandera ideológica del feminismo y el empoderamiento de la mujer.
Lejos de este debate que pretenden imponer quienes defienden una agenda ideológica; tenemos al frente a una madre, que está sufriendo un dolor inimaginable por la pérdida de su hija pequeña en las circunstancias más atroces. Seguramente tendrá que asumir sus responsabilidades legales – que las tiene – pero sin que ello signifique que, como sociedad, hagamos escarnio de sus circunstancias. Nos debemos una actitud más solidaria y caritativa antes circunstancias dolorosas.
Las familias en situación
vulnerable, con madres o padres solos, deberían ser sujetos de atención
primaria en nuestro país (ahora mismo no lo son, a lo mejor por las influencias
ideológicas antes mencionadas). Para el Estado,
los ciudadanos más vulnerables deberían ser los niños, «no hay
causa que merezca más alta
prioridad que la
protección y el desarrollo del niño, de quien dependen la supervivencia,
la estabilidad y el progreso de todas las naciones y, de hecho, de la civilización
humana»[7].
Y si bien ellos necesitan ser protegidos con acciones concretas por parte del
Estado, también deben ser protegidos por sus padres. Son ellos, quienes tienen
el deber ineludible de procurar cuidado y protección a sus hijos. Es su responsabilidad
primaria y fundamental aunque eso, para algunos signifique reforzar
estereotipos.
[1] Véase en: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/05/160530_gorila_nino_eeuu_harambe_cincinnati_aw
[2] Puede verse en. https://elcomercio.pe/lima/lo-que-se-sabe-del-crimen-de-una-nina-de-4-anos-en-independencia-noticia/?ref=ecr
[3] Estadísticas publicadas por el Diario El Comercio, en: https://elcomercio.pe/peru/en-apenas-un-mes-se-violaron-sexualmente-a-464-menores-en-el-pais-noticia/
[4] Mujeres Radicales. (2001). El manifiesto de las Mujeres Radicales. Estados Unidos: Radical Women Publications, p. 34
[5] Aguilar, T. (2008). El sistema sexo género en los movimientos feministas. doi: 10.4000/amnis.537, p. 6
[6] Mujeres Radicales. (2001). Op. Cit. p. 48
[7] Plan de Acción de la Cumbre Mundial a favor de la Infancia, 30 de septiembre de 1990. En: https://www.unicef.es/sites/unicef.es/files/comunicacion/ConvencionsobrelosDerechosdelNino.pdf
Erika Valdivieso
Abogada, Magíster en Derecho Privado Empresarial (UDEP), Postgrado de especialidad en Derecho de la Empresa (PUCP), Postgrado de especialidad en Bioética y Biojurídica (USAT), Postgrado de Especialidad en Metodología de la Investigación (USAT). Doctoranda en etapa de investigación del doctorado en Derecho de la Sociedad Global: Desarrollo económico, riesgo e integración social de la Universidad de Navarra (España). Past Decana de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo (2011-2014). Past Directora del Instituto de Ciencias para el Matrimonio y la Familia de la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo (2012-2017).
