Para los que estamos, por lo menos, al borde de las cinco décadas de edad, esta frase del robot B9, que advertía una señal de riesgo al pequeño Will Robinson, nos trae a la memoria la serie ‘Perdidos en el espacio’, que fuese emitida entre los sesentas y setentas del siglo pasado. Y me parece que cae a pelo frente a las alarmas que se han encendido en torno al ejercicio del periodismo en nuestro país.
El periodismo es un oficio muy importante, pues es a través de quien lo ejerce y de los medios que utiliza para su difusión, que el ciudadano de a pie se entera de una noticia, acontecimiento o un futuro evento. Por lo tanto, la veracidad y neutralidad de lo que se transmite, no solo es esencial, sino imperativa.
El periodismo de opinión es la variante a través de la cual se genera la interpretación de los hechos. Es decir, deja de ser el hecho en sí mismo, para convertirse en lo que uno interpreta de él.
Para lograr tener un espectro amplio y contar con todos los elementos para sacar conclusiones, siempre se debe ir a las fuentes, buscar a los protagonistas para obtener unas declaraciones, una entrevista, un comunicado o pronunciamiento.
Con todos estos elementos podremos entonces forjar nuestra opinión y tomar una postura frente a las noticias.
Y ‘ahí está el detalle’, cuando descubrimos que muchas veces lo que nos han venido transmitiendo ha tenido un sesgo informativo que responde a los intereses de quien los emite o del propio medio de comunicación.
Como consecuencia, la opinión de que nos formemos sobre los acontecimientos, ya no estará necesariamente cercana al hecho objetivo, sino lo que ‘alguien’ quiere que creamos.
Voy a remitirme a un caso que me parece emblemático. Desde marzo de 2020, el Perú comenzó a sufrir las consecuencias de la pandemia generada por el COVID-19. El gobierno decretó el 16 de ese mes una inmovilización social obligatoria (restricción completa de la libre circulación), que originalmente se planteó para dos semanas, y terminó prolongándose por dos meses con esa rigurosidad y por varios meses posteriores con cierto nivel de flexibilidad.
Las noticias que llegaban del mundo hacían presagiar que un país como el nuestro, con una precariedad terrible de nuestro sistema de salud, podía colapsar. Y nos quedamos cortos. La muerte comenzó a acompañar nuestro día a día, el pánico se apoderó de todos y los gobernantes de turno no tuvieron la capacidad de tomar las decisiones correctas convirtiendo al Perú en uno de los peores países del mundo en el manejo de la crisis sanitaria, con aproximadamente 200,000 fallecidos directos o indirectos por el coronavirus.
Hacia finales de octubre, como si no tuviéramos ya suficiente, una nueva crisis política azotó a nuestro país y esta desembocó en la vacancia a manos del Congreso del entonces presidente de la República por incapacidad moral permanente.
No es mi intención entrar a debatir si fue correcto o no, si fue un exceso o una interpretación equivocada, si se debió producir o esperar a que termine el mandato algunos meses después. Esa reflexión será materia de una columna posterior.
El hecho concreto es que, desde los medios de comunicación se tomó postura en torno a este acontecimiento y se promovió la caída del nuevo régimen, que, nos guste o no, había seguido el mecanismo que la misma constitución preveía. Y aunque para algunos no necesariamente era así, afirmar lo contrario tampoco se alejaba de una posible válida interpretación.
Pocas veces en el país se ha visto cómo toda una maquinaria se alineó para un objetivo común: Que renuncie el nuevo presidente. Desde casi todos los medios de comunicación se convocó a tomar las calles, a marchar por la ‘democracia’, con transmisiones casi ininterrumpidas, hasta que cayó el gobierno. Como detalle anecdótico se usó el mismo cuestionado criterio para nombrar al sucesor para los próximos meses, pero ahí curiosamente nadie lo cuestionó. Pero tampoco me quiero ocupar de eso.
‘Salgan a las calles, porque no hay riesgo de contagio del COVID-19’ fue la idea fuerza que se divulgó a través de ‘influencers’, periodistas y algunos líderes de opinión disfrazados de periodistas. El Perú se seguía desangrando. La amenaza de la segunda ola estaba sobre nosotros. El sistema de salud estaba cada vez más colapsado, pero un grupo de mercenarios de la comunicación, incitaban a marchar, porque ‘no habían riesgos de contagio’.
Se utilizaban los medios de comunicación masivos y ocuparon también las redes sociales, esas plataformas que no tienen ningún filtro, ni regulación, en la cual se pueden difundir las más aberrantes y falsas informaciones.
Alguien se preguntó: ¿Quién estaba detrás?. Hubo una burda manipulación política. Se utilizó a esta fuerza poderosa que es la juventud, tocándoles las fibras más profundas. Se aprovecho la vulnerabilidad ocasionada por el encierro de meses. Y cobarde e irresponsablemente se les lanzó a las calles, apelando a un válido principio de protesta, pero poniendo en riesgo la vida misma de ellos.
Por supuesto que ninguno de los azuzadores participó de marcha alguna. Y después de las lamentables pérdidas de dos seres humanos todos se rasgaban las vestiduras, sin asumir la más mínima cuota responsabilidad sobre ellas, culpando a terceros por las mismas.
Este es el punto medular de esta columna, el tomar conciencia que en estos tiempos el periodismo se ha visto dañado, que hay claramente una influencia política que no necesariamente busca el bien común como pudo haber sido el rol histórico del oficio y de los medios, sino que acentúa las polarizaciones y trata de imponer corrientes ideológicas que defienden intereses particulares e instaurar una nueva forma de vivir, un nuevo ordenamiento mundial, que busca eliminar los valores permanentes para proponer una reinterpretación de los mismos.
Seamos críticos y no nos dejemos llevar por estos modernismos, que no tienen que ver con la evolución del mundo, sino con una manipulación de la historia. En todo esto claramente hay ‘gato encerrado’.
Guillermo Ackermann Menacho
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.
