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¡Actitudes positivas que cambian nuestras emociones!

Era una tarde de julio insoportablemente húmeda en la ciudad de Manhattan que hace que la gente este de mal humor. Yo regresaba al hotel y al subir al autobús que me llevaba a mi destino, me sorprendí que el conductor, un rubio de mediana estatura, me salude con un cordial “¡hola! ¿Cómo le va?”, saludo que le daba a todo aquel que subía mientras el autobús iba entre el denso transito del centro de la ciudad.

Todos los pasajeros se sorprendieron al igual que yo y, atrapados en el clima taciturno favorecido por el día, pocos respondieron al saludo.

Pero mientras el autobús avanzaba lentamente calle arriba se produjo un cambio lento y casi mágico, el chofer ofreció a los pasajeros un ágil monologo, un animado comentario sobre los escenarios que sucedían ante nosotros: había una liquidación increíble en las tiendas de ropa, una exposición maravillosa en el museo de arte, ¿alguien había oído hablar de la nueva película que acababa de poner en la cartelera de la otra avenida? El deleite que sentía ante las variadas posibilidades que brindaba la ciudad resulto contagiosa.

Cuando los pasajeros bajaban del autobús, lo hacían despojados del caparazón del mal humor con que habían subido; y cuando el conductor gritaba un “¡hasta pronto, que tengan un buen día!”, cada uno respondía con una sonrisa.

El recuerdo de esos momentos vividos aquel día, me acompaño por muchos años, en la época que viaje a Manhattan, que acababa de obtener el doctorado en Psicología, pero en aquellos tiempos la psicología prestaba poca atención a la forma en que podía producirse semejante transformación en las personas.

La ciencia psicológica sabía poco y casi nada de los mecanismos de la emoción.  Sin embargo, al imaginar el virus de los buenos sentimientos que se había propagado en la ciudad, empezando por los pasajeros del autobús, me di cuenta que el chofer del autobús era un pacificador urbano. 

Tenía una capacidad para transformar la hosca irritabilidad de los pasajeros, para suavizar y abrir sus corazones. En los periódicos se leían algunos temas dramáticos: “un niño de 8 años se dedica a derramar agua en todas las carpetas de sus amigos, computadoras e impresoras y destrozar un coche del aparcamiento de la escuela”, “según un informe de la policía, la muerte de menores son hechos por sus propios padres o padrastros. Los padres tratan de atenuar su culpa diciendo que solo trataba de disciplinar a sus hijos”, “un joven canadiense es procesado por el asesinato de 7 mujeres y niñas israelitas mientras dormía, una vez procesado alega que no puede dejar de lamentar lo que ha hecho y estoy avergonzado”.

En los noticieros de todos los días se escuchan informes de este tipo sobre la desintegración de la seguridad, ataques violentos del impulso ruin que todo lo destruye. Las noticias solo reflejan en una escala más amplia de que existen cada vez mas emociones fuera de control en nuestra propia vida y de quienes nos rodean.

La ineptitud emocional, la desesperación y la imprudencia en nuestras familias, nuestras comunidades y nuestra vida colectiva, en la quieta soledad de los niños abandonados, descuidados o maltratados, o en la espantosa intimidad de la violencia marital. Una extendida enfermedad emocional se expresa en el aumento de los casos de depresión el mundo entero, adolescentes que van a la escuela con armas, accidentes en la autopista que acaban con disparos, maltratos indiscriminados.

Isabel Peña Rodríguez.
Psicoterapeuta Gestalt de niños, adolescentes, familia y de pareja. Bachiller en Derecho y Ciencias Políticas. Asimismo, se desempeñó en el área de Salud Mental del Ministerio del Interior. Coaching internacional – Programación Neuro Lingüística (PNL). Diplomada en Salud Mental Comunitaria. Se desempeña en la Dirección de Recursos Humanos – Talento humano, Salud mental del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables.

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