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¿Atrapados sin salida?

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad huye de la enfermedad y la muerte. La visión judeo-cristiana contempla estas dos condiciones como un mal, ya que el hombre fue creado para la eternidad. El origen del pecado original tiene lugar cuando Adán desobedece a Dios a instancias del Ángel Caído.  Esta desobediencia se pagará muy cara, nada menos que con las calamidades aludidas.  El orden quebrado por Adán fue restituido por Cristo, quien obedece al Padre hasta el Calvario y vence. La muerte queda así, aniquilada por la resurrección del Nazareno: con este acto, otorga la promesa de la vida eterna.

En una Era como la nuestra -cientificista, tecnocrática e industrial-, la muerte siempre se pretende ocultar. El hedonismo y el materialismo liberal no le permiten a la humanidad percibir su verdadera condición.  Nos creemos eternos. 

Tenía que asomar su cabeza una mortal pandemia, inimaginable en pleno siglo XXI, para recordarnos “y hacernos avivar el seso y despertar para ver cómo se pasa la vida y como se viene la muerte tan callando”, según rezan los versos de Jorge Manrique en “Coplas por la muerte de mi padre”.  El hecho es que estamos atrapados en medio de un enemigo que trae consigo otros: la enfermedad y el peligro de una destrucción inminente tras ella. 

La vida no ha sido fácil para los habitantes del planeta.  En nuestro país han fallecido más de doscientas mil personas a causa de la Covid-19. Y se dice que el mundo ya superó los cinco millones de muertes a causa de este mal.  ¿Qué ocurrió?  Nadie estaba preparado para una catástrofe de tal magnitud.  Las vacunas llegaron a salvarnos por la tangente.  Los fármacos aprobados de emergencia protegieron a muchos, pero no a los suficientes para sentirnos tranquilos.  Estamos constantemente amenazados por la enfermedad y ese es el enemigo que debemos combatir.  No todos los ciudadanos han optado por ellas, puesto que algunos ven improvisación; otros, teorías conspirativas, etc. 

Es innegable que en la actualidad la ciencia ha avanzado lo suficiente para crear vacunas  y paliar las consecuencias de los contagios.  Pero el virus no ha venido para irse, sino para quedarse.  De lo que se trata es de convertir una situación pandémica en endémica.   Eso no se logrará hasta que no exista absoluta seguridad en las vacunas y en los tratamientos para enfrentar los horrores.  ¿Estamos listos para volver a la normalidad?

Definitivamente, no. No solo porque se sigue investigando acerca de las vacunas y tratamientos, sino por la conducta general de la ciudadanía.  Vivimos en una atmósfera sombría, marcada por la Covid-19; sin embargo, la gente desea enfrentarse al virus quizás sin las armas necesarias.

¿Estamos realmente apertrechados para un retorno al trabajo presencial y a las clases?  Hasta ahora la decisión ha sido voluntaria.  Un buen número de personas se ha vacunado, pero de los protocolos de bioseguridad no será factible deshacernos por un largo tiempo.  Se trata de una enfermedad, un enemigo invisible al que no podremos combatir, sino velando por nosotros mismos y por quienes nos rodean.  Un individuo recibe las dosis, pero no queda exento de que porte el virus y lo transmita a otro, vacunado o no.  Estamos cercados: el aire que respiramos es el medio transmisor.

La presencialidad en las escuelas y universidades ha de ser cauta y desarrollarse por fases.  Hay aulas que albergan a cuarenta o cincuenta estudiantes.  ¿Cómo se acata un protocolo de bioseguridad si el espacio no alcanza para el distanciamiento social? ¿Cómo se las arreglarán las universidades para afrontar este contexto de la enfermedad?  El uso del barbijo es imprescindible. No debemos despojarnos de él. Además, siempre es posible caer víctimas del enemigo invisible, aunque no lleguemos a una UCI; el peligro es inminente si no tomamos cartas en el asunto.  Todo ello debe evaluarse antes de decidir qué se hará para gestionar con criterio y sensatez tamaño retorno y lo que implica en una densa población estudiantil.

Una salida eficaz podría ser que los cursos en los cuales no es menester la presencialidad se dicten por la vía virtual y, para aquellos donde sí es necesaria, se establezcan pequeños grupos de alumnos. Con ello, se cumpliría el requisito y los objetivos: educación superior libre de riesgos.

Estamos en medio de la enfermedad; ella nos enfrenta, nos manipula de un modo devastador. Como seres pensantes, hallemos salidas que poco a poco abandonen el factor pandémico y combatan al endémico.  Por lo pronto, debemos confiar en la eficacia de las vacunas como elementos de protección ante la muerte. Esta es el límite constante que revela la fragilidad del ser humano. 

Y está lejos de ser solo un episodio.  No tomemos el toro por las astas pensando que lo venceremos sin estrategias. Estemos preparados para la contienda y así evitaremos que nos destruya. ¿Atrapados?  Sí, atrapados… no sin salida.  Todo lo contrario.  Disponemos de los elementos necesarios para salir poco a poco de la pesadilla. No bajemos la guardia.  Estemos atentos a todo lo relacionado con la enfermedad.  Se habla de una Tercera Ola que aún no llega, pero lo haría en cualquier momento.  Las variantes del virus mutan.  Ya en otros países (Rusia, China) se ha demostrado que, por relajar medidas, los gobernantes debieron regresar al principio. Sigamos firmes o ¡que Dios nos coja confesados!

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

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