En sus interesantes conversaciones póstumas con el ensayista suizo Peter Haffner, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman desliza con fino humor lo que a su juicio será la fábrica del futuro. Prevé que en ella solo habrá dos seres vivos: un hombre y un perro. “La función del hombre será la de alimentar al perro; y la del perro, garantizar que el hombre no toque nada”, sostiene. La progresiva obsesión por la digitalización llegará, según él, a que resulte innecesario el cerebro, sustituido por un artefacto capaz de pensar como él, como lleva años persiguiendo el controvertido multimillonario ruso Dmitry Itskov.
Las tecnologías disruptivas y la fabricación en masa de productos en países que incumplen sistemáticamente las reglas del comercio y el derecho laboral internacional constituyen hoy las mayores amenazas no solo para la empleabilidad universal, sino para un mañana con huella humana, algo que no está sobre el tapete de quienes solo valoran el rendimiento económico, y nunca la participación de las personas en el sistema.
De un tiempo a esta parte, además, han comenzado a ser paulatinamente comprometidas por la computación hasta las actividades de corte más intelectual o profesional, como a diario observamos con esas nuevas aplicaciones informáticas para el diagnóstico médico o los famosos algoritmos en otros terrenos. Hay quien aventura, incluso, que no tardará en generalizarse la administración de justicia a través de la inteligencia artificial, a la que solo cabrá introducir datos para conocer la respuesta legal, como hace ya el ChatGPT o el programa Watson.
Tal vez este doble fenómeno, de globalización cimentada en una producción al menor coste posible y de aceptación acrítica de los nuevos avances informáticos, guarden relación con lo que Bauman apuntaba con su proverbial agudeza: hemos dejado de concebir adelantos para contar con los mejores medios de cara a alcanzar nuestros objetivos. Es esa tecnología, ahora, la que define cuáles han de ser nuestros objetivos. “No desarrollamos estos medios para hacer lo que deseamos, sino que hacemos lo que estos medios nos permiten”, sentenciaba el desaparecido pensador.
Esta esclavitud que sufrimos a diario de aquello que debiera estar a nuestro servicio y nunca al revés, quizá no tenga parangón en la historia de la humanidad. La imprenta fue en su día censurada por aquellos que la consideraban una amenaza para las clases trabajadoras, porque al leer se temía que mermaran sus condiciones laborales. Pero nunca como hoy hemos acogido unas innovaciones tan descomunales sin detenernos a valorar sus consecuencias sociales, que este caso se presentan graves y plurales.
Con todo, hemos de ser pesimistas a corto plazo y optimistas a largo, como sostenía Gramsci y repite también Bauman. La experiencia telemática del confinamiento en la pandemia ha producido un creciente rechazo en amplios sectores, hartos de la dictadura del plasma. Las experiencias docentes de ese período no pueden ser más desoladoras, con alumnos desconectados a la primera de cambio. Y los usuarios de servicios públicos claman porque se le atienda en directo, y no por teléfono o por una pantalla. Aunque la salud se sirva de aparatos para una mejor prestación, continúa siendo imprescindible el contacto directo con los sanitarios, como debiera seguir considerándose obvio.
Por más que lo traten de imponer las cuentas de resultados de quienes aspiran a un idílico porvenir donde solo haya ingresos, no parece haber recambio posible a la presencialidad y a la proximidad humana, algo que confío que nuestras leyes sepan promover y defender como es debido.
*Artículo publicado en www.lne.es
Javier Junceda. Jurista y escritor español. Académico de las Reales Academias Española y Asturiana de Jurisprudencia, de la Norteamericana de la Lengua Española y de la Peruana de Derecho. Columnista, compagina la docencia universitaria con el ejercicio de la abogacía en su propia firma. Cree en la España de ambos hemisferios. Y que procede conservar lo que merece la pena ser conservado.
