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Entrevista en el programa “Diálogo y Debate”

Como las tortugas de mar, que al nacer buscan llegar al agua porque para ellas la intemperie representa la vulnerabilidad y un peligro para su sobrevivencia, en el Perú mucha gente, desde que nace, busca dirigirse al dinero.

Eso es producto de múltiples sensaciones y sentimientos de carencia. También de la angustia que genera la falta de oportunidades y la desigualdad imperante. Desigualdad en la atención, en el trato, en la educación, en el componente racial y en la implementación de servicios elementales como lo son el agua, el alcantarillado, la seguridad social y hasta la seguridad ciudadana.

La consecuencia de esa angustia es la disposición de mucha gente a hacer casi cualquier cosa con tal de obtener “el anhelado dinero”. No importa cómo e incluso a qué precio personal, laboral o político.

Este rasgo, unido a la falta de una educación cívica que todo país requiere, ha generado una exponencial y creciente cultura de la transgresión en todas las formas de gobierno.

Mucha gente literalmente entra al gobierno para robar y en la práctica no le importa las consecuencias. Lo importante es obtener ese dinero, pase lo que pase. Es casi como un bingo, pero al revés. Saben que pueden salir malamente sorteados si son descubiertos, pero para ellos eso es parte de su apuesta por el robo. Así de patético.

Lo vemos en los gobiernos locales, en muchos municipios, en la administración de los recursos públicos desde el Ejecutivo. La cultura de aprovechamiento ha llegado incluso al tema de los almuerzos de los congresistas. Y eso es una metáfora penosa.

Castillo fue un ladrón, un abigeo en el poder, un impulsador de cutra, un estafador político, un paquetero de billetes y acuerdos bajo la mesa. Representa a un Perú dispuesto a robar o al aprovechamiento a cualquier costo, pero no es el único peruano capaz de hacer lo que hizo. Hay muchos como él, porque esa posibilidad está instalada en el país, por la falta de una adecuada enseñanza de valores y por la angustia por la plata.

En su caso, además, se trató de una persona con severas psicopatías que se desarrollaron aún más con su manejo díscolo del poder.

Hoy sabemos que hasta pensaba en terminar con la vida de personajes que lo incomodaban porque lo denunciaban, lo confrontaban y lo ponían al descubierto.

Dejó al país con una institucionalidad parcialmente destruida. Institucionalidad que el Perú nunca alcanzó del todo, y que por lo mismo hace del Perú un país inacabado.

Las marchas y protestas no son de ahora. Vienen desde las manifestaciones campesinas de la década del 50. Desde las revueltas en la Convención en el Cusco. Las guerrillas del sesenta. Las atrocidades y horrores del grupo terrorista Sendero Luminoso.  Y también desde voto por la política no tradicional (reflejado en la búsqueda un outsider). Ahora en las protestas, los bloqueos y los ataques a comisarías, fiscalías y tribunales de justicia.

Todo eso, guardando las diferencias y sin avalar ninguna forma de terror, destrucción o muerte, es al final de cuentas una manifestación repetitiva a diferente escala por la falta de igualdad, equidad social, atención de los servicios básicos y abandono social. Es una forma social de repetición compulsiva, queja perenne.

 Mientras esas carencias no sean subsanadas, volverá a aparecer la protesta bajo formas de expresión y en circunstancias diferentes.

En psicoanálisis, la compulsión a la repetición se da una y otra vez mientras el síntoma no sea atendido. Es necesario hacerlo consciente y elaborarlo. Para ello el diálogo es fundamental y necesario.

Hoy en día las marchas y protestas se dan en democracia. Antes se hubiesen dado desde la clandestinidad y el terrorismo. Hay que combatirlo en democracia, pero también saber leerlo y entenderlo en esa misma democracia.

El duelo por las pérdidas y el sentimiento devastador que produjo la pandemia ha afectado a los peruanos. Y a esto hay que aumentarle el daño de la manipulación mediática que produjo Vizcarra, un hombre que salía todos los días en la televisión como si fuera un conductor de televisión, que encerró a la población y ofreció plata como en feria.  Cuando ni siquiera fue capaz de resolver la compra de las vacunas. Mucha gente murió por su negligencia. Y esto ha generado un gran sentimiento de pesar en la población, de rabia y de frustración. Algo cercano a la depresión.

Estos y otros temas fueron desarrollados en la entrevista a la que fui invitado por el programa “Diálogo y Debate”, que conduce el periodista Víctor López García. Agradezco la invitación. Y gracias por permitirme compartir con ustedes, amigos lectores, el link de la entrevista.

Aquí el enlace:

Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta

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