Site icon Vox Populi Empresarial

La locona

Alguna vez mi carro fue también un último modelo, un carro reluciente, todo nuevo, recién salido de fábrica. Fue en su momento un automóvil del año. Y lucía imponente por Lima. Nunca salió de la ciudad, salvo por algunos viajes nocturnos al sur. Tampoco transitó por lugares descampados. Pero, en su momento, circulaba por Lima orgulloso de ser lo que era: un carro nuevo, llamativo, y conmigo al volante.

Hoy en día mi carro guarda conmigo la complicidad de muchas conversaciones sostenidas ahí, y seguramente, también, de momentos románticos. También está lleno de recuerdos de sana aventura, de música rock, y de las noticias del día a día, pues siempre escucho la radio cuando estoy manejando.

Nunca choqué ni nada parecido. Aunque en los últimos años he puesto particular atención en los semáforos. Y es que he visto cómo han asaltado a gente de apariencia amable y sencilla. Una vez, recuerdo, un motociclista asaltó a una señora en un taxi que estaba a mi costado. El ladrón disparó al aire. Vi cómo salía fuego de la pistola, cosa que nunca había visto, y el motociclista, cobarde él, tras quitarle la cartera, huyó en su moto.

Con el paso del tiempo mi automóvil se fue haciendo medio tío, dejó de ser nuevo, y pasó a ser el típico carro candidato a ser vendido.

Algunas personas me decían: “cómprate otro carro”. Pero no lo hice. Nunca he sentido la necesidad de cambiarlo por una 4 x 4. En él, voy al mercado, a Miraflores, los jueves a unas reuniones en Camino Real, salgo por las noches, voy a restaurants, y a veces al Mamino a comprar un dulce de canela.

El que no sea nuevo, en una ciudad tan insegura como Lima, se fue convirtiendo en una ventaja, la ventaja de que muy posiblemente no sería robado.

Pero me equivoqué. Me robaron el carro. De pronto una noche desapareció. No estuvo más. Dejó un espacio vacío. El lamentable hecho ocurrió hace tres viernes. Lo había dejado a las afueras de mi casa por un rato. Y había decidido asistir a una reunión que tenía agendada, caminando. Al regresar, no estaba.

Lo primero que me vino a la cabeza fue pensar que tal vez había ido a la reunión en carro y no me había dado cuenta. “Qué raro -pensé-, debo estar con principios de Alzheimer”. Por lo mismo, decidí volver, pero no, mi carro no estaba, había desaparecido. Era de noche, la calle estaba tranquila, pues por mi casa no circulan muchos autos, y fue así como, de un momento a otro, quedé convertido en un transeúnte desconcertado.

Ya en casa consulté las cámaras. Y ahí estaban los ladrones.  Uno de ellos finge hablar por teléfono, mientras el otro, alto y algo grueso, intenta abrir la puerta del carro.  Finalmente la abre. Pero no entra. Abre luego la puerta de atrás. Ahí sí entra, se sienta y, cosa curiosa, sale por la otra puerta. Luego volvería a ingresar, prende el carro, y ambos parten con la luz apagada. Justo una semana antes, el sonido de la alarma se había desactivado. Piña, e imprudente yo.

Mi rutina cambió completamente, pues de la comodidad de trasladarme en mi carro pasé a ser un asiduo cliente de Uber.

Una noche quise ir a San Isidro. Uber marcaba 37 soles. Ahí descubrí que las tarifas varían de acuerdo a la hora, la demanda y la congestión.

Así estuve unos 15 días hasta que recibí una extraña llamada. Una voz ronca me dijo que el carro estaba en la playa de estacionamiento de la RENIEC, en Javier Prado, al lado del Colegio San Agustín.

Fue así como apareció mi carro. Sin embargo, al verlo, había algunas cosas que no checaban y más bien generaban desconcierto. Le habían puesto llantas nuevas. ¿Qué hace un carro robado con llantas nuevas? Raro. Además, estaba simonizado. ¿Qué ladrón simoniza un carro antes de abandonarlo? Brillaba. Muy raro. Sí, también estaba reluciente por dentro.  Realmente raro.

La Policía intervino y lo trasladaron a la comisaría, y de ahí se lo llevaron a la DIROVE.

Esa noche fui a recogerlo bastante tarde, como a la medianoche. Pero era demasiado tarde y ya nadie atendía. El Policía de la puerta me hizo algunas preguntas y me sugirió acudir a la División de criminalista. “Queda a dos cuadras”, me dijo.  Con temor, me dirigí hacia allá.

Y fue así como de pronto llegué a una cuadra que llamó mucho mi atención. La gente estaba en la calle como si fuera de día. Algunas personas hasta habían sacado sillas para conversar al aire libre. Ahí, no había peligro. Unos jóvenes además practicaban marinera. Otros tomaban cerveza en ronda. Al parecer ahí no había robos. Nadie se preocupaba por ser asaltado. Era como una vida de pueblo.

– “Aquí la inseguridad no existe”, comenté sonriendo a una señora que parecía tomar baños de luna.
– “Hemos salido a conversar. Siempre lo hacemos ”, respondió.

Estaba en Barrios Altos. Era día de semana y estaban todos muy entretenidos.  Conversaban despreocupadamente, quizás porque en esa cuadra quedaba la DIRINCRI.

Al día siguiente me llamó María Luisa desde Santiago. Ella está ahí recogiendo testimonios de su época de infancia porque está preparando una novela.

– ¿Cómo está tu carro?, me preguntó.
– ¡Paradazo!, respondí.
– Le han puesto hasta tapas de aros nuevos.
– ¿En serio? … jaja. ¿Y qué tales son?
– Me parece que son de marca, bastante fichos.

Le conté cómo fue que apareció. También le comenté lo de las llantas. Realmente raro.

– ¿No habrá sido Lalo?, me dijo.
– ¿Quién es Lalo?, pregunté.
– La locona.
– ¿La locona… quien es la locona?
– La chica que una vez llamaba y llamaba cuando estábamos en tu casa.
– ¡Ahh!

Entonces recordé que una vez estando en La Dalmacia, puse en Facebook mi ubicación, y una media hora después apareció esa mujer. Se sentó como a tres mesas y pidió exactamente lo que estaba cenando María Luisa.

Algo parecido ocurrió en un cine. No sé cómo se enteró que estábamos yendo, y de pronto apareció en la cola, y se sentó unas filas detrás de nosotros.

Ella, más allá de eso, es una profesional brillante, una gran procesalista, muy eficiente en su trabajo y reconocida en el medio jurídico. Una vez alguien comentó que “si se dedicara al Derecho Penal, las cárceles estarían vacías”. Es honesta, pero tiene ese problema, por momentos es medio loca, pero siempre es brillante, o loca completa, no lo sé, aunque es tranquila.

Más allá de lo dicho, lo cierto es que luego de este extraño episodio, mi automóvil quedó como nuevo. Está cañón. El único problema es que no podrá circular a más de 65 kilómetros por un tiempo. Y es que lo dejé en un taller especializado. No vaya a ser que tenga activado un GPS o algo así. Y hoy me llamaron y me dijeron:

– Su carro está bien. No hemos encontrado nada que nos llame la atención. Ya lo puede recoger, pero no lo acelere a más de 65 kilómetros por un mes.
– ¿Por qué?
– Un mes, o mil kilómetros, lo que se dé primero.  La persona que lo robó, le ha hecho cambio de anillos.

Estos días que he estado sin automóvil he visto y sentido más que nunca el ambiente de inseguridad y fragilidad que hay en la ciudad. Uno camina atento de no ser asaltado, cuidando su celular, listo para entregar la billetera en caso de robo, casi rogando de no ser golpeado en caso de que algo así ocurra.

Los microbuses son conglomerados de gente extenuada por la cantidad de personas adentro y el calor. Las colas del Metropolitano llegan a 200 metros en algunas estaciones. Y cada moto que pasa es un peligro en potencia.

Las mafias, las bandas de asaltantes, los secuestros, el sicariato, los robos de carros, las extorsiones del Tren de Aragua y el negociado de algunos municipios con las grúas, están a la orden del día. Y todo eso genera ansiedad social, un stress cotidiano, porque en la práctica esta situación ha tomado el control de la ciudad.

No tengo prueba alguna de que todo esto fue obra de esta persona. Afirmarlo sería injusto y podría ser injuriante.

Lima registra el robo de 1,500 automóviles al año, y de 4,750 celulares diarios, lo que equivale a 158 asaltos por hora, es decir 2.6 celulares robados por minuto. La gente sale a la calle, literalmente, para ser asaltada. Sabe que le puede pasar cualquier cosa. Si ese día sale sorteada, podría incluso no volver a su casa. Y las estadísticas lamentablemente siguen subiendo.

No hay cuerpo policial que pueda enfrentar 158 asaltos por hora. Urge una estrategia integral y multidisciplinaria, porque esto en vez de disminuir, repito, sigue subiendo.

La inseguridad ciudadana nos tiene a todos en estado de vulnerabilidad y todos los días estamos expuestos a ella. No obstante, y en medio de esta galopante inseguridad,  en medio de tanto asalto, y en medio también del temor social existente por las extorsiones, hay algo de lo que estoy completamente seguro y de lo que no tengo ninguna duda: si por alguna razón, obviamente no deseada, si por alguna calamidad coyuntural, me viera en la trágica, terrible, inaudita y desdichada situación de verme obligado a  escoger entre ser secuestrado por una banda criminal,   acosado por colombianos extorsionadores, incluso ser víctima del Tren de Aragua, o  simplemente, caer una noche en manos de “la locona”, preferiría mil veces lo primero. No quiero ni imaginar lo que sería de mí si fuera víctima de sus fantasías y desenfreno. Mejor lo dejo aquí, no vaya a ser que me persiga de nuevo.

Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta

Exit mobile version