Dice el brillante politólogo Samuel Huntington, que los fines del Estado no pueden ser su propia destrucción. Y más, si al hacerlo, responden a ideologías o a intereses que van en contra de la seguridad nacional. Y si de seguridad se trata van en contra del cumplimiento de la misión constitucional de las Fuerzas Armadas, y por ende, del Ejército del Perú.
Si repasamos la historia nacional, veremos en ésta, booms económicos improductivos, caudillos civiles y militares en disputa, oligarquías banales, crisis periódicas, pero también, en el lado lleno de la copa, esfuerzos grandes por despuntarlos, ganas de hacer cambios para superar las crisis, y muchas esperanzas de caminar hacia la paz interna y el desarrollo.
Enfoquémonos en la seguridad nacional. Hablemos del hoy. Tenemos riesgos y amenazas diversas: narcotráfico, minería ilegal, disidencias PCP-SL, bandas criminales y delincuencia común. Por ello, se necesita reformular una política de estado en el sector Defensa, que trascienda los asuntos políticos y proporcione un marco estable para la financiación y asignación presupuestaria acorde con las necesidades del país y que articule todos los elementos del poder nacional.
Todas estas necesidades, se estrellan cuando el Presupuesto de la Republica aprobado para el 2024, en cuanto se refiere a Defensa, no pasa del 1% del Producto Bruto Interno, y representa apenas un incremento de entre 11 y 12%. Es decir, unos 251,8 millones en comparación al del 2023. Esto quiere decir que, las FFAA y por ende el Ejército, se ven reducidas no solo en la gestión de adquisición y contratación de bienes, pago de servicios, proyectos de inversión, infraestructura y salud, sino en capacitación, entrenamiento y perfeccionamiento, todo lo cual, merma las capacidades operacionales y de disuasión.
Como dicen los expertos, la defensa de la soberanía y la integridad territorial no son fines negociables. Si las lecciones aprendidas arrojan que el Perú cuando ofreció vulnerabilidades fue atacado y sometido a innumerables pérdidas económicas, territoriales y poblacionales, enmendemos la plana.
Como lo dijera, el 27 de noviembre de 1979, el general Rafael Hoyos Rubio, referente de liderazgo institucional: “un país con institutos armados mellados en su prestigio, descuidados en su equipamiento por obra de malos políticos o por intereses de ideologías subalternas, es un país sin seguridad en el que predominara el caos como ocurrió en 1879”.
Recordemos también, las enseñanzas que nos da nuestro más grande historiador militar, Carlos Dellepiane, cuando nos dice que: un ejército eficiente es algo que no tiene precio en un país; en el orden social, es la única garantía y constituye la mejor escuela de civismo y deber; favorece al desarrollo nacional, porque es un seguro de paz y de orden interno; permiten las relaciones internacionales, asegurando la supervivencia de la nación”.
En este nuevo aniversario, sintámonos orgullosos que nuestros hombres de uniforme, conformando el Ejercito Patriota Libertador, con la victoria obtenida en la batalla de Ayacucho, lograran no solo para el Perú sino para todo un continente, la preciada libertad.
En este nuevo día institucional, mi homenaje a los señores oficiales, técnicos y sub oficiales y tropa del Ejercito del Perú, que murieron en la defensa territorial en la defensa de la integridad y en defensa de la sociedad en la lucha contra los enemigos externos y el terrorismo. En esta última afrenta mi homenaje póstumo a los 101 oficiales, 90 técnicos y sub oficiales y 867 tropas servicio fallecidos en cumplimiento del deber. Mi homenaje en su valerosa y arriesgada intervención en el desastre natural producto del niño costero, pandemia e incendios y defensa del medio ambiente. Mi homenaje, respetuoso y sincero para las señoras esposas, sostén de la familia militar y policial, que en los momentos del conflicto, supo llevar a cuestas el dolor ante la muerte y ante los inválidos, así como recibir al afortunado sobreviviente, con el amor, el aliento y el consuelo que ellas saben siempre ofrecer.
El Bicentenario de la Independencia Nacional, y de la batalla de Ayacucho en el 2024, son convenientes motivos, para que la sociedad en general, repase la historia, para que vean las lecciones por aprender de las mismas, pero por sobre todo, comprender que las batallas se ganan primeramente en el presupuesto para la defensa, y luego en el corazón de los hombres.
No hubiera habido Junín y Ayacucho sin el apoyo del pueblo peruano a la causa libertadora en hombres, armas, caballos, forraje, alimentación, guerra de zapa, y sus guerrillas y montoneras.
Sin Bolognesi en Arica, el soldado peruano no tuviera un ayer lleno de honor, un presente por el cual ser más profesional, y una promesa por cumplir.
Sin el ejército peruano, el Perú no hubiera subsistido, se hubiera disuelto o parcelado.
Ejército y Pueblo del Perú: “Armas a discreción, de frente, Paso de Vencedores”.
Víctor Velásquez Pérez Salmon. Coronel del Ejército del Perú en Situación de Retiro. Se ha desempeñado como Catedrático de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, Director de la Comisión Permanente de Historia, y miembro del Proyecto Ejercito 2001. Es autor de varias publicaciones de historia, ensayos, poesía y cuento.
