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Los caramelos de Dina Boluarte

La escena fue bastante singular: una jefa de Estado lanzando caramelos a una población que no hace mucho se levantó contra ella pidiendo su renuncia, con el penoso saldo de 15 pobladores fallecidos en las protestas.

Una escena protagonizada por una presidente que, en su deseo de ser asertiva, tal vez terminó mostrando una falta de empatía con una población que busca ser escuchada y comprendida de otra manera.

Otros mandatarios jamás se hubiesen prestado a eso. Hacerlo, además, en el contexto ayacuchano, puede incluso ser percibido como una provocación.  

Pero eso fue lo que ocurrió en esa dolida región, todavía en duelo por la muerte de su gente.

Y en la escena se aprecia cómo, en un evento público, ella se pone a lanzar caramelos como quien tira maíz en el campo.

En ese contexto, dos mujeres indignadas e impotentes (una que quedó viuda en las protestas, y otra, que perdió a su hijo) superan con una facilidad sorprendente los controles de seguridad, se acercan a la presidente y la agreden. Una le jala el cabello, la otra le grita, y algo le recrimina.

Es obvio que estas dos mujeres están llenas de rabia y rencor. Su dolor debe transitar por sus vidas como alma en pena, ahogadas ambas en un llanto para muchos sin sonido e invisible. Tan invisible que ni siquiera la seguridad presidencial las detectó. Y pasó lo que pasó. Para colmo, en medio de esa confusión, las agresoras se van sin ser detenidas. La seguridad de la presidenta demuestra, así, ser una coladera.

Lo ocurrido es muy grave. Pero felizmente las agresoras actuaron desarmadas. Deben tener mucha rabia acumulada para atreverse a acercarse así a la mandataria a sabiendas que eso les significará ser detenidas o en el momento ser víctimas de un disparo. Pudo ser peor, como ocurrió en el caso de Colosio en México, o de Galán en Colombia. Pero felizmente no fue así. Una noticia de esa naturaleza, además, hubiera impactado en el mundo de la peor manera. “Asesinan a la presidente de Perú cuando lanzaba caramelos a una multitud”. Felizmente, repito, eso no ocurrió.

Tal vez lo sucedido sea la metáfora de un cúmulo de emociones y percepciones yuxtapuestas en el actual escenario político.

Dina Boluarte parece avanzar sin rumbo claro, acelerando mecánicamente hacia el 2026 como único objetivo. Carece de un verdadero sentido de lo que es la política, y hoy en día, después de lo ocurrido, es más consciente que nunca de que un sector de la población buscará juzgarla cuando acabe su mandato.

Mucha gente respira desde la invisibilidad y se siente víctima la exclusión. Siente que con la salida de Castillo (personaje incapaz), sus demandas y necesidades quedaron en el olvido.

La rabia palpita en la cordillera. Y la inseguridad ha crecido tanto, que ahora llega a la propia mandataria.

El país está dividido y coexiste en tiempos y niveles distintos de evolución. No hay una armonía nacional. Y, repito, no se sabe cuáles son sus objetivos al 2026, si es que llega.

La política ha dejado de ser política. El actual Congreso logró imponer su mediocridad. La Fiscalía está enfrentada a sí misma por cuotas de intereses y poder. En eso ha terminado su autonomía. 

Mientras tanto ya se piensa en las próximas elecciones. Y cuidado, que podrían verse también afectadas por la inseguridad, el crimen, la extorsión. Lo de Ecuador podría ser la antesala de lo puede ocurrir en el Perú.

Volviendo al tema de lo ocurrido en Ayacucho, la presidente pedirá a la Fiscalía que no abra una investigación penal a las que atentaron contra su persona. Quizá lo hace por culpa. Tal vez por vergüenza. No le conviene que ese dolor vuelva a ser noticia. Pero olvida que cuando se atenta contra la presidencia, se atenta contra el cargo de más alta investidura, y eso no puede quedarse en agua tibia.

En esa escena, que todos hemos visto en la televisión, confluyen varios elementos y temas: rabia social, duelo colectivo, rencor, indignación, impotencia, inseguridad, fragilidad, sentimientos de culpa, violencia, improvisación, desconcierto, descoordinación con los servicios de inteligencia, falta de reacción, vulnerabilidad y desconfianza en la seguridad de la presidente, entre otros.

Hay un dolor que se escucha en la cordillera.

Ahora Dina Boluarte prepara su viaje a Puno. Se anuncia que asistirá a La Fiesta de la Candelaria. Algún asesor errático le debe haber hecho creer que bailar en Puno (región que se levantó contra ella y con gran violencia para pedir su salida) será beneficioso para su imagen y gobierno.

Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta

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