Hay una experiencia que nos conecta con la admiración y el asombro, también con la observación, el reconocimiento y la sorpresa. Todo ello, con matices de impacto.
Es una experiencia que toca hondamente la sensibilidad humana, y si ese sentir, además, logra permanecer largo rato, quien lo experimente puede sentirse ampliamente afortunado.
Deja además un sutil sentimiento de gratitud y disfrute hacia lo vivido. Me refiero al “deslumbramiento”, esa experiencia psicológica que no se da todos los días, y que cuando se da, marca a las personas que la experimentaron.
En casi todos los casos, además, se conecta con un silencio inicial, un silencio de integración y aprendizaje.
Y eso es lo que pasa cuando uno está en Machu Picchu, la ciudadela Inca. Su construcción es una muestra de la creatividad de nuestros antepasados, de su trabajo laborioso e inteligente; también de la belleza, la cultura, la mística, la energía. Todo ello, en armonía con la naturaleza de la ceja de selva.
Machu Picchu nos traslada en cada paso, en cada ventana, en cada uno de sus andenes, en cada acueducto, en sus plazas y escaleras, a un contacto vivencial con nuestro pasado. Se trata de una formidable obra de ingeniería, construida en la cumbre de una montaña, sobre enormes precipicios que lo protegen, y que cuenta, además, con una vista igualmente imponente, un paisaje acariciado por un viento libre y las aguas del Vilcanota.
Estar ahí es una experiencia bella, para muchos única, que genera más preguntas que respuestas.
Yo fui por primera vez con mis compañeros de colegio, en nuestro viaje de promoción. Y recuerdo que cuando el bus subía hacia la ciudadela y estaba por llegar, se empezó a divisar esa construcción, y fue una impresión extraordinaria.
Y si hablo de la ciudadela y de sus bondades, es porque en las últimas semanas se ha armado un tremendo lío por la decisión del Ministerio de Cultura de trasladar la venta de los boletos a una plataforma privada. Esto ha causado millones en pérdidas. Sobre todo, ha generado un gran daño al turismo y a sus visitantes (personas bien intencionadas, que quedaron prácticamente presas ahí), que, seguramente, nunca más volverán al Perú.
En sólo en un año habría un forado de aproximadamente seis millones de soles. Esto es, obviamente, inadmisible e indignante, pero, la verdad, ya ni sorprende. Así está el Perú: robo tras robo, coima tras coima, “sorpresa” tras sorpresa. Al punto que la corrupción ha llegado a Machu Picchu. Al parecer, esto habría sido “descubierto” por un consultor externo, y no por los funcionarios del Ministerio. ¿Cuántos años habrá existido esta situación? Todo indica que, en su momento, las diferentes gestiones del Ministerio no supervisaron adecuadamente.
Así las cosas, la ministra decidió trasladar la venta de las entradas a una plataforma comercial. Pero lo hizo mediante una elección directa, sin licitación y/o concurso. Y el contrato en muy corto tiempo sufrió adendas.
Machu Picchu es un recurso cultural estratégico del más alto nivel. Representa la peruanidad y el orgullo de los peruanos. Por lo mismo, hay que tener ciertas consideraciones si se quiere privatizar su plataforma de ventas de boletos. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si la plataforma encargada de los boletos es vendida con posterioridad al contrato? El que sea administrada por un banco no garantiza que no pueda ser vendida a futuro. Esto puede ocurrir con cualquier plataforma a la que se encargue la venta de los boletos. Uno podría decir que qué problema puede haber con eso. No quiero ni imaginar cómo incomodaría a los peruanos si una plataforma privada de boletos para Machu Picchu fuera, por ejemplo, comprada en el futuro por empresarios chilenos. Ganas, creo, además, no les falta. Lo que estoy diciendo puede aparecer como especulativo o fantasioso, pero es mejor prevenir escenarios pasibles de ocurrir.
En Europa, además, la gente planea sus viajes con mucha anticipación, y hace las reservas y compra de boletos hasta con más de un año de anticipación. Podría darse el caso – y con bastante facilidad – que los boletos se encuentren vendidos para los próximos años. No es que eso estuviese mal, sino que una situación así dejaría en la práctica sin poder visitar la ciudadela a muchos peruanos. Sería algo así como vivir al lado de un estadio y no poder entrar nunca porque los boletos fueron vendidos. Esto afectaría además a la propia población de Aguas Calientes. La repuesta a esto, obviamente, es que también hay boletos para peruanos. Y los hay. Pero he entrado a la plataforma y la cantidad de boletos disponible para peruanos a precio de peruanos es mínima.
Siempre, además, pueden surgir situaciones en las que uno desea viajar al Cusco sin haber previsto el viaje con anticipación. Por lo mismo, sí considero adecuado que haya una cuota de boletos para que sean vendidos uno o dos días antes. Y también que la Plataforma sea administrada por ahora por el Estado. Si la boletería de un Patrimonio estratégico pasa al sector privado, esto deberá ser con la cautela y consideraciones del caso, no apuradamente.
El Ministerio de Cultura, además, está pensando ampliar el aforo de la ciudadela. La razón es obviamente cubrir las necesidades del turismo y mover más la economía. Necesidad que será mayor con la inauguración del aeropuerto de Chinchero. Pero Machu Picchu ha empezado a hundirse unos 15 centímetros por año y esto se agravará con el tiempo. La razón sería la cantidad de gente que visita la ciudadela. La UNESCO recomendó hace unos 25 años un aforo de 500 personas al día. Esto jamás fue escuchado. Tal vez los especialistas no consideren el problema de gravedad, pero más pronto que después, lo será.
La construcción de una carretera a Choquequirao le daría aire a Machu Picchu. Permitiría ampliar la oferta turística. Pero no se avanza en esa línea. Esa iniciativa debió ir paralela al aeropuerto de Chinchero. Queda entre Cusco y Apurímac, y es otra ciudadela igualmente extraordinaria. Sin embargo, resulta inaccesible si no se camina varios días.
Pienso en el mito de El Dorado. Una ciudadela que yace oculta en la selva. Simboliza la inmensa riqueza del Perú, es decir su patrimonio, su cultura, su energía, su identidad, su historia, sus valores. El Dorado también simboliza en el imaginario la grandeza de nuestra cultura. Y también la resistencia al abuso, al robo y al saqueo.
El mito generó búsquedas y excursiones, muchas de las cuales terminaron en abusos y explotaciones. La intención era muy simple: dar con El Dorado y robarse el oro. Saquearlo. Y eso es justamente lo que hoy en día está ocurriendo con Machu Picchu, desde la metáfora. Hay robo, pero no hecho por extranjeros sino por los propios peruanos. Un robo que implica organización, aprovechamiento, transgresión, falta de institucionalidad, corrupción, negligencia, descuido, falta de prevención.
El Ministerio de Cultura es la institución responsable de que esta situación se haya permitido. Lo que se ha visto es muy grave y no debiera sorprendernos que tenga conexiones institucionales. Por lo mismo, toda la Red de Museos y sitios arqueológicos debe ser revisada y adecuadamente supervisada.
Hoy en día, podemos entender el mito de El Dorado no como el de una ciudadela escondida y cubierta de oro, sino como un circuito que conforman Kuelap, Caral, Choquequirao, y Machu Picchu, un circuito de oro a nivel de riqueza cultural, diversidad, patrimonio, arquitectura, historia y organización legendaria. Y ese Circuito Dorado, propio de una de las cinco culturas originarias del mundo, hay que protegerlo y cuidarlo.
Realmente es una lástima que la corrupción haya alcanzado a Machu Picchu y que esté instalada ahí desde hace tiempo, quizás incluso a vista y paciencia (¿o complicidad?) de algunas autoridades administrativas vinculadas al caso. A ver qué sale de las investigaciones.
Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta
