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Los fantasmas de Dina Boluarte

Se miró en el espejo muy temprano y se encontró algo trasnochada. Esa noche no había dormido bien. Pero no porque no quisiera sino por temor. Temor a las madrugadas. A esas horas un fantasma caminaba en el pasillo que daba a su habitación. A veces caminaba más, a veces menos. No se sabía de qué dependía. Y temía que entrara a su habitación o que de pronto su frazada se levantara. Por eso, cuando dormía en Palacio, trataba de ver un buen rato Netflix o conversaba con alguien hasta muy tarde. Tan así era la cosa que hasta había pensado en adoptar un perrito. Él la cuidaría y la acompañaría. Y la alertaría de cualquier energía extraña.

Duerme ahí, en la habitación presidencial, cuando quiere evadir a la prensa, también cuando se hizo la cirugía, o a veces, simplemente, cuando siente la necesidad de esconderse. Lo que empezó como una curiosidad propia del poder, dormir en la habitación en la que descansan los presidentes, se había convertido con el paso de los meses en una especie de escondite, una covacha, un refugio, una forma de exilio.

De cuando en cuando, miraba por la ventana que da al cerro San Cristóbal. Miraba en silencio ese lugar iluminado. Sabía que la gente de ahí no la quería. Eso la hacía sentirse sola. Esa sensación, y el vacío que además sentía, la estaban consumiendo. ¿Para qué me metí en esto?, pensaba.

Pero trataba de mantenerse fuerte, activa, de no darse por vencida. Al rato volvía a mirarse en el espejo, se ponía sus Rolex, contaba una vez más sus relojes prestados, se miraba por la derecha, se miraba por la izquierda, se cambiaba de joyas y se echaba un selfie.

Felizmente, nunca se había topado con el fantasma que caminaba por los pasillos como a la tres de la madrugada haciendo sentir su bastón. En palacio se había fusilado a muchos opositores, se había torturado también a mucha gente, hubo quienes pidieron piedad y no fueron escuchados. Francisco Pizarro fue asesinado en ese lugar atacado por los almagristas. Cinco virreyes habían fallecido ahí. Por eso a nadie le sorprendía que penaran, al punto que ciertas noches, antes de que amanezca, se escuchaba el sonido de un piano. Abrían la puerta y no había nada. Ni siquiera un piano. A la mujer de blanco (esa que según Martín Vizcarra se le aparecía a él y a su familia), no la había visto nunca. Al parecer su presencia la había ahuyentado.

Pero lo que en realidad le preocupaba no eran esas penas. Eran sus propios fantasmas, esos fantasmas internos que la perseguían y le quitaban el sueño. Su gestión era casi un delirio, un factor de angustia, algo que nunca estuvo previsto, una improvisación personal completa, una incómoda lucha por la sobrevivencia. Y temía por lo que pudiera pasar cuando terminara su gobierno. Ese fantasma la perseguía por donde fuera, y cada día de gobierno que pasaba, lo sentía como un día menos de libertad. Eso, obviamente, perturbaba su dormir.

Había desafiado a la oposición al anunciar que gobernaría hasta el 2026 cuando asumió el cargo.  Tenía derecho constitucional para hacerlo. No hizo caso a quienes le sugirieron que gobernara un periodo corto, que liderara una transición de emergencia, que convocara a nuevas elecciones y que devolviera el poder de elegir nuevamente a la ciudadanía. Las consecuencias fueron lo que hoy tenemos como país. Aumento de la pobreza, un pueblo indignado, complicidades entre Rolex y Rolex, pactos de sobrevivencia, gallos anónimos a medianoche.

La presidente se volvió a mirar en el espejo y se dijo a sí misma: “aquí falta un retoque. Ya será para fines de junio”.  Pidió el desayuno en su habitación, y ordenó que los doce carros de su escolta, uno por cada reloj, calentaran motores.

Estaba blindada ante la opinión pública, absolutamente cerrada, su mandato se había convertido en algo así como una negación de la realidad, una realidad que le pedía decoro y dar fin a muestras de frivolidad, a ese arribismo aurifero expresado a través de sus joyas.

Tenía un acuerdo con el Congreso, se decía que había pactado con Cerrón para que él la dejara respirar y por eso no lo encontraban, había canjeado varios temas con el fujimorismo, nombrado en determinados puestos a algunos familiares de congresistas, negociado con un sector de la Fiscalía, signado a Acuña como el padre de La Libertad, y se había autodenominado la mamá de todos los peruanos. Así era la presidente “Unique”.

A todo esto, ante la opinión pública, se añadía un problema  ocasionado por su hermano. Cuando ella fue nombrada presidente, habló con sus seres más queridos. Estos le desearon toda la suerte del mundo, pero le dijeron claramente que no se involucrarían en las tareas de gobierno, que querían seguir con sus vidas con la normalidad de siempre, continuar estudiando, salir con sus parejas, ir a fiestas, etc.  Eso es lo que deben hacer los familiares cercanos de un presidente, dejarlo ser en la presidencia, respetando la voluntad popular, que escogió al presidente, no a su familia. Pero su hermano se metió por la ventana. Y no se le ocurrió mejor idea que ponerse a crear un partido político. Al parecer se imaginaba a Dina postulando y a él de refilón entrando al Congreso. O tal vez postulando él mismo, con declaraciones a la prensa y visitas a las regiones y entrevistas en la televisión. Soñaba con salir en Panorama, RPP y Cuarto Poder.

También con visitar los pueblos del Perú siendo vitoreado por la población. Para ello, según se afirma, se habría puesto a nombrar prefectos y sub prefectos sin tener siquiera cargo público. Así llegaría a los pueblos con multitudes organizadas por los prefectos. Y la presidente lo consintió. Ella por protegerlo se metió en camisa de once varas, y ahora hasta podría ser juzgada por intentar obstruir el cauce de la justicia. El hermanísimo terminó jugándole en contra a la mandataria.

El otro fantasma que empezaba a caminar por ahí era el de un ex abogado amigo de la familia, al que se le había encontrado, según afirma un reportaje periodístico, aproximadamente 30 armas de fuego. Algunas en su oficina y otras en su casa. Armas de fuego válidamente adquiridas, con permiso y todo. Que se sepa no hay un límite para tener armas lícitamente obtenidas. Tal vez se trataba, simplemente, de un caza fantasmas que protegía a la presidente.

Pero eso a la gente le causaba extrañeza y la noticia contribuía a generar la percepción de un ambiente enrarecido. La presidente se acercó a su oficina a sabiendas de que no lo encontraría. ¿Qué hacía ella ahí un día después del allanamiento, qué documentos buscaba? Cuando salió del ascensor y vio a la policía en la puerta de esa oficina, se dio media vuelta y desapareció.

Así las cosas, el lema presidencial parecía ser “para adelante no más, la cosa continúa”. Tenía el mérito no agradecido de haber alejado al Perú de las huestes comunistas, de haber sacado al país de un gobierno izquierdista y profundamente mediocre, de haberse atrevido a reemplazar a un delincuente, un opa, un loquito aventurero, con todas las consecuencias que eso le implicaría, pero nadie se lo reconocía.

A veces dormía en palacio, a veces en su casa. En Palacio temía por los fantasmas, por algún ex Virrey que traviesamente paseaba de madrugada por los pasillos, por los gemidos desesperados de los que alguna vez esperaron su turno para ser fusilados en lo que ahora es la cochera de ese lugar. Y en su casa, por las noches, la perseguía el recuerdo del sonido de aquel piano palaciego que a veces se escuchaba en el tercer piso de esa casa de gobierno deseada pero moribunda, buscada pero intimidante, fugaz pero perpetua.

¿Para qué me metí en esto?, pensaba la presidente.

Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta

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