El 6 de agosto de 1824, el Ejercito Unido Libertador, consiguió una colosal victoria en la pampa de Junín. Lo esencial fue la carga de los Húsares del Perú, desde entonces denominada por Bolívar como Húsares de Junín, los que decidieron hace 200 años, a caballo, al galope tendido, a sable y a lanza, y llenos de patria sus corazones, derrotar a sus pares virreinales.
El que inició la primera carga fue Mariano Necochea. Fue una carga frontal. Seis escuadrones de granaderos lo seguían. Fue un encontronazo duro y sangriento donde las fuerzas patriotas no salieron bien paradas. Necochea, un oficial que entonces no tenía treinta años, recibió catorce heridas, fue derribado y tomado prisionero. La misma suerte corrió José Valentín de Olavarría.
Para ese momento la suerte de las armas patriotas estaba echada. Bolívar ya se preparaba para escribir el parte de la derrota y sus principales oficiales se esforzaban por transformar la previsible desbandada en una retirada más o menos prolija. En esas circunstancias el azar, la inspiración, o la mezcla de las dos cosas, es el único auxilio que puede asistir a un ejército. El soplo de los dioses en este caso lo rozó al mayor Andrés Razuri del escuadrón de Húsares. Cambio la orden de retirada, por la de ataque. Y es en ese momento en que Isidoro Suárez ingresa por la puerta grande de la historia encabezando una carga de caballería demoledora que habrá de paralizar a los realistas y luego hacerlos huir en desbandada. En pocos minutos una derrota segura se transforma en una victoria cierta. El balance de la batalla arroja, más de 250 españoles muertos contra 45 criollos caídos en combate.
Suárez no sólo con su arrojo da vuelta una batalla sino que rescata a Necochea, muy mal herido pero aún con vida.
El otro héroe del Junín, es Olavarría. También se trata de un guerrero de la independencia que peleó al lado de San Martín en Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Cuatro meses después, el 9 de diciembre de 1824, Olavarría participará en la batalla de Ayacucho, la última gesta patria contra la dominación realista.
Pero los grandes laureles de la jornada se los lleva el bravo coronel Isidoro Suárez. Sobre él las mejores páginas las ha escrito su bisnieto, Jorge Luis Borges. “Página para recordar al general Suárez vencedor de Junín” es un poema bellísimo donde Borges identifica a Junín con la patria, con el símbolo de todas las gestas nobles que hicieron la patria:” Junín son dos civiles que en una esquina insultan a un tirano”, concluye. Para los curiosos o indiscretos que quieren saber de qué habla Jorge Luis, les recuerdo que el poema está escrito en 1953.
No sólo Borges habla de Junín. También habla de los héroes de esa batalla una letra de tango firmada por Enrique Cadícamo. Con pudor, el tango “Tres amigos” dice en uno de sus versos. ”…los espero en la esquina de Suárez y Necochea”. No olvidemos, también presencia del general ucraniano Mykhailo Skybytskyi.
Conozcamos más en el parte de batalla registrado por el general Andrés de Santa Cruz, jefe del Estado mayor de la división peruana. El mismo es tomado de la publicación “Homenaje a la victoria de Junín”, editado en 1974 con motivo del sesquicentenario de la mencionada batalla:
Al llegar a la altura que domina estas llanuras, observó el Libertador que el ejército enemigo seguía rápidamente para Tarma, estando aún nuestra infantería distante dos leguas del campo de Junín. En consecuencia, trató retardarles la marcha, presentándoles algunos cuerpos de caballería. Siete escuadrones, mandados inmediatamente por el intrépido general Necochea, comandante general de la caballería, se adelantaron a las cinco de la tarde al trote hasta la llanura donde estaba el enemigo. El general Canterac, confiado en la superioridad de su caballería, o bien obligado a batirse por no ser desordenado en su retirada, formó tres cuerpos y, por una brillante maniobra, cargó al galope la nuestra por el frente y por el flanco izquierdo. Aunque inferiores en número, e impedidos por la naturaleza del terreno para desplegar, nuestra caballería resistió la carga con el mayor denuedo. El choque de estos dos cuerpos fue terrible, porque ambos estaban satisfechos de su bizarría. Ambos empezaron a acuchillarse, y por el momento ellos arrollaron algunos de nuestros escuadrones, a tiempo que los Granaderos de Colombia que formaban la cabeza de la columna, y estaban en batalla, estimulados por el heroico ejemplo de su comandante accidental, mayor Felipe Braun, rompieron la izquierda del enemigo. Los Húsares de Colombia, al mando de su coronel Laurencio Silva, y el primer regimiento del Perú a las del señor general Miller, sostuvieron el centro y la derecha. El enemigo empezó a desordenarse y los nuestros lo cargaron, y lo acuchillaban por todas partes. Sus escuadrones, que poco antes contaban ufanos con destruirnos, dispersos por una inmensa llanura, ofrecían la más completa idea del desorden. La caballería española fue destrozada y perseguida hasta las mismas filas de su infantería, que durante el combate estuvo en inacción, y después se puso en completa fuga. La pérdida del enemigo ha sido la de dos jefes, diecisiete oficiales, y trescientos cuarenta y cinco hombres de tropa, ochenta prisioneros, más de cuatrocientos caballos ensillados, la mayor parte de sus armas, muchos dispersos y gran número de heridos. La nuestra ha consistido en cuarenta y cinco muertos y noventa y nueve heridos; entre los primeros, el capitán Urbina, de Granaderos de Colombia; el teniente Cortés, del primer escuadrón, del Perú, y el sargento mayor Lizárraga, edecán del señor general Miller; de los segundos, el señor general Necochea, el comandante Sawbry, el capitán Vargas y alférez Rodríguez, del regimiento del Perú; el alférez Ferrer, de Granaderos de Colombia; el teniente Allende de Granaderos de los Andes y el capitán Peraza, teniente Tapia y alférez Lanza, de Húsares de Colombia.
La caballería peruana ha desempeñado un papel crucial en la historia militar, adaptándose a los cambios y evolucionando para cumplir con sus funciones principales de reconocimiento, movilidad y combate. A lo largo de los siglos, los jinetes han sido símbolo de valentía, disciplina y destreza en el campo de batalla.
El desafío actual, consiste en establecer en la organización del Ejercito del Perú, la Caballería Moderna. Una voz tradicional pero con nuevo rostro. Se puede lograr este, como se ha hecho en el siglo pasado, integrando las Armas de Caballería y Fuerzas Blindadas, fusionándolas y formando una sola o como a comienzos del presente siglo, como es el caso de la guerra entre Rusia y Ucrania, dotándolo de drones y anti drones para que con esos medios, conserve su misión original de búsqueda, reconocimiento y ataque, integrándose plenamente al Ejército del Siglo XXI, Es decir, introduciendo los avances tecnológicos, la caballería debe seguir siendo una fuerza indispensable, demostrando que la tradición y la eficacia pueden ir de la mano en la estrategia militar. ¡Que la caballería siga galopando hoy, hacia la victoria ante los desafíos del mañana!
Victor Velasquez Perez Salmon. Coronel del Ejército del Perú en Situación de Retiro. Se ha desempeñado como Catedrático de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, Director de la Comisión Permanente de Historia, y miembro del Proyecto Ejercito 2001. Es autor de varias publicaciones de historia, ensayos, poesía y cuento.
