El periodismo, en su esencia, tiene la noble misión de informar al público de manera veraz, objetiva e imparcial. Sin embargo, en el escenario actual, el periodismo parece haberse desviado de estos principios fundamentales, convirtiéndose en una herramienta al servicio de intereses particulares y de poderosos grupos económicos y políticos. De este modo, esta noble actividad deviene en “presunto periodismo”, pues afecta la confianza de la ciudadanía en los medios de comunicación y mina los pilares de la democracia misma.
Uno de los principios cardinales del periodismo es la objetividad. Los periodistas tienen la responsabilidad de presentar los hechos tal y como son, sin distorsionarlos ni influir en su interpretación con sus propios prejuicios. Sin embargo, en un mundo donde los medios están cada vez más concentrados en manos de unos pocos, la objetividad se ve amenazada por la influencia de los grupos de poder. Estos actores, al controlar los medios, logran moldear la narrativa pública a su favor, alterando la percepción de los hechos y favoreciendo a ciertos actores políticos o económicos en detrimento de otros.
Un claro ejemplo de este fenómeno se da en la cobertura de procesos judiciales y electorales. Los medios, como agentes clave en la formación de opinión, a menudo seleccionan los enfoques y los elementos de las historias que más les convienen. Tomemos como ejemplo el tratamiento mediático de un acusado cercano al “presunto periodismo”. Con frecuencia, este tipo de personajes son tratados con cautela y «guantes de seda». Los medios intentan minimizar la exposición negativa, y si la cobertura es inevitable, se concentran en presentar al acusado como una víctima, mostrando siempre la defensa y no la acusación. El mensaje implícito que queda para el público es que se trata de un hombre inocente, y que la acusación en su contra es más bien una injusticia o una persecución.
Por el contrario, cuando el acusado es una figura contraria a los intereses del «presunto periodismo», la situación es completamente diferente. Los medios, en lugar de enfocarse en una cobertura equilibrada, ponen el foco en las acusaciones fiscales más que en la defensa. Aunque el juicio no sea mediático, los medios lo convierten en uno, proyectando la imagen de culpabilidad antes de que se emita un veredicto. La exposición constante a los «reflectores» de la acusación genera en la opinión pública una sensación de culpabilidad, sin importar las pruebas ni el debido proceso.
En un sistema democrático, los ciudadanos tienen el derecho fundamental de acceder a información objetiva para tomar decisiones informadas. Cuando los medios se convierten en instrumentos de manipulación, distorsionando los hechos para favorecer a unos y perjudicar a otros, se produce una clara violación de los derechos ciudadanos. La gente ya no es capaz de ejercer su derecho a participar activamente en los destinos del país, ya que su percepción está siendo condicionada por una información sesgada.
Las encuestas, que deben ser una herramienta para conocer el sentimiento real de la ciudadanía, muchas veces se convierten en termómetros con los que el «presunto periodismo» mide el «éxito» de su estrategia para influir en la opinión pública. Cuando un grupo mediático favorece a un candidato o partido, las encuestas reflejan la efectividad con la que han logrado moldear la percepción de los votantes, más que un retrato fidedigno de la intención de voto real.
El «presunto periodismo» también traiciona los principios de veracidad y responsabilidad. La búsqueda de la verdad debe ser el principio rector de cualquier periodista, pero cuando los medios se convierten en actores al servicio de los intereses de unos pocos, la verdad se ve distorsionada. Los presuntos periodistas ya no informan a la sociedad, sino que se convierten en piezas de un engranaje que favorece a ciertos grupos.
La construcción de una democracia sólida en el Perú pasa también por restaurar la credibilidad y la función legítima del periodismo, regresando a los principios fundamentales de objetividad, imparcialidad y veracidad. Los medios deben retomar su rol como guardianes de la verdad, contribuyendo a una democracia más sólida, informada y participativa. En última instancia, el periodismo debe ser un contrapeso al poder, no un instrumento para consolidarlo. Solo así se podrá recuperar su esencia y dignidad, y cumplir con su verdadera misión.
Al final, quien termina eligiendo a los gobernantes de este país no es la voluntad libre y consciente de los votantes, sino el poder que mueve los hilos del «presunto periodismo».
Juan Reyes La Rosa.
Administrador de empresas y Contador Público, con maestría de administración en la UNMSM y diplomado internacional de Control de Gestión en la Universidad de Piura en convenio con la Universidad de Chile. En el campo de la investigación ha dedicado sus esfuerzos al estudio de las obras de Leonardo Da Vinci. Es el XIII campeón nacional de ajedrez postal y en su reciente publicación, Reforma del Ajedrez y el Número de Oro, demuestra el origen matemático del ajedrez.
