El 5 de junio, por el lado de Lazareto Viejo, en las fortalezas del Norte, se anuncia la visita del mayor De la Cruz Salvo. Lo acompañan el ayudante del coronel Lagos, Capitán Enrique Salcedo, el alférez de artillería Santiago Paz, un abanderado, dos cornetas y un ordenanza.
Sobre la entrevista, refiere el historiador chileno Vicuña Mackenna, textualmente lo siguiente:
- Le oigo a usted Señor
- Señor, contesto Salvo, el general en Jefe del ejército de Chile, deseoso de evitar un derramamiento inútil de sangre, después de haber vencido en Tacna al grueso del ejercito aliado, me envía por la rendición de esta Plaza, cuyos recursos en hombres, víveres y municiones conocemos.
- Tengo deberes sagrados, repuso el gobernador de la plaza y los cumpliré quemando el último cartucho.
- Entonces está cumplida mi misión, dijo el parlamentario levantándose.
- Lo que he dicho a usted repuso con calma Bolognesi, es mi opinión personal, pero debo consultar a los jefes y a las dos de la tarde mandaré mi respuesta al cuartel general chileno.
Ante el requerimiento de Salvo de que la respuesta sea inmediata, en su defecto retirarse sin ella, Bolognesi, manifestole que aguardase un instante, pues la consulta iba a realizarse allí mismo y en su presencia. Agitó entonces su campanita, llamó a su ayudante y ordenó trasmitiese la orden de Consejo de Oficiales.
El primero en llegar fue Moore, vestido de paisano, pero con corbata blanca de marino; enseguida Alfonso Ugarte, cuya humilde figura hacia contraste con el brillo de los arreos; el modesto y honrado Inclán, el viejo Arias y Araguez, los coroneles Varela y Bustamante, los comandantes O` Donovan, Zavala, Sáenz Peña, los tres Cornejo y varios más.
Cuando estuvieron todos sentados, en pocas y dignas palabras, el gobernador de la plaza reprodujo en síntesis su conversación con el emisario chileno, y al llegar a la respuesta que había dado a la intimación, se levantó tranquilamente Moore y dijo: “Esa es también mi opinión”. Moore, de pie, pidió que la Junta resolviese por aclamación la defensa de la plaza. Todos los jefes se pusieron de pie y la resistencia quedo resuelta por aclamación.
Fue entonces cuando el coronel Bolognesi, se dirigió al parlamentario, con una frase cuyo recuerdo lo conversaron los pocos peruanos que sobrevivieron y que las generaciones lo conservaran por siempre: “podéis decirle a vuestro general que me siento orgulloso de mis jefes y dispuesto a quemar el último cartucho en defensa de la plaza”. Siguieron los demás en el mismo orden, por grados, y entonces, dejando a su vez el asiento el mayor Salvo, se despidió.
Aquellos valientes habían despreciado estoicamente el ofrecimiento de Baquedano quien pedía la evacuación de la plaza y la entrega de las armas y el desfile de las tropas peruanas con honores militares. La reacción del comando chileno fue de desatar de inmediato el cañoneo de la plaza.
Aprovechando un momento de tregua, pletórico de patriotismo, poco después del mediodía Bolognesi pasaba otro telegrama a Arequipa, para que no quedara duda alguna sobre la determinación de ese puñado de valientes que con él se disponían a morir por salvar el honor nacional:
«ARICA, 5 DE JUNIO. PREFECTO AREQUIPA: SUSPENDIDO POR ENEMIGO CAÑONEO. PARLAMENTARIO DIJO: GENERAL BAQUEDANO POR DEFERENCIA ESPECIAL A LA ENÉRGICA ACTITUD DE LA PLAZA, DESEA EVITAR DERRAMAMIENTO DE SANGRE. CONTESTÉ SEGÚN ACUERDO DE JEFES: MI ÚLTIMA PALABRA ES QUEMAR EL ÚLTIMO CARTUCHO. ¡VIVA EL PERÚ!
Como lo expresara Javier Prado en la Velada Literaria de 1899, ¡Bolognesi había resuelto eliminar las sombras que oscurecían el cielo de su paria, con las llamaradas gigantescas de un holocausto inverosímil!.
Víctor Velásquez Pérez Salmon
Coronel del Ejército del Perú en Situación de Retiro. Se ha desempeñado como Catedrático de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, Director de la Comisión Permanente de Historia, y miembro del Proyecto Ejercito 2001. Es autor de varias publicaciones de historia, ensayos, poesía y cuento.
