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Moral empática

David Hume, el célebre filósofo escocés del s.XVIII se convirtió en el autor que según Kant lo sacó de su sueño dogmático.  A partir de ahí, Kant no creyó más en la posibilidad de una metafísica al modo de la ciencia.  Pero en materia moral, Kant hubiera renegado de Hume.  El considerado, uno de los padres del empirismo inglés, planteó que los códigos morales se aprenden y adquieren por empatía, es decir, dependen de cuán simpática sea la persona para trasmitirle sus principios morales a otra. La moral entraba, entonces, en el juego de los sentimientos y las emociones, cosa muy contraria a la que esgrimía la rígida y deóntica apreciación kantiana.

En el complejo mundo empresarial, no es fácil establecer un código deontológico, ya que estos grupos, sean grandes o chicos, están conformados por individuos de diferente formación.  Lo principal, en estos casos, es establecer un canon ético suscrito por la empresa para regular el comportamiento de sus integrantes, según el objetivo de la organización.

A pesar de ello, estudios rigurosos al respecto, han revelado que por lo general, los integrantes de un proyecto empresarial o uno  establecido ya, adquieren los códigos de quiénes están por encima de ellos en rango.  En otras palabras, los códigos morales de los jefes.  Las personas pueden provenir de un hogar en el que se manejan ciertas reglas éticas, pero en el trabajo se ciñen por las que asumen sus superiores.  Esto también puede resultar relativo, ya que la falta a la ética empresarial o de los superiores puede devenir un despido sin compasión.

Cuando los códigos de ética o deontología no están suficientemente interiorizados por las personas, aparecen las faltas a la ética, porque en estos casos se siguen las reglas por empatía con el superior, pero no porque haya una real convicción. Acontece muchas veces, que ni los mismos modelos a seguir tienen raíces éticas sólidas, derivando en contínuos errores a los códigos deontológicos.

Si una persona llega a una empresa con una sólida formación desde el hogar, entonces, sí sabrá diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal, aunque el jefe practique lo contrario. Si su formación no es muy sólida, entonces caerá en las conductas erráticas en que incurre su superior, arriesgándose al abismo.  La pita, siempre, se rompe por el lado más débil.

A Hume no le faltaba razón al pensar en el origen empático de los códigos morales, pero   dejar algo tan importante en la formación del individuo al azar de lo que cae bien, resulta peligroso.  Sin embargo, es muy real que pase.  Los modelos de comportamiento humano que se transmiten por los medios de comunicación, juegan un papel muy importante.  Los individuos en formación suelen ser muy imitativos al respecto y van poco a poco adquiriendo estas formas de conducta.

Por ejemplo, un programa televisivo de gran repercusión y éxito internacional como El Chavo del Ocho, incluso con el pasar de los años, transmite emociones y ternura, pero también una fuerte dosis de violencia entre sus personajes.  No hay que indagar mucho para darse cuenta que las conductas violentas son las que más van a imitar los niños que ven cada capítulo del programa. No solo violencia física sino también verbal.

No sabemos si Chespirito advirtió esto o no, lo que se sabe es que el programa fue y es un gran éxito para todo público.  Y es precisamente esta mala respuesta de sus personajes los unos con otros, las que generan el factor risible e imitativo por parte del público infantil.

Cuando el código moral no ha sido suficientemente internalizado por los individuos, devienen las conductas imitativas por empatía. En esto no se equivocó Hume, sino en hacer de esta teoría, el asidero de la moral.  Si bien es cierto que el factor cultural influye mucho en el actuar de la gente, es posible abrigar la posibilidad de una moral universal. Universal con respecto al respeto por las personas y la posibilidad de su libre desarrollo. Respeto por su dignidad y todo cuanto le compete desde el inicio de la vida hasta la muerte.  Pero no hay que olvidar, que si bien, con San Pablo, los gentiles tienen inscrita la ley moral en el corazón, la moral también se aprende a lo largo de la vida, siendo la infancia el mejor momento para comenzar a internalizar valores. Pegarle a un niño o a un vecino, no tener paciencia cuando ésta es una virtud, no pagar la renta, etc., son antivalores que el público va asimilando. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a aplaudir estos comportamientos, simplemente por la empatía con quiénes los representan. 

Si bien Hume tuvo algo de razón, la asimilación de valores sólidos para un comportamiento presente y futuro se torna en una tarea urgente. He ahí, el gran desafío.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

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