El Perú nació con una deuda moral, no solo económica. Desde que nos libramos de España, el país fue tomado por una élite que hizo del Estado su caja chica. Y cuando llegó el guano (ese “oro blanco” que brotaba de nuestras islas), lo que pudo ser el punto de partida para un Perú moderno se convirtió en una orgía de corrupción, despilfarro y traición. El siglo XIX fue, sin exagerar, el siglo del gran saqueo.
Apenas proclamada la independencia, el Estado era un cascarón vacío: sin ingresos, sin control, sin autoridad. Los caudillos se repartían el poder como botín y los funcionarios seguían robando como en tiempos coloniales. Pero con el guano, el robo se profesionalizó. En vez de invertir en educación, industria o defensa, el dinero se usó para pagar favores políticos, comprar conciencias y enriquecer a unos cuantos vivos.
El primer gran atraco tuvo nombre elegante: Consolidación de la Deuda Interna. Bajo el gobierno de José Rufino Echenique (1851-1855), se “pagaron” supuestas deudas del Estado a particulares, pero gran parte eran inventadas o infladas. Se emitieron bonos falsos, se transfirieron fortunas a amigos del poder, y se robó sin pudor. Fue tal el escándalo que el pueblo se levantó y derrocó al presidente. Pero ni eso detuvo la fiesta. Ramón Castilla, su sucesor, también usó el guano como moneda política: con esa plata compró apoyos, pagó la abolición de la esclavitud y mantuvo tranquilos a los poderosos. El progreso real podía esperar.
Después vino el turno de los consignatarios, los intermediarios peruanos encargados de vender el guano en Europa. Ellos también se llenaron los bolsillos manipulando cuentas y precios. Cuando el saqueo ya no se podía tapar, el Estado buscó “ordenar la casa” firmando el famoso contrato Dreyfus con una empresa francesa, pero el remedio fue peor que la enfermedad: el país entregó su principal fuente de ingresos a manos extranjeras.
Y así llegamos al desastre. La corrupción y el desorden fueron preparando el terreno para la Guerra del Pacífico, donde nos encontró divididos, sin armas adecuadas y con líderes más preocupados por su ambición que por la patria. Nicolás de Piérola es el mejor ejemplo: dio un golpe en plena guerra, ignoró a los militares competentes y colocó a sus amigos en los mandos. El resultado fue la derrota de Lima y su posterior huida cuando el país ardía.
La historia cerró su círculo en 1889 con el Contrato Grace, cuando el Perú, arruinado y endeudado, tuvo que entregar sus ferrocarriles y el guano a la Peruvian Corporation británica por 66 años. Fue como empeñar la patria entera para pagar las cuentas del banquete.
El siglo del guano no fue una época dorada, sino la prueba de que la corrupción no es una novedad, sino parte del ADN de nuestra historia. Nos hizo ricos por un rato y pobres por generaciones. Hoy seguimos pagando esa herencia: el país que vende su riqueza y se queda sin futuro. Hasta que no entendamos que el saqueo fue el pecado original del Perú, seguiremos condenados a repetirlo.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.
