La historia de América Latina está llena de manos extranjeras que movieron los hilos de nuestra política. Desde los años 50, la CIA intervino en gobiernos que no le eran cómodos: Guatemala, Chile, Bolivia… los ejemplos sobran. El resultado fue siempre el mismo: dictaduras, represión y heridas que todavía no cierran. Pero hoy el peligro no viene solo de afuera, sino desde dentro del propio continente. Venezuela, bajo el régimen de Nicolás Maduro, se ha convertido en una amenaza viva que desborda sus fronteras.
Lo que alguna vez fue una de las naciones más prósperas del continente hoy es un refugio de mafias, corrupción y crimen transnacional. Desde allí operan redes como el Tren de Aragua, nacido en las cárceles venezolanas y hoy presente en casi toda Sudamérica: Perú, Chile, Colombia, Ecuador y hasta los Estados Unidos. Este grupo no solo trafica drogas y personas; también controla extorsiones, secuestros y asesinatos. Su expansión refleja cómo el Estado venezolano dejó de existir en los hechos, o peor aún, se volvió cómplice.
A eso se suma el Cártel de los Soles, la organización criminal formada por altos mandos del régimen, militares y funcionarios que usan el aparato del Estado para mover toneladas de cocaína hacia Centroamérica, África y Europa. Este cartel, protegido por el círculo de poder de Maduro, convierte a Venezuela en un narcoestado, donde la frontera entre política y delito ya no existe. Su operación no solo enriquece a una élite corrupta, sino que alimenta la violencia en toda la región. Cada kilo que sale de sus puertos y pistas clandestinas deja una estela de sangre y corrupción que alcanza a todos los países vecinos.
En medio de este panorama, Estados Unidos vuelve a mirar a Venezuela. Las declaraciones de Donald Trump sobre operaciones encubiertas de la CIA reabren viejas heridas. Sin embargo, esta vez la amenaza no está en Washington, sino en Caracas. La intervención no debería ser militar —ese camino ya demostró su fracaso—, sino política, diplomática y regional. Se necesita presión económica, cooperación en inteligencia y una estrategia conjunta que involucre a todos los países afectados.
La caída del régimen de Maduro no es solo un asunto de justicia para el pueblo venezolano; es una necesidad urgente para toda América Latina. Un cambio en Venezuela significaría cortar el flujo del narcotráfico, debilitar a las mafias transnacionales y frenar la expansión del crimen que ya golpea nuestras calles.
En resumen, el problema venezolano dejó de ser político: es una cuestión de seguridad continental. Maduro no solo destruyó su país; exportó el delito, la corrupción y la violencia. Y mientras el Tren de Aragua y el Cártel de los Soles sigan operando con impunidad, ningún país en la región estará a salvo. Es hora de entender que la verdadera amenaza no viene de afuera, sino de un régimen que convirtió a Venezuela en el corazón oscuro del crimen en América Latina.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.
