Hablar del conflicto entre China y Taiwán es meterse en uno de los temas más sensibles y explosivos del planeta. No es solo una disputa por territorio, sino una pelea entre dos visiones opuestas del mundo: el poder centralizado de Pekín frente a la democracia libre de Taipéi. Y lo más preocupante es que, si esta tensión se desborda, no solo afectará a Asia, sino a toda la economía mundial.
Todo comenzó hace más de siete décadas, cuando la guerra civil china terminó con la victoria del Partido Comunista de Mao Zedong. Los nacionalistas del Kuomintang escaparon a Taiwán y fundaron allí la República de China. Desde entonces, ambos gobiernos se han considerado los verdaderos herederos del país. Pekín sostiene que Taiwán es “una provincia rebelde” y que su reunificación es inevitable. Taiwán, en cambio, funciona como un país independiente, con elecciones libres, prensa crítica y una identidad cada vez más propia.
Hoy, la tensión está al rojo vivo. China repite que busca una “reunificación pacífica”, pero no descarta usar la fuerza si la isla se atreve a declarar independencia. En 2025 incluso instauró una nueva fecha oficial, el “Día de la Restauración de Taiwán”, como recordatorio de su reclamo. Por su lado, el gobierno taiwanés fortalece su defensa y su diplomacia. Su vicepresidenta, Hsiao Bi-khim, acaba de decir en Europa: “No estamos solos”, dejando claro que no se dejarán intimidar.
Detrás de este pulso político hay mucho más que orgullo nacional. Taiwán es el corazón tecnológico del planeta: produce la mayoría de los microchips avanzados que hacen funcionar desde los autos eléctricos hasta los teléfonos inteligentes. La empresa TSMC domina ese mercado, y cualquier conflicto en la isla podría paralizar industrias enteras. Además, el estrecho de Taiwán es una de las rutas marítimas más transitadas del mundo; por ahí pasa más de la mitad del comercio global. Una guerra no solo afectaría a los taiwaneses, sino también a millones de trabajadores y consumidores en todos los continentes.
Estados Unidos juega su propio papel ambiguo. Reconoce oficialmente a China, pero sigue vendiendo armas a Taiwán y prometiendo apoyo “para mantener la paz”. Esa estrategia, conocida como “ambigüedad estratégica”, ha servido para contener los ánimos, pero ya no es suficiente. Pekín muestra cada vez más músculo militar y Taiwán se prepara para cualquier escenario.
China y Taiwán representan dos caminos opuestos: el control frente a la libertad, la unificación frente a la autodeterminación. El mundo entero observa porque lo que pase ahí puede redibujar el mapa global del poder y de la economía. Si la prudencia se impone, aún hay espacio para el diálogo; pero si el orgullo o la desconfianza ganan, podríamos estar ante la chispa que encienda una crisis de proporciones históricas. En este tablero, todos pierden si alguien aprieta el gatillo. La paz, por ahora, sigue siendo el bien más valioso y el más frágil en el estrecho de Taiwán.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.
