En casi todas las democracias de hoy, la gente siente que la política ya no funciona como debería. El fastidio es general y, seamos sinceros, cuesta encontrar a alguien que diga con convicción que confía en sus autoridades. Esta desconfianza no aparece de la nada: los ciudadanos ya no miran solo los discursos o los proyectos de ley, sino la calidad humana de quienes nos gobiernan. Importa su vida personal, su coherencia, su comportamiento ético, su trayectoria profesional y hasta si han pisado o no un juzgado por las razones equivocadas. Al final, lo que la gente quiere es simple: gobernantes decentes, preparados y que no se olviden de quién los puso ahí.
Un buen político, en un mundo ideal, tendría integridad dentro y fuera de cámaras. Tendría una vida familiar equilibrada, una preparación sólida y un sentido claro de servicio. Pero donde más fallan muchos es en la ética. Escándalos de corrupción, amiguismo descarado, manejo oscuro de fondos y peleas internas que solo sirven para dividir erosionan cualquier respeto. Y, como si fuera poco, vemos contradicciones constantes: dirigentes que hoy dicen una cosa y mañana votan lo contrario, partidos que cambian de rumbo según sopla el viento y autoridades que usan el cargo para beneficio propio. Todo esto suma a una sensación de que el sistema está roto.
Hay un problema adicional que empeora todo: mucha gente buena no quiere meterse en política. Personas con carrera, valores, ganas de servir y capacidad prefieren alejarse del ruido. El clima tóxico en redes, la polarización extrema, la invasión a la vida privada, la desinformación y la sospecha permanente espantan a cualquiera. “Mejor no meterme”, dicen muchos, convencidos de que la política es un terreno minado donde el costo humano es enorme y el reconocimiento mínimo. Y mientras la política expulsa talento, los mismos de siempre se reciclan.
Los clásicos ya advertían sobre estas crisis. Platón soñaba con gobernantes sabios, casi filósofos, que entendieran el bien común por encima de los intereses individuales. Aristóteles insistía en la virtud cívica: prudencia, carácter y responsabilidad. Maquiavelo, más crudo y quizá más realista, decía que un líder debía ser eficaz, incluso duro, mientras no cruzara la línea hacia el odio popular. Weber remató el análisis con dos éticas inevitables en política: la de la convicción, que guía por principios firmes, y la de la responsabilidad, que obliga a prever consecuencias y asumir costos. Y hoy, en plena era de redes y posverdad, estos debates vuelven a ser urgentes.
La calidad de nuestros gobernantes refleja la calidad de nuestra vida democrática. La desconfianza creciente y la falta de nuevos liderazgos no son problemas aislados: son síntomas de un sistema que necesita una revisión profunda. Si queremos una política que funcione, necesitamos cambiar la cultura que rodea el poder, atraer a los mejores ciudadanos y exigir integridad real, no solo slogans. Volver a las enseñanzas de los clásicos no es nostalgia: es una ruta para reconstruir una política que sirva al bien común y recupere algo tan básico y tan escaso como la confianza.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.
