Columnas Jorge Céliz

La guerra donde la verdad es el primer objetivo

En el 2026, la desinformación se ha consolidado como un arma central de los conflictos modernos. Ya no se limita a rumores aislados: hoy integra campañas coordinadas que combinan inteligencia artificial, redes sociales y lenguaje técnico para fabricar realidades paralelas. En este escenario, la “niebla de guerra digital” transforma los conflictos en espectáculos mediáticos donde la percepción importa tanto como la capacidad militar, y donde la verdad suele ser la primera víctima.

Durante los últimos años, hemos visto cómo se producen y difunden informes tendenciosos sobre el uso de armas avanzadas con el objetivo de manipular a la opinión pública y desestabilizar regiones enteras. En la guerra entre Rusia y Ucrania circularon videos generados por IA que mostraban rendiciones inexistentes de altos mandos o el supuesto empleo de “armas biológicas híbridas” en laboratorios secretos. Investigaciones posteriores demostraron que muchas de esas imágenes provenían de películas, simuladores o videojuegos. Aun así, lograron millones de visualizaciones antes de ser desmentidas, confirmando que la velocidad de la mentira supera a la de la verificación.

Un patrón similar se observó durante la escalada de tensión entre Israel e Irán en el 2024 y el 2025. En ese periodo se difundieron noticias falsas sobre ataques nucleares inminentes y el uso de “armas de energía dirigida” para explicar incendios industriales o explosiones accidentales. Mediante efectos visuales y gráficos creados por computadora, estas narrativas engañaron incluso a medios establecidos, evidenciando que el problema no es solo tecnológico, sino también editorial y cultural.

Esta lógica de manipulación se extiende a la carrera por el control de armas autónomas, la ciberinteligencia y los sistemas antiaéreos. Se han inventado despliegues de robots de combate en fronteras sensibles o capacidades militares “invencibles” para generar pánico en la población civil o proyectar una imagen de poder absoluto. El objetivo es claro: erosionar la confianza en las instituciones y moldear la percepción de fortaleza o colapso según convenga al emisor del mensaje.

En América Latina, el caso de Venezuela ilustra con nitidez este fenómeno. En los primeros días de enero del 2026 circularon relatos virales sobre un supuesto “colapso tecnológico” del país, que mezclaban datos reales (como la existencia histórica de sistemas de origen ruso o chino) con escenarios políticos y militares ficticios. En esas narrativas se minimizaba deliberadamente la capacidad real de los equipos rusos y chinos en inventario venezolano, presentándolos como obsoletos o inoperantes, mientras se sobrevaloraban de forma casi mítica las capacidades estadounidenses, describiendo intervenciones “instantáneas” y “quirúrgicas” sin resistencia alguna. La veracidad de estos relatos se diluye al constatar la ausencia de pruebas físicas concluyentes y la reutilización de material visual no verificable.

Es importante subrayar un punto clave: que un país posea armamento de determinado origen no implica automáticamente eficacia operativa, ni mucho menos resultados espectaculares como los que prometen las campañas de propaganda. Del mismo modo, la superioridad tecnológica de Estados Unidos, aunque real en muchos ámbitos, suele ser exagerada en estas crónicas para construir una narrativa de inevitabilidad y desmoralización. La desinformación no solo exagera victorias; también fabrica derrotas.

Los datos globales refuerzan la gravedad del problema. Estudios recientes indican que más del 60 % del contenido bélico viral en redes sociales durante crisis internacionales contiene elementos engañosos, sacados de contexto o directamente falsos, y que los contenidos generados por IA se comparten hasta cuatro veces más rápido que las correcciones oficiales. Frente a esto, la alfabetización mediática y la verificación independiente avanzan, pero aún a un ritmo inferior al de la manipulación algorítmica.

En resumen, en el siglo XXI la seguridad de una nación no depende solo de misiles, radares o cazas, sino de la capacidad colectiva para distinguir entre un dato verificado y una simulación convincente. Minimizar unas armas y sobrevalorar otras puede ser tan estratégico como un despliegue militar real. En esta guerra silenciosa, defender la verdad es, quizás, el acto de defensa más urgente y más difícil de todos.

Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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