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Irán en la oscuridad y el silencia que también nos alcanza

Irán atraviesa hoy una crisis grave y peligrosa. Desde finales de diciembre del 2025, miles de personas han salido a las calles en todo el país. Al inicio protestaban por la crisis económica: una inflación que supera el 40%, salarios que no alcanzan y una moneda en caída libre. Pero muy pronto las protestas se transformaron en algo más profundo. La gente ya no pide ajustes. Pide libertad. Pide el fin de una teocracia que gobierna con miedo y represión.

La respuesta del régimen ha sido clara y conocida. Primero, represión en las calles. Luego, el apagón. El gobierno iraní cortó el acceso a internet a nivel nacional. No es una falla técnica ni una medida administrativa. Es una decisión política. Cuando se apaga internet, se apagan las cámaras, los mensajes, las denuncias y los testigos. Así actúa un régimen que no quiere que el mundo vea lo que está por hacer.

Las cifras que logran salir de Irán son alarmantes. Al menos 45 personas han muerto, entre ellas jóvenes y menores de edad. Más de 2,200 ciudadanos han sido detenidos. Muchos fueron arrestados de noche, sacados de sus casas, sin información para sus familias. Las fuerzas de seguridad usan balas reales, gas lacrimógeno y violencia directa. Todo esto ocurre mientras el país permanece, en gran parte, desconectado del mundo.

Lo más preocupante no es solo lo que pasa en Irán, sino la reacción internacional. O, mejor dicho, la falta de ella. Muchos gobiernos y líderes occidentales se han limitado a emitir comunicados tibios, llamando a la “moderación” y al “diálogo”. No hay una condena clara ni una presión firme. Peor aún, buena parte de la izquierda occidental, que suele ser muy activa frente a otras injusticias, guarda silencio o habla con cautela excesiva.

Este silencio no es casual. Cuando un régimen se presenta como enemigo de Estados Unidos o de Occidente, algunos prefieren mirar hacia otro lado. La represión deja de ser urgente. Las víctimas pasan a segundo plano. La defensa de los derechos humanos se vuelve selectiva. Esto es un error moral grave. La violencia no depende de quién la comete, sino del daño que causa.

En Sudamérica, la reacción ha sido limitada. Algunos gobiernos han pedido respeto a los derechos humanos, pero sin firmeza. La distancia geográfica y la complejidad del Medio Oriente hacen que el tema no ocupe un lugar central en la agenda regional. Sin embargo, la historia latinoamericana debería generar empatía. Nuestra región conoce bien lo que significa vivir bajo represión, censura y miedo.

En el Perú, el tema ha tenido poca presencia política, pero sí interés en sectores académicos, universitarios y de derechos humanos. Hay preocupación por el uso del apagón digital como arma del Estado y por la violencia contra civiles. El Perú, que ha vivido protestas, estados de emergencia y denuncias por uso excesivo de la fuerza, no puede ser indiferente cuando otro pueblo enfrenta lo mismo en condiciones aún más extremas.

Los manifestantes iraníes no piden intervención extranjera ni imposiciones ideológicas. Piden algo básico: vivir sin miedo, hablar sin ser encarcelados, elegir su futuro. Ese pedido debería ser suficiente para despertar solidaridad.

La historia siempre pasa factura. Recordará quién habló y quién calló mientras se apagaban las luces. El silencio no es neutral. El silencio protege al opresor. Y cada vez que el mundo mira hacia otro lado, la tiranía aprende una lección peligrosa: que puede matar en la oscuridad y seguir adelante sin consecuencias.

Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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