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El gran remate del multilateralismo: cuando la paz se puso en venta

Al comenzar el 2026, la Organización de las Naciones Unidas atraviesa la crisis más grave de su historia. Con una deuda que supera los 1,560 millones de dólares, un recorte de personal cercano al 20% y misiones de paz reducidas o congeladas, la ONU ha dejado de ser el eje de la seguridad colectiva para convertirse en una estructura debilitada, lenta y financieramente asfixiada. Este deterioro no es accidental: es el resultado de una década de erosión política, marcada por el retiro progresivo de Estados Unidos de organismos clave del sistema ONU y por una burocracia interna que ha paralizado la acción efectiva.

Durante los últimos diez años, Washington se ha retirado o ha suspendido su participación en diversas instancias multilaterales, debilitando su financiamiento y legitimidad. La salida de Estados Unidos de organismos como la UNESCO, su distanciamiento de mecanismos de derechos humanos y su retiro temporal de agencias especializadas vinculadas a salud y cooperación internacional enviaron una señal clara: el multilateralismo dejó de ser una prioridad estratégica. Aunque algunas de estas decisiones fueron parcialmente revertidas, el daño estructural ya estaba hecho. La ONU perdió a su principal financiador estable justo cuando los conflictos globales se multiplicaban.

En materia de seguridad, los aciertos de la ONU en la última década fueron limitados y defensivos. Algunas misiones de paz lograron contener conflictos locales y evitar escaladas regionales en zonas como Líbano, Chipre o África occidental. Sin embargo, incluso estos casos estuvieron condicionados por una estructura administrativa fragmentada. La proliferación de agencias subsidiarias, oficinas regionales y mandatos superpuestos convirtió la respuesta en una cadena interminable de aprobaciones, informes y coordinaciones internas, retrasando decisiones críticas en el terreno.

Frente a los grandes conflictos del período, los fracasos fueron evidentes. La ONU fue incapaz de detener la guerra en Siria, no logró prevenir la invasión rusa a Ucrania y quedó marginada en las crisis recurrentes en Gaza, Sudán y Haití. El Consejo de Seguridad, bloqueado por vetos cruzados, derivó responsabilidades hacia organismos subsidiarios sin poder coercitivo. La organización produjo resoluciones, pero no consecuencias; diagnósticos, pero no disuasión.

Desde el 2021, la situación se agravó. Estados Unidos comenzó a condicionar aportes financieros y a priorizar acuerdos bilaterales y regionales, reduciendo aún más la capacidad operativa de la ONU. En este contexto surge el llamado “Consejo de la Paz”, una arquitectura paralela impulsada desde Washington que promete eficiencia y rapidez, pero rompe con el principio de igualdad soberana. La seguridad internacional deja de basarse en normas universales y pasa a gestionarse como un club selectivo, donde la influencia se compra y la legitimidad se mide en aportes económicos.

China ha aprovechado este vacío con una estrategia distinta. Incrementó su influencia financiera y política dentro del sistema ONU, sosteniendo algunas misiones y promoviendo un concepto de seguridad basado en estabilidad y control. Sin embargo, este respaldo reduce el espacio para cuestionar abusos y limita la autonomía de la organización.

América Latina observa este escenario desde una posición vulnerable. Aunque no es epicentro de guerras, su estabilidad es estratégica por sus recursos críticos. La ONU, debilitada por el retiro estadounidense y atrapada en su propia burocracia, ya no actúa como amortiguador geopolítico eficaz.

La ONU no ha fracasado solo por el veto de las potencias, sino por el abandono selectivo de quienes la crearon y financiaron, y por una burocracia subsidiaria que convirtió la seguridad en trámite. En el 2026, el multilateralismo no está siendo reformado: está siendo reemplazado. La paz deja de ser un principio universal y se transforma en un servicio negociable. ¿El resultado será un mundo más fragmentado, más desigual y, sobre todo, más inseguro?.

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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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