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Cuba al límite: Energía, colapso y la sombra de una transición inevitable

Por: Jorge Céliz Kuong

La historia de Cuba en el tablero geopolítico mundial ha dado un giro dramático en seis décadas. En 1962 fue el epicentro de la mayor crisis nuclear del siglo XX. La instalación de misiles soviéticos convirtió a la isla en la línea de fuego entre Washington y Moscú. El acuerdo posterior garantizó la permanencia del régimen, pero selló su destino económico: dependencia externa, aislamiento estructural y una economía centralizada sostenida por subsidios extranjeros.

Hoy, en el 2026, el peligro no proviene de ojivas nucleares sino de algo más elemental y devastador: la energía. Cuba enfrenta la peor crisis logística de su historia reciente. La reducción casi total del suministro petrolero venezolano y las restricciones financieras y comerciales que dificultan la importación de crudo han llevado al país a una situación crítica. Las termoeléctricas, muchas con más de 40 años de explotación, operan con fallas constantes. Los apagones superan en varias provincias las 15 o incluso 20 horas diarias. Más del 60 % del territorio puede quedar simultáneamente sin electricidad en horarios de alta demanda.

El impacto es sistémico. Sin energía no hay bombeo de agua, refrigeración de alimentos, producción industrial ni transporte estable. Hospitales operan bajo emergencia permanente. El turismo, que alguna vez fue la principal fuente de divisas, se resiente ante la inestabilidad eléctrica y la escasez de combustible para aviación. La venta de gasolina en dólares y con límites estrictos revela la gravedad del problema. El país habla abiertamente de la “Opción Cero”, un concepto que implica funcionar prácticamente sin combustible importado.

Esta crisis energética expone una fragilidad estructural acumulada durante años: baja productividad, sistema cambiario distorsionado, inflación persistente, caída demográfica acelerada y una emigración masiva sin precedentes. Desde el 2021 cientos de miles de cubanos han abandonado la isla, principalmente hacia Estados Unidos. Cada salida representa no solo una historia personal, sino capital humano perdido y presión adicional sobre un sistema que ya opera al límite.

A diferencia de 1962, cuando el Estado era fuerte y contaba con el respaldo soviético, el escenario actual muestra señales de fragmentación. La legitimidad política se erosiona al ritmo de los apagones. Las protestas esporádicas por falta de electricidad y alimentos reflejan un malestar creciente. El discurso oficial insiste en la resistencia y en la soberanía, pero la vida cotidiana impone una realidad distinta: una sociedad cansada y una economía paralizada.

En este contexto surge una posibilidad que durante décadas parecía impensable: la caída del régimen tal como ha existido desde 1959. No necesariamente mediante un estallido abrupto, sino por desgaste progresivo. Un colapso energético prolongado puede desencadenar una crisis de gobernabilidad. Si el Estado no puede garantizar servicios básicos, pierde su principal herramienta de control social. La historia demuestra que los sistemas políticos no suelen caer por amenazas externas, sino por incapacidad interna para sostener su funcionamiento.

El riesgo regional también cambia de naturaleza. Ya no se teme un invierno nuclear, sino un colapso estatal a 90 millas de Florida. Una implosión podría generar un éxodo aún mayor, tensiones humanitarias y desestabilización en el Caribe. Sin una apertura económica profunda o un rescate externo significativo (que hoy parece lejano) la trayectoria actual apunta a un punto de ruptura.

Cuba enfrenta un momento decisivo en su historia contemporánea. O emprende reformas estructurales reales que permitan atraer inversión, modernizar su matriz energética y liberar su potencial productivo, o continuará descendiendo hacia un deterioro que puede desembocar en una transición forzada. El problema ya no es ideológico ni geopolítico; es funcional. Un Estado que no puede mantener la luz encendida difícilmente puede sostener indefinidamente el poder.

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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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