Jorge Céliz Kuong
27 de febrero de 2026
La crisis que enfrenta el Perú no se reduce a la falta de capacidad técnica en la gestión pública o privada. Su raíz más profunda es la ausencia de una columna moral coherente que sostenga el ejercicio del poder y la toma de decisiones. Un país puede mostrar cifras macroeconómicas alentadoras y, al mismo tiempo, ver cómo la confianza social se descompone cuando la integridad deja de ser un principio rector.
En la esfera política peruana esta deficiencia es particularmente visible. Este febrero que se va del 2026, el Congreso destituyó al presidente interino José Jerí en medio de investigaciones por presunta corrupción vinculada a contrataciones irregulares y uso indebido de influencia, reflejando una crisis permanente de legitimidad. El presidente que lo reemplaza, José María Balcázar, también está bajo proceso judicial por presunta apropiación ilícita de fondos durante su gestión en una organización profesional. Esta concatenación de jefes de Estado investigados o enjuiciados ha profundizado la desconfianza ciudadana hacia las instituciones públicas.
La representación del pueblo tampoco está exenta de cuestionamientos éticos. Diversos congresistas bajo investigación por presuntos actos de corrupción han asumido presidencias de comisiones claves dentro del Legislativo, dificultando la fiscalización interna de conductas similares. Esta paradoja (que investigados fiscalicen a otros) subraya cuán lejos está la política peruana de una cultura de responsabilidad y transparencia.
Esa desconexión entre la retórica oficial y la conducta real tiene raíces históricas. Desde las primeras asambleas republicanas se cultivó una tradición discursiva brillante en palabras pero frágil en acciones. El patriotismo solemne llenaba páginas de actas, mientras prácticas clientelistas y ambiciones personales socavaban el bien común. Hoy, esa herencia persiste y se ha convertido en estrategia más que en servicio público: promesas altisonantes que no se traducen en comportamientos éticos verificables.
Esta crisis política no es un fenómeno aislado; tiene su correlato en el mundo empresarial y en la formación de líderes. Escándalos corporativos como los de Enron y WorldCom evidenciaron que gerentes sin anclaje moral pueden infligir daños profundos a empleados, accionistas y comunidades. Más preocupante aún, diversas investigaciones académicas muestran que algunos estudiantes de programas de posgrado (que históricamente prometían formar líderes responsables) experimentan un deterioro en sus criterios éticos durante su formación. Para responder, universidades de alto prestigio han reforzado sus planes de estudio con cursos sobre ética profesional, rendición de cuentas y análisis de dilemas reales.
La lección es clara: la técnica sin ética es insuficiente. Si una organización o un Estado solo cultivan capacidades técnicas, pero descuidan la integridad, sus estructuras de poder se vuelven rentables en el corto plazo y destructivas en el largo. Por eso emergen modelos como el de “valor compartido”, en el cual el éxito económico está intrínsecamente vinculado al bienestar social y a prácticas transparentes.
El contraste con países que han logrado altos estándares de transparencia es ilustrativo. En el Índice de Percepción de la Corrupción, el Perú obtiene puntajes bajos, comparativamente lejos de naciones con menor corrupción sistémica, lo que demuestra que la transparencia no es un accidente sino el fruto de una educación ética constante y de instituciones fuertes.
La reconstrucción de la confianza social exige un compromiso radical con la integridad. El Perú no puede seguir delegando su futuro a líderes solo calificados técnicamente; necesita líderes con carácter, que entiendan que la ética no es decorativa sino estructural. La estabilidad real no proviene únicamente de tratados o inversiones, sino de una confianza interior cimentada en coherencia moral. Sin esa columna vertebral ética, cualquier forma de poder está destinada a corroerse desde dentro.
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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.
