Por Jorge Céliz Kuong
11 de marzo de 2026
A menos de cinco semanas de las elecciones generales del 12 de abril del 2026, el panorama electoral peruano refleja uno de los procesos más fragmentados e inciertos de las últimas décadas. Las encuestas de empresas como Datum Internacional, CPI e Ipsos coinciden en un diagnóstico central: ningún candidato supera de manera consistente el 13 % de intención de voto. Esta dispersión evidencia un electorado profundamente escéptico hacia los partidos tradicionales y una competencia abierta donde la mayoría de ciudadanos aún no ha tomado una decisión definitiva.
Las mediciones más recientes ubican a Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, y a Rafael López Aliaga, de Renovación Popular, disputando el primer lugar en un empate técnico cercano al 10 % u 11 %. Detrás aparece un grupo de candidatos que compiten por el tercer lugar con porcentajes que oscilan entre 4 % y 6 %, entre ellos Alfonso López Chau y el humorista Carlos Álvarez. En ese escenario también ha comenzado a llamar la atención el crecimiento del outsider Wolfgang Grozo Costa, militar en retiro y candidato de Integridad Democrática, quien ha pasado de niveles marginales a cifras cercanas al 4 % nacional, con mayor presencia en segmentos juveniles.
Sin embargo, el papel de las encuestas en la política peruana siempre ha estado rodeado de controversia. Varios candidatos han expresado públicamente su escepticismo hacia estos estudios, señalando que muchas veces terminan influyendo en la percepción del electorado más que reflejando una realidad objetiva. Según esta crítica, las encuestas pueden convertirse en una herramienta que algunos medios de comunicación utilizan para posicionar a sus candidatos preferidos, amplificando determinadas cifras o tendencias.
La desconfianza hacia las encuestadoras tiene raíces profundas en la historia política reciente. Durante la década de 1990, en el segundo gobierno de Alberto Fujimori, investigaciones posteriores revelaron que Vladimiro Montesinos, asesor del régimen, buscó influir en medios de comunicación y en ciertas empresas encuestadoras para moldear la opinión pública y consolidar el respaldo político del gobierno. Ese episodio dejó una huella duradera en la percepción ciudadana sobre la independencia de las mediciones de opinión.
En elecciones posteriores las encuestas han tenido tanto aciertos como errores. En el proceso del 2021, algunos estudios lograron anticipar el crecimiento de Pedro Castillo en la etapa final de la campaña, aunque otros subestimaron la magnitud de su avance en regiones rurales y del sur del país. En otros procesos electorales también se registraron diferencias significativas entre las proyecciones previas y el resultado final, lo que ha reforzado la idea de que las encuestas son solo una referencia parcial en un electorado altamente volátil.
En el actual proceso electoral, el verdadero protagonista sigue siendo el amplio bloque de indecisos. Sumando quienes no saben por quién votar, quienes votarían en blanco o quienes rechazan a todos los candidatos, este grupo puede superar el 40 % del electorado. Este sector es el que finalmente definirá quiénes pasarán a una eventual segunda vuelta.
Dentro de ese universo se observan algunas tendencias probables. El electorado mayoritario de zonas urbanas, especialmente en Lima y parte del norte del país, muestra inclinaciones hacia opciones de derecha o de orden, lo que explica la relativa ventaja de Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga en esas regiones. Ambos capitalizan un discurso centrado en seguridad, estabilidad económica y mano dura frente al crimen, temas que dominan la preocupación ciudadana.
En contraste, en el sur y en regiones del centro del país persiste una mayor apertura hacia perfiles técnicos o outsiders que prometen reformas económicas, desarrollo regional y atención a la agricultura y los conflictos sociales vinculados a la minería. Allí es donde candidaturas menos tradicionales, como la de Alfonso López Chau o la de Wolfgang Grozo Costa, podrían encontrar espacio para crecer en las semanas finales.
El voto joven, por su parte, se perfila como uno de los factores más impredecibles de esta elección. Estudios recientes indican que una gran parte de los votantes entre 18 y 29 años aún no ha decidido su voto, pero tiende a mostrar mayor interés por candidatos percibidos como independientes del sistema político tradicional. En ese segmento destacan figuras outsider o propuestas que combinan tecnología, emprendimiento, lucha contra la corrupción y seguridad ciudadana.
El crecimiento de Wolfgang Grozo Costa entre jóvenes se explica precisamente por ese perfil disruptivo y por una campaña digital activa en redes sociales. Al mismo tiempo, candidatos con mayor trayectoria política intentan disputar ese espacio adaptando su comunicación a plataformas digitales como TikTok y otras redes que hoy influyen de manera directa en la formación de opinión política entre las nuevas generaciones.
En este contexto, la elección de 2026 se perfila no solo como una competencia electoral abierta, sino también como una prueba de la relación entre percepción mediática, encuestas y decisión ciudadana. La fragmentación política, la desconfianza institucional y el peso del voto joven e indeciso hacen que cualquier cambio de tendencia en las próximas semanas pueda alterar completamente el escenario.
El Perú se dirige hacia una de las elecciones más impredecibles de su historia reciente. Sin un candidato dominante, con encuestas cuestionadas por parte de la opinión pública y con más del 40 % del electorado aún indeciso, el resultado dependerá de quién logre conectar con un ciudadano cansado de la política tradicional y demandante de soluciones concretas. El voto joven, pragmático y menos ideologizado podría convertirse en el árbitro final de la contienda, definiendo no solo quién gobernará el país, sino también qué tipo de liderazgo político emergerá en una sociedad que busca estabilidad, integridad y resultados tangibles.
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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.
