Por Jorge Céliz Kuong
23 de marzo de 2026
La actual confrontación entre Irán, Israel y Estados Unidos ha expuesto con crudeza una verdad estructural del sistema internacional: la economía global funciona como un organismo único cuya estabilidad depende de nodos críticos altamente vulnerables. El más importante de ellos es el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial y una proporción decisiva del gas natural licuado y fertilizantes. La reciente escalada militar en esta zona confirma evaluaciones previas de organismos como la Agencia Internacional de Energía y centros estratégicos que advertían que una interrupción en este corredor tendría efectos sistémicos inmediatos.
El diagnóstico es claro. No estamos ante un conflicto regional, sino frente a una disrupción de alcance global que impacta simultáneamente energía, alimentos, logística y finanzas. La interdependencia entre hidrocarburos y seguridad alimentaria es particularmente crítica. Los fertilizantes producidos en el Golfo sostienen una fracción significativa de la producción agrícola mundial, lo que convierte cualquier perturbación en un multiplicador inflacionario. A ello se suma el efecto en las cadenas de suministro, ahora agravadas por desvíos marítimos que incrementan costos y tiempos logísticos de manera sustancial.
En este contexto, el Perú no es un espectador distante, sino un receptor directo de los efectos de esta crisis. Como economía abierta y dependiente de importaciones de combustibles y fertilizantes, el país enfrenta una presión inmediata sobre los precios internos. El encarecimiento del petróleo impacta el costo del transporte, la generación eléctrica y, en consecuencia, toda la estructura de precios. A su vez, el alza en los fertilizantes compromete la productividad agrícola nacional, elevando el precio de alimentos básicos y afectando con mayor intensidad a los sectores más vulnerables. La experiencia reciente demuestra que estos shocks externos se traducen rápidamente en inflación importada, erosionando el poder adquisitivo y generando tensiones sociales.
El análisis de los mercados confirma esta lectura. Las economías asiáticas han absorbido el primer impacto con caídas bursátiles y presiones inflacionarias, mientras Europa enfrenta un nuevo shock energético. América Latina, y particularmente el Perú, se sitúan en una posición intermedia: no son el epicentro del conflicto, pero sí altamente sensibles a sus efectos. La volatilidad del precio del crudo evidencia la fragilidad de economías que, como la peruana, carecen de suficiente autonomía energética y dependen de mercados internacionales para sostener su crecimiento.
En el plano estratégico, la dinámica militar refleja una fase de contención con alto riesgo de escalamiento. La capacidad defensiva de Israel ha limitado daños críticos, mientras Estados Unidos prioriza la libertad de navegación en Ormuz. La reciente pausa táctica anunciada por Washington abre una ventana diplomática, aunque aún incierta, que ha generado una reacción inmediata en los mercados energéticos.
Las implicancias para el Perú son claras y urgentes. Esta crisis reafirma que la seguridad energética y alimentaria deben ser consideradas pilares de la seguridad nacional. La dependencia de insumos críticos expone al país a vulnerabilidades externas que no pueden seguir siendo gestionadas de manera reactiva. Asimismo, la limitada capacidad de almacenamiento estratégico y la débil articulación entre sectores agravan el impacto de estos shocks.
En términos propositivos, el Perú debe acelerar la diversificación de su matriz energética, fortaleciendo el uso de recursos propios como el gas natural e impulsando energías renovables. Es imprescindible establecer reservas estratégicas de combustibles y fertilizantes que permitan amortiguar crisis externas. En el ámbito agrícola, se requiere promover la producción local de insumos y mejorar la eficiencia logística para reducir costos. A nivel institucional, es necesario integrar la gestión de riesgos geopolíticos en la planificación económica y de seguridad nacional.
En conclusión, la crisis en Ormuz no es un episodio lejano, sino una advertencia directa para el Perú. La interdependencia global amplifica las vulnerabilidades de economías abiertas y dependientes. Solo mediante una estrategia que combine previsión, resiliencia y fortalecimiento institucional será posible mitigar los impactos de futuras disrupciones y garantizar la estabilidad económica y social del país en un entorno internacional cada vez más incierto.
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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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