Por Jorge Céliz Kuong
24 de marzo de 2026
El primer debate presidencial de marzo del 2026 ha puesto en evidencia una preocupante fragilidad en la oferta política peruana, en un momento en que el país enfrenta un entorno internacional volátil, presiones económicas persistentes y un deterioro sostenido de la seguridad interna. Lejos de constituir un espacio de deliberación estratégica, el encuentro confirmó la ausencia de liderazgo con visión de Estado. En un contexto donde organismos multilaterales advierten sobre la desaceleración regional, el avance del crimen organizado transnacional y la erosión institucional en América Latina, el Perú requiere claridad programática, solvencia técnica y sentido de urgencia. Sin embargo, lo observado refleja una desconexión crítica entre la magnitud de los desafíos y la calidad de las respuestas propuestas.
El análisis de las intervenciones revela un patrón común: simplificación extrema de problemas complejos, predominio del efectismo y carencia de sustento técnico. Las propuestas orientadas a reducir drásticamente el aparato estatal sin un rediseño funcional coherente, o aquellas que apelan a medidas punitivas simbólicas sin viabilidad jurídica ni operativa, evidencian una comprensión superficial del funcionamiento del Estado y del marco internacional. Del mismo modo, los planteamientos económicos basados en reasignaciones fiscales poco realistas o en supuestos ahorros sin respaldo técnico refuerzan la percepción de improvisación. Esta dinámica no solo empobrece el debate público, sino que debilita la capacidad del electorado para tomar decisiones informadas.
Las implicancias de este escenario son profundas. En el plano interno, la falta de propuestas estructurales limita la posibilidad de enfrentar con eficacia problemas como la inseguridad ciudadana, la informalidad económica y la debilidad institucional. En el ámbito externo, proyecta una imagen de incertidumbre que puede afectar la confianza de inversionistas y socios estratégicos. Más aún, en un entorno geopolítico marcado por tensiones crecientes y reconfiguración de cadenas de suministro, la ausencia de una estrategia nacional coherente reduce la capacidad del Perú para posicionarse de manera competitiva y proteger sus intereses. La política, en este sentido, deja de ser un instrumento de conducción estratégica para convertirse en un espacio de reacción improvisada.
Frente a este panorama, resulta imprescindible reorientar el debate hacia ejes estratégicos claros. En primer lugar, se requiere una reforma integral del Estado que priorice eficiencia, meritocracia y articulación interinstitucional, evitando reduccionismos simplistas. En segundo lugar, es fundamental diseñar una política de seguridad basada en inteligencia, fortalecimiento policial y cooperación internacional, alineada con estándares de derechos humanos y eficacia operativa. En el ámbito económico, se debe apostar por una estrategia de crecimiento sostenible que combine estabilidad macroeconómica, impulso a la inversión privada y reducción de brechas estructurales. Asimismo, es urgente fortalecer los mecanismos de gobernabilidad democrática, promoviendo transparencia, rendición de cuentas y profesionalización de la función pública.
La evidencia comparada demuestra que los países que logran avanzar en contextos adversos son aquellos que cuentan con élites políticas capaces de articular visión, conocimiento y liderazgo. El Perú no es una excepción. Persistir en una dinámica de propuestas superficiales y discursos populistas solo profundizará la crisis de confianza y limitará las oportunidades de la ciudadanía. Por el contrario, apostar por una política basada en evidencia, institucionalidad y responsabilidad estratégica permitirá construir una ruta sostenible hacia el desarrollo.
En conclusión, el debate no solo ha revelado debilidades individuales, sino una crisis más amplia de representación y liderazgo. Superarla exige elevar el nivel del discurso público, exigir rigor a los candidatos y, sobre todo, reconstruir la noción de Estado como instrumento al servicio del bien común. Sin estadistas, la democracia se vacía de contenido; con ellos, se convierte en una verdadera herramienta de transformación nacional.
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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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