Por Jorge Céliz Kuong
10 de abril de 2026
En el Perú contemporáneo, marcado por una profunda desconfianza institucional y una fragmentación política persistente, emerge con renovada fuerza el debate sobre la participación de actores no tradicionales en la conducción del Estado. La crisis de representación, evidenciada en la volatilidad electoral y la debilidad de los partidos, abre espacio a perfiles con trayectorias distintas, entre ellos los militares. Este fenómeno no es exclusivo del país: en diversas democracias, el descrédito de las élites políticas ha impulsado la búsqueda de liderazgos con atributos de orden, disciplina y eficacia.
El tránsito del ámbito castrense al político plantea, sin embargo, una tensión estructural. La lógica militar se sustenta en jerarquía, mando y obediencia; la política democrática, en cambio, exige negociación, deliberación y construcción de consensos. Esta dualidad no es insalvable, pero sí exige una transformación profunda del liderazgo. Experiencias históricas como las de Ramón Castilla y Andrés Avelino Cáceres en el Perú, o de Dwight D. Eisenhower y Charles de Gaulle en el ámbito internacional, demuestran que esta transición es viable cuando se articula una visión de Estado por encima de intereses corporativos.
En este marco, los valores constituyen el eje diferenciador. La formación militar promueve principios como el honor, la disciplina, la lealtad, la integridad y el sentido del deber, todos orientados al cumplimiento de la misión y la defensa del interés nacional. Estos valores, trasladados al ámbito político, pueden fortalecer la ética pública. Sin embargo, la política democrática exige además atributos complementarios: tolerancia, apertura al disenso, capacidad de diálogo, transparencia y rendición de cuentas. La convergencia de ambos sistemas de valores resulta indispensable para evitar tanto el autoritarismo como la improvisación.
A ello se suma la preparación profesional de los cuadros. En el Perú y en el extranjero, numerosos oficiales acceden a centros de altos estudios y universidades de prestigio, donde adquieren competencias en gestión pública, economía, relaciones internacionales y seguridad estratégica. Instituciones como Centro de Altos Estudios Nacionales o Escuela Superior de Guerra del Ejército, así como universidades internacionales como Harvard University o King’s College London, contribuyen a ampliar su visión más allá del ámbito estrictamente militar. Esta formación multidisciplinaria fortalece su capacidad para diseñar políticas públicas complejas y adaptarse a entornos institucionales diversos.
En el contexto actual, caracterizado por amenazas híbridas como el narcotráfico, la minería ilegal y economías criminales que erosionan la gobernabilidad, la experiencia militar ofrece ventajas comparativas relevantes. Su presencia territorial en zonas periféricas les proporciona un conocimiento empírico del país real, muchas veces ausente en las élites urbanas. Además, su formación en planificación estratégica, logística y gestión de crisis constituye un activo en escenarios de alta complejidad e incertidumbre.
En las democracias desarrolladas, esta combinación de valores y formación ha generado una creciente demanda de oficiales en situación de retiro en los ámbitos político, público y empresarial. Su experiencia en liderazgo, toma de decisiones bajo presión y administración de recursos complejos es altamente valorada en gobiernos, organismos internacionales y corporaciones. Este fenómeno evidencia que la transición del uniforme al servicio civil no solo es posible, sino también funcional a sistemas institucionales sólidos.
Las implicancias de una mayor participación militar en la política peruana son significativas. Por un lado, puede contribuir a fortalecer la capacidad operativa del Estado y a recuperar la confianza ciudadana mediante una gestión más eficiente. Por otro, sin adecuados mecanismos de control, podría tensionar el equilibrio democrático y abrir espacios a formas de poder menos deliberativas. La clave reside en construir puentes entre la experiencia castrense y las exigencias del sistema democrático.
En términos estratégicos, resulta fundamental promover procesos de formación continua para militares interesados en la gestión pública, fortalecer los partidos políticos como espacios de intermediación y garantizar estrictos mecanismos de transparencia y control. En conclusión, la participación de militares en la política no es, por sí misma, ni una solución ni una amenaza, sino una oportunidad condicionada a su capacidad de integrarse plenamente a la cultura democrática, aportando sus fortalezas sin renunciar a los principios esenciales del Estado de derecho.
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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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