Columnas Jorge Céliz

Del «yo» al «nosotros»: La reconstrucción pendiente del Perú

Por Jorge Céliz Kuong
12 de abril de 2026

El Perú atraviesa una etapa crítica marcada por una paradoja persistente: elecciones frecuentes sin consolidación institucional. En las últimas décadas, el sistema político ha evolucionado hacia una dinámica fragmentada donde los partidos han sido reemplazados por plataformas electorales efímeras y liderazgos personalistas. Este fenómeno, lejos de fortalecer la representación, ha debilitado la capacidad del Estado para articular intereses colectivos y sostener políticas de largo plazo. Informes recientes de organismos como IDEA Internacional y el Banco Mundial advierten que las democracias en América Latina enfrentan un deterioro progresivo en confianza ciudadana, gobernabilidad y eficacia estatal, y el Perú se ubica entre los casos más evidentes de esta tendencia. En este contexto, la política ha dejado de priorizar a quienes más lo necesitan: los sectores más pobres, que continúan excluidos de servicios básicos y oportunidades reales, pese al crecimiento económico acumulado.

El problema central no radica únicamente en la polarización ideológica, sino en la progresiva evaporación de las ideologías como marcos de acción coherentes. Hoy, las etiquetas de izquierda y derecha han perdido densidad programática y operan más como instrumentos retóricos que como guías de gobierno. En su lugar, predomina una lógica pragmática distorsionada, donde el corto plazo y el interés individual sustituyen cualquier visión estratégica de país. La izquierda ha demostrado habilidad para movilizar el descontento, pero ha fallado en institucionalizarlo en reformas sostenibles. La derecha, por su parte, ha priorizado estrategias individuales y coyunturales, renunciando a construir una propuesta estructurada. Así, el incentivo dominante es la supervivencia política inmediata, no la construcción de institucionalidad ni la solución efectiva de los problemas nacionales.

Esta dinámica tiene implicancias profundas. Primero, impide la acumulación de capacidades estatales, generando políticas erráticas que cambian con cada ciclo electoral. Segundo, debilita la legitimidad del sistema, alimentando la percepción de que la democracia no resuelve problemas concretos, especialmente para los más vulnerables. Tercero, abre espacios para la captura del Estado por intereses particulares, incluyendo redes de corrupción, economías ilegales y actores informales. En este entorno, el protagonismo político se convierte en un fin en sí mismo, desplazando la vocación de servicio y facilitando prácticas corruptas que erosionan aún más la confianza ciudadana.

El riesgo no es un quiebre abrupto, sino una degradación silenciosa. Las democracias contemporáneas ya no colapsan necesariamente mediante golpes de Estado, sino a través de la erosión gradual de sus instituciones. Cuando el Congreso pierde capacidad representativa, el sistema judicial se politiza y las reglas dejan de aplicarse de manera uniforme, el sistema sigue funcionando formalmente, pero pierde sustancia. En ese contexto, el ciudadano continúa votando, pero su voto tiene cada vez menos impacto real en la conducción del país, mientras las necesidades urgentes —empleo digno, seguridad, salud y educación— permanecen insatisfechas.

Frente a este escenario, la solución exige un cambio de enfoque. No se trata de reivindicar ideologías vacías, sino de construir una política orientada a resultados, donde la prioridad sea cerrar brechas sociales y atender de manera efectiva a los sectores más pobres. Es imprescindible fortalecer los partidos mediante reglas claras de organización, transparencia y democracia interna, pero también introducir un principio innegociable: la meritocracia en el acceso y permanencia en la función pública. Sin cuadros técnicos calificados y seleccionados por competencia, cualquier reforma será superficial.

Asimismo, resulta urgente una reforma integral de las instituciones, incluyendo el sistema de justicia, los organismos de control y los medios de comunicación. Estos últimos cumplen un rol clave en la formación de la opinión pública, pero su credibilidad se ha visto erosionada por sesgos, intereses económicos y falta de rigor. Recuperar su independencia, profesionalismo y responsabilidad informativa es esencial para reconstruir la confianza ciudadana y fortalecer la deliberación democrática.

Paralelamente, se requiere profesionalizar el Estado y blindarlo frente a la captura política, asegurando continuidad en políticas públicas clave. La articulación entre sector público, privado y sociedad civil debe enfocarse en objetivos concretos: reducción de la pobreza, formalización económica y mejora de servicios esenciales. Estas metas requieren coherencia, coordinación y disciplina institucional, condiciones hoy debilitadas.

El Perú no carece de recursos ni de talento; carece de dirección colectiva. La transición del “yo” al “nosotros” implica priorizar el bienestar común por encima del interés individual. La política debe recuperar su sentido más básico: resolver problemas reales. Sin líderes íntegros, sin corrupción, sin protagonismos estériles y con un firme compromiso con la meritocracia y la reforma institucional, cualquier avance será transitorio. La verdadera transformación no dependerá de discursos ni de etiquetas, sino de la capacidad de construir un sistema que funcione para todos, empezando por quienes más lo necesitan. Solo así será posible consolidar un proyecto nacional sostenible y legítimo.

Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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