El conflicto entre Estados Unidos e Irán que alcanza su punto crítico a inicios de este mes de mayo del 2026 no es un episodio aislado, sino la consecuencia directa de la ruptura progresiva del equilibrio estratégico en Medio Oriente durante el 2025, marcada por el colapso de los mecanismos de verificación nuclear y el endurecimiento de posiciones entre ambos adversarios. La ofensiva iniciada el 28 de febrero mediante ataques a instalaciones estratégicas iraníes buscó restablecer la disuasión en términos rápidos y controlados. Sin embargo, la reacción de Irán transformó una operación limitada en una crisis de alcance global, evidenciando que los conflictos contemporáneos difícilmente permanecen contenidos cuando afectan nodos críticos del sistema internacional
El elemento decisivo ha sido el estrecho de Ormuz, cuya interrupción parcial o total alteró el flujo de aproximadamente una quinta parte del suministro energético mundial, generando el mayor shock petrolero desde la década de 1970. Los precios del crudo Brent superaron los 110 dólares y llegaron a picos superiores a 120, reflejando la sensibilidad extrema de los mercados ante la incertidumbre geopolítica. Este impacto no solo ha tensionado las economías importadoras, sino que ha redistribuido rentas hacia productores alternativos, consolidando una reconfiguración energética en curso.
En la segunda fase del conflicto, la dinámica se desplazó hacia una guerra indirecta con participación de actores no estatales en Yemen, Líbano e Irak, confirmando la consolidación de un modelo de confrontación híbrida. Este patrón reduce los costos políticos inmediatos para los Estados, pero incrementa la incertidumbre estratégica y la duración de los conflictos. Paralelamente, la incapacidad de los mecanismos multilaterales para contener la escalada evidencia una erosión del orden internacional basado en reglas, sustituido progresivamente por lógicas de poder y disuasión fragmentada
La tregua alcanzada el 8 de abril, mediada por Pakistán, no responde a una solución estructural sino a limitaciones internas en ambos países. En Estados Unidos, el marco legal de la Ley de Poderes de Guerra condiciona la duración de las operaciones, mientras que en Irán el deterioro económico, con inflación elevada y presión social, obliga a contener la confrontación. El resultado es un equilibrio precario donde ninguno de los actores ha logrado sus objetivos estratégicos: Irán mantiene su capacidad de disrupción marítima y redes regionales, mientras Estados Unidos evita una escalada mayor sin consolidar una victoria política clara
Las implicancias son profundas y de alcance sistémico. La volatilidad energética se traduce en presiones inflacionarias globales, afectando crecimiento y estabilidad social en economías dependientes de importaciones. Asimismo, se acelera la transición hacia esquemas de seguridad energética basados en diversificación de fuentes, almacenamiento estratégico y energías renovables. En el ámbito geopolítico, el conflicto refuerza la tendencia hacia un orden multipolar más inestable, donde los conflictos regionales tienen efectos globales inmediatos
Frente a este escenario, la respuesta estratégica podría centrarse en tres ejes. Primero, reconstruir mecanismos de verificación nuclear con acuerdos técnicos graduales que reduzcan riesgos inmediatos. Segundo, establecer protocolos de seguridad marítima en el Golfo que eviten errores de cálculo y garanticen la libre navegación. Tercero, coordinar políticas energéticas entre grandes consumidores para estabilizar mercados y mitigar impactos inflacionarios.
En conclusión, los primeros 60 días del conflicto evidencian un empate inestable que combina disuasión incompleta con alta vulnerabilidad sistémica. Sin avances diplomáticos sostenidos, la tregua actual será apenas una pausa táctica. La única salida realista pasaría por reducir la incertidumbre mediante acuerdos verificables, muestras claras de interacción y una gobernanza energética coordinada que permita contener futuras crisis y restablecer un mínimo de estabilidad global duradera.
https://www.facebook.com/share/1cD7X7k9pK/?mibextid=wwXIfr
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.
