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El efecto Ucrania y la obsolescencia estratégica en los Andes

La guerra en Ucrania ha dejado de ser un episodio regional para convertirse en un laboratorio global que redefine los fundamentos del poder militar. A mayo de 2026, el conflicto ha consolidado una evidencia incómoda: la supremacía ya no descansa en plataformas pesadas ni en inventarios heredados, sino en la capacidad de procesar información, adaptarse y sostener cadenas logísticas resilientes. La masificación de drones de bajo costo, la integración de inteligencia en tiempo real y el uso intensivo de guerra electrónica han erosionado doctrinas que durante décadas estructuraron a las fuerzas armadas latinoamericanas. En este nuevo entorno, el Perú enfrenta una vulnerabilidad crítica: su dependencia histórica de sistemas de origen soviético que hoy operan bajo severas restricciones de mantenimiento y abastecimiento.

El problema no es únicamente técnico, sino estructural. Las sanciones internacionales contra Rusia, combinadas con la absorción de su propia capacidad industrial por la guerra, han restringido el acceso a repuestos, soporte y modernización. Este fenómeno ha generado lo que podría denominarse una “deserción técnica”: plataformas aún operativas en teoría, pero progresivamente inutilizables en la práctica. En el caso peruano, esto afecta directamente capacidades sensibles como el transporte táctico y la defensa aérea, donde activos clave ven degradada su disponibilidad. Paralelamente, Ucrania ha demostrado que sistemas relativamente baratos —drones comerciales adaptados, municiones merodeadoras, sensores distribuidos— pueden neutralizar activos mucho más costosos. La relación costo-efectividad se ha invertido, y con ella, la lógica del poder militar.

Las implicancias son profundas. En el plano interno, la reducción de capacidades logísticas limita la presencia estatal en territorios complejos como el VRAEM, donde la movilidad aérea es decisiva. En el plano externo, la dependencia tecnológica restringe la autonomía estratégica, obligando a decisiones condicionadas por proveedores y alineamientos geopolíticos. Más preocupante aún, el rezago tecnológico abre una brecha frente a actores no estatales que ya incorporan herramientas digitales, comunicaciones encriptadas y sistemas no tripulados con mayor agilidad que el propio Estado. A esto se suma un riesgo creciente en el dominio cibernético: infraestructuras críticas y sistemas de defensa con baja integración digital son particularmente vulnerables a interferencias y ataques.

La respuesta no puede limitarse a la sustitución de equipos. Requiere un cambio de paradigma. El Perú debe transitar desde un modelo centrado en plataformas hacia uno basado en capacidades: vigilancia persistente, interoperabilidad, inteligencia distribuida y resiliencia logística. Esto implica diversificar proveedores para reducir riesgos geopolíticos, pero también fortalecer la base industrial nacional. Empresas como FAME y SEMAN deben evolucionar de centros de mantenimiento a nodos de innovación, capaces de integrar tecnologías, desarrollar prototipos y participar en cadenas de valor más amplias. La cooperación internacional debe orientarse a transferencias reales de conocimiento, no a simples adquisiciones.

Asimismo, es imperativo invertir en guerra electrónica, ciberdefensa y sistemas no tripulados adaptados al terreno nacional. La ventaja ya no está en poseer más, sino en ver antes, decidir mejor y actuar con rapidez. Esto exige también una reforma doctrinal: entrenamiento orientado a escenarios híbridos, integración de datos en tiempo real y estructuras más flexibles. El presupuesto de defensa, limitado por naturaleza, debe reorientarse hacia estas prioridades, abandonando gradualmente el peso muerto de sistemas que ya no ofrecen disuasión efectiva.

La lección que deja Ucrania es inequívoca: la inercia estratégica es, hoy, una forma de vulnerabilidad. Persistir en modelos obsoletos no solo es ineficiente, sino peligroso. El Perú tiene la oportunidad —y la urgencia— de convertir esta crisis en un punto de inflexión. La soberanía en el siglo XXI no se mide en toneladas de acero, sino en capacidad de adaptación tecnológica y autonomía decisional. La hoja de ruta es clara: diversificar, innovar y reformar. Todo lo demás es administrar el declive.

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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU

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