De niño me detenía en la playa a mirar el movimiento de las olas. Seguía su paso hasta que el agua se hacía transparente en la orilla y decantaba en la arena. No sé por qué, a veces la espuma de las olas se volvía amarilla. Había cangrejos que de pronto hacían huecos perfectos y desaparecían. Todo parecía tener una sincronía silenciosa. Un elemento de la naturaleza conducía a otro.
Desde la casa de mi abuela se veía el crepúsculo. El mar gris azulado parecía perderse en el horizonte, aunque sabía que ahí donde se perdía en realidad recién comenzaba. Había escuchado historias de piratas, mis padres me habían hablado de Moby Dick y sabía de criaturas capaces de iluminarse a sí mismas en las profundidades del más oscuro océano. Por momentos me preguntaba si el mar en su inmensidad tendría un inconsciente marino.
El mar no envejece. Se renueva. Puede cambiar con la afluencia de los vientos, la luz del día, las estaciones o la frialdad de la noche. Pero siempre, en cualquier caso, marca el paso del clima en la tierra. Tiene gradientes de temperatura, rutas invisibles, una flora y fauna fascinantes que se autorregulan entre ellas. Sus corrientes transportan energía y calor de un lado a otro del planeta. Son como vasos comunicantes que le dan vida a los océanos y conectan los continentes, al punto que no se entiende el mundo sin los océanos. Tampoco la vida.
Pero cuando el mar se calienta, todo empieza a cambiar. Aparecen lluvias inusuales, los vientos se alteran, las estaciones se trastocan. Y eso es justamente lo que podría estar ocurriendo en estos meses. Se está diciendo que el mar se está calentando y con un impacto global,.y nosotros, los peruanos, tendremos esa anomalía aquí al frente, como quien mira el litoral.
Quizás, mientras disfrutamos del sol y de una aparente calma estacionaria, estemos entrando a la antesala de un nuevo desastre anunciado.
Hay peces que ya comienzan a alejarse de nuestro litoral. Siempre que llega el Niño, hay señales de ese tipo. En el norte, por ejemplo, hay un pájaro que cambia su comportamiento cuando el fenómeno se acerca. Se trata del “Chilalo”, una pequeña ave del norte peruano que se prepara y lo afronta. Meses antes de la llegada de La corriente del Niño, el Chilalo cambia la manera de hacer su nido. Lo hace al revés. Y esta vez no sólo está haciendo su nido al revés, sino que además lo está reforzando como nunca lo ha hecho.
Lo voy a repetir por si alguien considera que esto es pura fantasía: el Chilalo está haciendo su nido exactamente al revés, y esto siempre lo hace cuando se viene un Niño climático. Él no huye, se queda. Afronta el clima. Se adapta. Modifica su hogar antes de la llegada del diluvio para proteger a sus futuras crías y la supervivencia de su especie. Esto, los pescadores lo saben muy bien. El chilalo se organiza, salvaguarda su vida. Muchas de nuestras autoridades, en cambio, hacen muy poco o nada hasta que llegan los huaycos.
Los antiguos peruanos no desafiaban a la naturaleza. Convivían con ella y se sentían parte de ella. La respetaban. Por lo mismo levantaban sus ciudades en espacios alejados de los embates de la naturaleza. No necesitaban de satélites de última generación ni de sensores acuáticos para predecir el Niño porque tenían al Chilalo, un pajarito que avisaba con un año de anticipación.
En etología se estudia cómo los animales se organizan a partir de los límites de la naturaleza. Pero los seres humanos la desafían. Y en el caso peruano, la ignoramos.
Las veces que ha llegado este fenómeno climático ha dejado escenas aterradoras. No sería esta la primera vez que las lluvias arrasen con todo, que destruyan puentes, malogren los sembríos, se lleven las casas e inunden las ciudades.
Basta recordar a todas esas personas que se acantonaban en los techos rogando a Dios que el agua no se las lleve. A aquella señora que fue revolcada varios kilómetros por el lodo mientras se aferraba como podía a una y otra madera, haciendo lo imposible para salvar su vida. También al ganado ahogado flotando bajo el diluvio. El incontenible dolor de los pobladores que sentían que no les quedaba nada en la vida, salvo su llanto. Todo eso, nuevamente, podría estar por venir.
El Perú ha perdido miles de millones en cada Corriente del Niño. El Estado nunca ha llegado a tiempo para prevenirlo. A lo más, ha administrado la emergencia. El resultado ha sido el mismo: destrucción masiva, pérdidas millonarias, retroceso, pobreza, y miles de personas afectadas a las que la tragedia les cambió la vida para siempre. Cada vez que llega La corriente del Niño, una parte del país vuelve a fojas cero. Retrocede. Se empobrece. Y esto ocurre siempre, una y otra vez. Así es el subdesarrollo: nos embate como olas en furia, pudiendo haber sido evitado. Cada vez que el norte crece, termina regresionando.
Si las ciudades permanecieran alejadas de los ríos, si no se permitiesen las invasiones, La corriente del Niño podría ser una fuente de desarrollo. Los cauces de los ríos formarían canteras naturales. Se podrían levantar represas para irrigar los desiertos. Estas, a su vez, podrían generar energía. Y todo esto, contribuiría a transformar la desesperanza en ilusión y riqueza. La corriente del Niño, podría incluso, dar suficiente agua para alimentar al mundo con cosechas gigantescas.
Pero nada de eso ocurre.
Se viene un Niño de impacto global. Hace un año que el Chilalo nos está avisando. También lo están diciendo los monitoreos electrónicos de Australia y Canadá desde hace varios meses. Pero la falta de previsión del Estado peruano y de algunos sectores de la ciudadanía, inundarán nuevamente la tragedia.
Pienso en Sigmund Freud, en sus escritos sobre las pulsiones de vida y de muerte, en cómo lo tanático puede afectar la vida de la gente y su organización social.
Pienso también en esas olas que de niño observaba en su inmensidad poética. Y en cómo la repetición compulsiva, por apego al trauma, hace que la tragedia se repita una y otra vez sin que el país pueda salir de ese círculo vicioso.
Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta
