En nuestro país vivimos una paradoja que limita su desarrollo. Mientras exhibimos al mundo una de las mayores riquezas culturales de América Latina, se continúa gobernando con una visión centralista que ignora gran parte de esa diversidad. Hoy existen 55 pueblos indígenas u originarios y 48 lenguas indígenas reconocidas oficialmente, una realidad que demuestra que la identidad peruana no es uniforme, sino plural. Sin embargo, esa diversidad sigue sin reflejarse plenamente en las decisiones del Estado. En un escenario marcado por el cambio climático, la presión sobre los recursos naturales y la inestabilidad política, esta brecha representa un riesgo para la cohesión nacional.
La diversidad territorial también define la dimensión estratégica del problema. En la costa, numerosas comunidades protegen sus tierras comunales y actividades productivas. En la Amazonía, pueblos indígenas fortalecen sus formas de organización para defender los bosques frente a la minería ilegal, el narcotráfico y la tala clandestina. En el sur andino, las poblaciones quechuas y aimaras mantienen una influencia social y política determinante. Todas estas realidades comparten un elemento común: un profundo sentimiento de pertenencia al Perú, acompañado de una creciente desconfianza hacia un Estado que muchas veces llega tarde o, simplemente, no llega.
Las consecuencias son evidentes. La ausencia de servicios públicos, infraestructura, seguridad y oportunidades favorece la expansión de economías ilegales, incrementa los conflictos sociales y debilita la presencia del Estado en territorios estratégicos. La Defensoría del Pueblo registra que cerca del 60 % de los conflictos sociales activos tienen origen socioambiental, una cifra que refleja el costo de no construir canales efectivos de diálogo entre el Estado, las empresas y las comunidades. Cuando las demandas permanecen sin respuesta, la gobernabilidad se deteriora y aumenta la percepción de abandono.
Esta situación adquiere una dimensión aún más preocupante desde la geopolítica. Más del 60 % del territorio peruano corresponde a la Amazonía, una región clave para la seguridad hídrica, la biodiversidad y la lucha contra el cambio climático. Sin una presencia estatal permanente, estas zonas quedan expuestas al crimen organizado, al tráfico ilegal de recursos y a redes que debilitan la soberanía nacional. La integración territorial deja de ser únicamente un objetivo de desarrollo y se convierte en una prioridad para la estabilidad del país.
La mayor contradicción aparece cuando el Perú proyecta al mundo una imagen basada en su herencia indígena, su gastronomía, sus tejidos y su patrimonio arqueológico, mientras muchas de las comunidades que preservan ese legado siguen enfrentando pobreza, discriminación y escasa representación política. Resulta incoherente convertir la cultura ancestral en una marca de éxito internacional y, al mismo tiempo, mantener invisibles a quienes la conservan viva. El orgullo por el pasado pierde legitimidad cuando no se traduce en respeto y oportunidades para los ciudadanos del presente.
Superar esta paradoja exige una reforma institucional que vaya más allá del discurso. La descentralización debe otorgar mayor capacidad de decisión y presupuesto a las regiones. La consulta previa tiene que convertirse en un verdadero mecanismo de acuerdos y no en un trámite administrativo. También resulta indispensable fortalecer la educación intercultural, reconocer los sistemas de gobernanza indígena compatibles con la Constitución y ampliar la presencia del Estado en las zonas de frontera mediante salud, educación, infraestructura y seguridad.
El futuro del Perú dependerá de su capacidad para transformar su diversidad en una ventaja estratégica. La cohesión nacional no se construirá imponiendo una sola identidad, sino integrando todas las que forman la República. Un Estado que reconozca plenamente a sus pueblos originarios fortalecerá la gobernabilidad, protegerá mejor sus recursos estratégicos y consolidará un desarrollo sostenible. La verdadera riqueza del Perú no está únicamente en su historia, sino en la capacidad de convertir esa diversidad en el principal motor de una nación más unida, más segura y más justa.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.
