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El Perú no necesita reciclar más, necesita dejar de producir como en el siglo XX

Cuando hablamos de economía circular en el Perú, casi inevitablemente terminamos hablando de residuos, reciclaje, segregación, botaderos o valorización. Todos son temas importantes, pero reducir la economía circular a la gestión de aquello que desechamos es, probablemente, una de las razones por las que todavía no hemos comprendido su verdadero potencial. La economía circular empieza mucho antes de que algo se convierta en residuo. Empieza cuando una empresa decide cómo diseña un producto, qué materiales utiliza, cuánta agua y energía necesita para producirlo, cuánto tiempo permanecerá en uso y qué ocurrirá con sus componentes cuando termine su primera vida útil. En otras palabras, no significa simplemente reciclar más; significa producir mejor, generar menos residuos y obtener más valor de los recursos que ya tenemos.

Durante décadas, nuestras economías crecieron bajo una lógica relativamente sencilla: extraer recursos, transformarlos, consumirlos y desecharlos. Ese modelo permitió crecimiento y expansión productiva, pero hoy enfrenta límites económicos y ambientales cada vez más evidentes. Las materias primas tienen costos crecientes, los mercados internacionales exigen mayor trazabilidad y las empresas enfrentan nuevas presiones para reducir emisiones, utilizar mejor los recursos y demostrar la sostenibilidad de sus cadenas de suministro. Lo que antes podía considerarse una preocupación exclusivamente ambiental se está convirtiendo en una cuestión de competitividad. Para un empresario, la economía circular puede significar consumir menos energía, recuperar materiales, prolongar la vida útil de equipos, reducir costos, encontrar nuevos usos para subproductos o desarrollar nuevos negocios. La pregunta, entonces, ya no debería ser solamente cuánto reciclamos, sino cuánto valor estamos perdiendo por seguir produciendo de manera lineal.

El Perú no parte de cero. En los últimos años hemos desarrollado hojas de ruta para distintos sectores y contamos con una Hoja de Ruta Nacional de Economía Circular al 2030. Tenemos conocimiento, experiencias empresariales, normas técnicas y una agenda que progresivamente ha ganado espacio en las políticas públicas. El problema aparece cuando intentamos llevar todo ello a la realidad. Todavía existen empresas que podrían aprovechar materiales provenientes de otras actividades productivas, pero encuentran barreras para hacerlo; proyectos innovadores que no consiguen financiamiento porque sus modelos de negocio son percibidos como riesgosos; y pequeñas empresas que quieren incorporarse a cadenas de suministro más sostenibles, pero no tienen capacidad para asumir solas los costos de esa transformación. Allí aparece la verdadera brecha porque hemos avanzado más rápido en diseñar instrumentos que en crear las condiciones para que la circularidad ocurra realmente en el mercado.

También debemos reconocer que la economía circular no será igual en todo el territorio. La costa, los Andes y la Amazonía tienen estructuras productivas, recursos y desafíos diferentes. En minería puede significar recuperar materiales, aprovechar subproductos o encontrar nuevas soluciones para determinados pasivos. En agricultura, transformar biomasa residual en nuevos insumos y recuperar la calidad de los suelos. En manufactura, diseñar productos que utilicen menos materiales y puedan repararse, reutilizarse o remanufacturarse. En turismo, conservar y regenerar los ecosistemas que sostienen los propios destinos turísticos. Y en nuestra Amazonía supone comprender algo todavía más importante, el bosque no es solamente un espacio que debemos proteger, sino también un capital natural que puede generar desarrollo, siempre que construyamos alrededor de él cadenas de valor legales, trazables, sostenibles y capaces de generar mayor valor agregado.

Pero para que todo esto ocurra, la economía circular tiene que convertirse también en negocio. No podemos pedirle a una empresa que transforme su modelo productivo únicamente porque es ambientalmente deseable. Una empresa invertirá si encuentra oportunidades para reducir costos, mejorar su productividad, acceder a financiamiento, diferenciar sus productos o ingresar a nuevos mercados. Y una pequeña empresa podrá hacerlo si las reglas son claras y los costos de formalización no terminan expulsándola del mercado. Necesitamos, por tanto, crear las condiciones para que las buenas decisiones ambientales sean también buenas decisiones económicas. El Estado puede ayudar utilizando su capacidad de compra para generar demanda de productos más sostenibles, facilitando el acceso al financiamiento, promoviendo innovación y eliminando barreras innecesarias. No se trata de crear más burocracia, sino de hacer que producir circularmente sea más sencillo, rentable y competitivo.

Esto exige cambiar también la forma en que entendemos la economía circular dentro del propio Estado. Durante años, su impulso desde la política ambiental fue necesario para introducir el concepto, desarrollar instrumentos y generar capacidades. Pero esa primera etapa está llegando a su límite. Si queremos que la circularidad transforme realmente nuestra economía, debe entrar también en las decisiones sobre inversión, productividad, innovación, financiamiento y desarrollo territorial. Debe involucrar al Ministerio de Economía y Finanzas, a los sectores productivos, a los gobiernos regionales, a las empresas y a las universidades. El desafío pendiente no es seguir acumulando iniciativas aisladas, sino lograr que estas decisiones se conecten y se sostengan en el tiempo. Para ello, la economía circular tiene que dejar de ser vista como una política exclusivamente ambiental y convertirse en una verdadera política de desarrollo.

Y quizás aquí aparezca una discusión todavía más profunda. Durante mucho tiempo hemos asociado desarrollo con extraer y producir más. Tal vez deberíamos empezar a preguntarnos cuánto valor somos capaces de generar con cada tonelada de material, cada metro cúbico de agua, cada hectárea de bosque y cada unidad de energía que utilizamos. Esa pregunta es particularmente importante para un país como el Perú. Tenemos minerales que el mundo necesita, una biodiversidad extraordinaria, una Amazonía estratégica, capacidad industrial, conocimiento científico y miles de pequeñas empresas capaces de innovar. Sin embargo, poseer recursos nunca ha sido suficiente para garantizar desarrollo. La diferencia está en lo que somos capaces de hacer con ellos y, sobre todo, en cuánto valor podemos generar sin comprometer aquello que necesitaremos mañana.

En un mundo que empieza a competir por minerales críticos, energía, agua, alimentos y materiales, utilizar los recursos de manera más inteligente será cada vez más una ventaja económica. Por eso, la economía circular no debería entenderse como una nueva obligación ambiental para las empresas, ni mucho menos como una sofisticación del reciclaje. Es una manera diferente de pensar la productividad y, finalmente, el desarrollo. El Perú necesita aprender a crear más valor utilizando mejor sus recursos, conservar aquellos que sostienen nuestra economía y convertir nuestra riqueza natural en una verdadera ventaja competitiva. La hoja de ruta existe y las capacidades también. El desafío, como tantas veces ocurre en nuestro país, ya no es saber qué hacer, sino decidir hacerlo. Y quizás ese sea el verdadero salto que todavía nos falta, dejar de pensar la economía circular como una política sobre lo que dejamos de utilizar y empezar a verla como una política sobre cómo queremos producir, competir y crecer en las próximas décadas.

Giuliana Becerra 
Ingeniera química, magíster en Química y magíster en Ingeniería de Procesos por la Universidad Claude Bernard Lyon 1, Francia, y doctora en Ingeniería de Procesos por la École Centrale Paris. Es profesora principal de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ex viceministra de Gestión Ambiental y experta en gestión ambiental, economía circular, calidad ambiental y políticas públicas para el desarrollo sostenible.

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