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La Batalla de Boyacá de 2026

La Batalla de Boyacá, que se ha conmemorado el 7 de agosto, es una pieza histórica del pasado neogranadino, y, un engranaje de singular importancia que une ese glorioso pasado con el presente colombiano. La historia nos recuerda el genio militar de Bolívar y de sus oficiales Santander, Anzoátegui, Rondón y sus lanceros enfrentados al ejército realista, comandado por el coronel José María Barreiro.

La gesta nos sitúa previamente en Corrales de Bonza, en los primeros días de agosto de 1919 cuando Bolívar ordena el desplazamiento nocturno de los soldados hacia Tunja y deja el campamento con las hogueras encendidas, los realistas pensaban que el ejército patriota descansaba, mientras que la caballería y las tropas del ejército libertador se iban reubicando hacia aquella ciudad;  la verdadera historia se escribiría en las tierras de Tunja, en el cauce  del rio Teatinos y sobre el puente de Boyacá, que daría paso a la Gran Colombia.

En justo homenaje a la Batalla de Boyacá de 1819, siendo comandante del Ejército el general Jaime Sarmiento, el entonces presidente Alfonso López Michelsen mediante el Decreto 1461 del año 1978 consagró el 7 de agosto de cada año como el Día del Ejército Nacional de Colombia.

Esta fecha tiene un valor significativo en el presente colombiano dado que coincide con la asunción del mando presidencial o la apertura del Congreso y conserva tradiciones democráticas como la imposición de la Orden de Boyacá del mandatario saliente al flamante presidente. 

La Orden de Boyacá, creada por el Libertador Simón Bolívar para reconocer a los soldados y patriotas que participaron en la campaña libertadora de 1819 y entregada por primera vez en setiembre del mismo año, es hoy la máxima condecoración civil que el Gobierno de la República de Colombia otorga a militares, a ciudadanos destacados y también a personalidades extranjeras; entre quienes la recibieron podemos mencionar a los expresidentes Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Sebastián Pïñeira, Gabriel Boric y al destacado Nobel Mario Vargas Llosa.  

Históricamente, antes de la asunción del cargo, los presidentes electos han recibido algunas de las más altas distinciones del Estado, entre ellas la Orden de Boyacá, la Orden de San Carlos y la Orden Nacional al Mérito; en el caso de la Orden de Boyacá, el Decreto 3273 de 1980 dispuso: “…Quienes desempeñan la Presidencia de la República de Colombia por Elección popular serán titulares de esta Orden por derecho propio.” , que complementado con el Decreto 770 de 1982 se estableció que el presidente saliente debe imponer al presidente electo la Orden de Boyacá en el grado de Gran Collar antes de concluir su mandato.

En agosto de 2022, Iván Duque condecoró a Gustavo Petro y cuatro años antes, Juan Manuel Santos lo hizo con Duque, sin embargo, en este magno acontecimiento del siete de agosto pasado, el presidente Abelardo De La Espriella no recibió de su antecesor las distinciones honorificas atribuibles a su más alta investidura.

Eludir el ceremonial presidencial o evitar cumplir los protocolos y rituales que emanan de normas y tradiciones conlleva sus repercusiones informativas y las criticas comunicacionales, sin embargo no podemos desconocer la gesta libertaria, que es la historia de América del sur: no podemos ignorar el legado de Bolívar, Santander, Anzoátegui, Rondón y muchos otros patriotas que construyeron la Gran Colombia: no podemos olvidar el proceso de paz que costo tanto sacrificio; y no podemos dejar de creer en las instituciones por que sin ellas no hay democracia.

Para Carl Gustav Jung, las tradiciones, mitos y costumbres no son simples inventos sociales o caprichos culturales, sino expresiones externas y vivas del inconsciente colectivo y de los arquetipos. Funcionan como moldes ancestrales que dan sentido, equilibrio y orientación a la psique humana. Las tradiciones otorgan a cada pueblo su creencia, reconocen su identidad, encarnan valores patrióticos, enseñan respeto, reconstruyen la historia, enorgullecen a cada generación y construye el sentido de pertenencia.

Lo ocurrido el pasado 7 de agosto no puede reducirse a una discrepancia protocolar entre un presidente saliente y su sucesor. Anteponer las diferencias políticas e ideológicas al cumplimiento de una tradición republicana desconoce el significado de instituciones y símbolos que los preceden y que representan la continuidad del Estado más allá de quien ocupe temporalmente la Presidencia. La democracia se demuestra también en la derrota, respetando las reglas, las instituciones y la voluntad popular aun cuando el poder sea entregado a quien piensa radicalmente distinto.

Boyacá es una victoria que se celebra en América toda. La independencia fue una empresa americana y nuestra libertad tiene, desde su origen, una historia compartida. Boyacá, Carabobo, Pichincha, Junín y Ayacucho forman parte de una misma evocación libertaria que se extiende más allá de nuestras actuales fronteras. Por ello, los símbolos nacidos de la gesta en el rio Teatinos trascienden y alcanzan la memoria republicana de América del Sur, Boyacá es de Colombia, pero su legado pertenece a América. Y América merece respeto.

Eduardo Arana Ysa Abogado, Docente Universitario, Ex Presidente del Consejo de Ministros, Ex Ministro de Justicia.

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