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Malvinas: el doble rasero de las potencias y el nuevo tablero estratégico del Atlántico Sur

La disputa por las Malvinas ha vuelto al centro de la conversación estratégica internacional por una razón que excede al Atlántico Sur: la revisión anunciada por Donald Trump de la posición estadounidense sobre las islas coincide con una transformación más profunda de la política de seguridad de Washington. No existe, por ahora, un reconocimiento estadounidense de la soberanía argentina ni un compromiso formal de modificar la posición histórica. Pero el simple hecho de que la cuestión haya entrado en revisión altera un statu quo diplomático que parecía congelado.

El dato decisivo es el contexto estratégico. La Estrategia de Defensa Nacional estadounidense de 2026 declara como prioridad restaurar la primacía militar de Estados Unidos en el hemisferio occidental, proteger el acceso a posiciones estratégicas y negar a los adversarios capacidades militares en la región. La llamada “Trump Corollary to the Monroe Doctrine” convierte así al continente en un espacio prioritario de competencia. Malvinas adquiere relevancia porque su ubicación conecta el Atlántico Sur con las rutas australes, el acceso hacia la Antártida y un espacio marítimo de creciente valor estratégico.

La declaración de Trump del 31 de agosto debe leerse, por tanto, dentro de esa reorientación. Reuters informó que Washington evalúa su posición mientras la administración presiona a los aliados europeos para que asuman mayores cargas de defensa. La revisión puede ser también un instrumento de negociación con Londres, no necesariamente un giro proargentino. Esta distinción es esencial: Argentina puede encontrar una coincidencia de intereses con Washington, pero no debe confundirla con una alianza destinada a resolver la controversia.

El fundamento jurídico argentino tampoco depende de la Casa Blanca. Naciones Unidas mantiene la cuestión Malvinas como una disputa de soberanía y, en junio de 2026, volvió a reclamar que Argentina y el Reino Unido reanuden negociaciones. La Resolución 2065 de 1965 sigue siendo el antecedente central: reconoce la existencia de la controversia y pide una solución negociada, considerando los intereses de la población de las islas. Londres sostiene, en cambio, que los habitantes son británicos y tienen derecho a determinar su futuro; esta posición fue reafirmada nuevamente tras las declaraciones de Trump.

El contraste con Chagos vuelve a poner en cuestión la pretendida aplicación uniforme de la autodeterminación. El Reino Unido aceptó avanzar hacia la soberanía de Mauricio sobre el archipiélago, mientras conserva derechos sobre Diego García por razones de seguridad militar. El caso no demuestra automáticamente que Malvinas tenga la misma solución jurídica, pero sí evidencia que, cuando los intereses estratégicos cambian, las potencias pueden modificar fórmulas territoriales que antes parecían inamovibles.

Para Argentina, la oportunidad es real, pero exige prudencia. La reacción de Javier Milei, que calificó la causa Malvinas como la más importante y sagrada para el país, puede fortalecer la movilización política interna; sin embargo, la diplomacia no debería quedar subordinada a declaraciones coyunturales. El objetivo debe ser convertir la nueva correlación de intereses en una estrategia de Estado.

Buenos Aires debería vincular la cuestión Malvinas con una agenda contemporánea de seguridad hemisférica: control marítimo, protección de recursos pesqueros, cooperación antártica, investigación científica, seguridad de las rutas australes y prevención de la penetración de potencias extrarregionales. Al mismo tiempo, debe mantener abiertas las vías bilateral y multilateral, evitando cualquier escalada militar.

La tesis es clara: el nuevo escenario estadounidense no resuelve Malvinas, pero puede modificar los incentivos que sostienen el statu quo. Si Washington redefine sus prioridades hemisféricas y Londres necesita preservar su relación estratégica con Estados Unidos, Argentina dispone de una ventana diplomática excepcional. Aprovecharla exigirá menos nacionalismo retórico y más capacidad negociadora, continuidad institucional y visión geopolítica. La soberanía no se recuperará mediante una declaración presidencial extranjera, sino mediante una acumulación paciente de legitimidad, poder diplomático y estrategia nacional.

Punto central del nuevo enfoque: el argumento más potente ya no es solamente que existe un “doble rasero” británico. Es que la propia transformación de la arquitectura estratégica estadounidense puede estar creando las condiciones para que la cuestión Malvinas deje de ser un asunto congelado y vuelva a adquirir valor dentro de la competencia geopolítica del Atlántico Sur. Esa es una tesis más difícil de refutar y, a mi juicio, mucho más relevante para un editorial de nivel internacional.

Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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