Más allá de izquierda y derecha: qué hace prosperar a una nación
Durante décadas hemos intentado explicar el progreso de los países desde una discusión casi permanente entre izquierda y derecha. Unos han puesto el énfasis en el Estado, la igualdad y la protección social. Otros, en la libertad, la empresa, la propiedad privada y el mercado.
La discusión ha sido importante. Pero quizás hoy resulte insuficiente.
La pregunta verdaderamente relevante no es qué ideología tiene más razón, sino algo mucho más profundo: ¿qué hace prosperar realmente a una nación?
La historia económica ofrece algunas respuestas.
La economía de mercado demostró una enorme capacidad para movilizar capital, crear empresas, innovar y elevar la productividad. La Revolución Industrial transformó en pocas generaciones la capacidad humana para producir riqueza.
Pero también mostró que el crecimiento, por sí solo, no resuelve todos los problemas de una sociedad. Puede coexistir con desigualdad, precariedad, exclusión y concentración económica.
Por otro lado, el siglo XX mostró que un Estado que pretende reemplazar ampliamente al mercado puede movilizar recursos y acelerar determinados procesos de industrialización, pero también puede enfrentar graves problemas de incentivos, innovación, productividad y asignación eficiente del capital.
La gran lección histórica parece encontrarse, entonces, fuera de los extremos.
El mercado necesita instituciones. Y las instituciones necesitan un Estado capaz.
No necesariamente un Estado grande.
Tampoco necesariamente uno pequeño.
Un Estado capaz.
Uno que pueda garantizar seguridad, justicia, derechos de propiedad, cumplimiento de contratos, infraestructura, educación y reglas previsibles.
Porque un país puede tener miles de normas y, sin embargo, carecer de institucionalidad. Puede gastar enormes cantidades de dinero y ofrecer servicios deficientes. Puede crecer administrativamente y debilitarse funcionalmente.
Por eso el verdadero debate no debería ser únicamente cuánto Estado necesitamos, sino qué calidad de Estado somos capaces de construir.
Lo mismo ocurre con el mercado.
Defender la empresa privada no significa defender privilegios. Una economía en la que algunas empresas prosperan gracias a monopolios, protección política o regulaciones diseñadas para impedir la competencia no es necesariamente una economía verdaderamente competitiva.
Existe una diferencia fundamental entre crear valor y capturar valor.
La empresa productiva compite, invierte, innova, arriesga y mejora.
La empresa privilegiada protege posiciones.
Una economía sana necesita distinguirlas.
La ciencia económica ha ido llegando, desde distintos caminos, a conclusiones que ayudan a comprender esta arquitectura.
Robert Solow mostró que la acumulación de capital no explicaba por sí sola el crecimiento y puso en evidencia el papel decisivo de la productividad y el progreso tecnológico.
Robert Lucas y Paul Romer profundizaron la importancia del conocimiento, el capital humano y la innovación.
Douglass North mostró que las instituciones cambian los incentivos bajo los cuales actúan personas y empresas.
Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson llevaron todavía más lejos el estudio de la relación entre instituciones y prosperidad, una línea de investigación reconocida con el Premio de Economía de 2024.
La evidencia no nos entrega una fórmula mágica.
Pero sí permite observar una secuencia poderosa.
Sin instituciones confiables, disminuye la confianza.
Sin confianza, cae la inversión.
Sin inversión, resulta más difícil acumular capital.
Sin capital humano, conocimiento y tecnología, la productividad se estanca.
Sin productividad, el crecimiento pierde fuerza.
Y sin crecimiento sostenido resulta mucho más difícil ampliar oportunidades y reducir pobreza de manera permanente.
Podríamos resumirlo así:
Instituciones → confianza → inversión → conocimiento → productividad → crecimiento → oportunidades → desarrollo.
No es una ley matemática. La realidad es mucho más compleja. Cada país posee historia, geografía, cultura, recursos y circunstancias diferentes.
Pero tampoco estamos frente a una simple opinión.
Décadas de investigación económica respaldan la importancia de la productividad, el capital humano, la tecnología, las instituciones, la inversión, los mercados y la capacidad estatal.
Eso debería obligarnos a revisar algunas discusiones tradicionales.
Distribuir mejor puede ser necesario.
Pero primero debe existir algo que distribuir.
Crear riqueza es indispensable.
Pero la riqueza, por sí sola, tampoco garantiza desarrollo.
El desafío superior consiste en construir una economía capaz de crear cada vez más valor y permitir que cada vez más personas tengan las capacidades necesarias para participar de esa creación.
Allí probablemente se encuentre el punto de encuentro entre libertad económica y progreso social.
No se trata de elegir entre empresa o Estado.
Se trata de conseguir empresas productivas, mercados competitivos, instituciones confiables y un Estado que haga bien aquello que ninguna sociedad moderna puede dejar de hacer.
Y aparece entonces una conclusión que la historia parece repetir.
Un país puede tener petróleo, minerales, tierra, agua o una ubicación privilegiada y continuar siendo pobre.
Otro puede tener pocos recursos naturales y alcanzar niveles extraordinarios de prosperidad.
Los recursos importan.
Pero las capacidades importan más.
La verdadera riqueza de una nación probablemente no se encuentre únicamente debajo de su suelo ni dentro de sus fronteras.
Se encuentra en sus personas, sus instituciones, sus empresas, su conocimiento y su capacidad para transformar recursos en productividad.
Por eso quizá haya llegado el momento de superar una pregunta que ha dividido durante demasiado tiempo el debate público.
No solamente:
¿izquierda o derecha?
Sino:
¿qué condiciones permiten que una sociedad prospere generación tras generación?
La respuesta que comienza a emerger de la evidencia es sencilla, aunque construirla sea extraordinariamente difícil:
instituciones que generen confianza, personas capaces, empresas que creen valor, mercados que premien la productividad y un Estado que habilite el desarrollo en lugar de sustituirlo.
Quizá allí empiece a dibujarse algo más que una reflexión.
Quizá allí comience a aparecer una verdadera ecuación del desarrollo.
César Augusto Novoa Chávez
César Augusto Novoa Chávez
CEO de NOZA Investment Company SAC Perú y un líder estratégico con más de 25 años impulsando crecimiento, innovación y transformación en entornos altamente competitivos. Su trayectoria integra finanzas, gestión de riesgos, tecnología y dirección comercial, con posiciones clave en Derrama Magisterial, Banco Azteca / Grupo Salinas y Banco del Trabajo. Reconocido por convertir la visión en ejecución, diseña e implementa modelos escalables orientados a valor, rentabilidad y sostenibilidad. Es docente internacional de posgrado y columnista. Economista (Universidad Nacional de Piura) y MBA (ESAN), con especializaciones en Riesgos Financieros (ESAN & Tecnológico de Monterrey), Transformación Digital & Fintech (Copenhagen Business School) y Business Sustainability (University of London).
