No parece coincidencia que, a solo un día de conmemorarse los 25 años del trágico atentado contra las Torres Gemelas, el secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, haya pisado suelo peruano. Su visita no fue un saludo cualquiera. Llegó para consolidar la incorporación de nuestro país al denominado “Escudo de las Américas”, abriendo un nuevo capítulo en las relaciones entre el Perú y los Estados Unidos.
Ayer, durante la conferencia que ofreció junto a la presidenta Keiko Fujimori, las palabras de Rubio fueron claras. No se trataba únicamente de la foto protocolar ni del tradicional apretón de manos entre autoridades. El mensaje de fondo fue mucho más importante: fortalecer la cooperación entre ambos países para enfrentar al crimen organizado transnacional, el narcotráfico y las organizaciones criminales que amenazan la seguridad de nuestros ciudadanos.
El Perú no puede librar solo esta batalla. Las organizaciones criminales de hoy operan atravesando fronteras, movilizan enormes cantidades de dinero, utilizan tecnología, lavan activos y articulan redes internacionales. Enfrentarlas exige precisamente lo contrario: inteligencia compartida, cooperación policial, tecnología, entrenamiento y coordinación entre Estados.
Y en ese terreno ya se vienen dando pasos concretos.
La cooperación entre la Policía Nacional del Perú y el FBI ha abierto nuevas posibilidades para combatir organizaciones criminales de alta peligrosidad. Tecnología, intercambio de inteligencia, capacitación y trabajo conjunto permiten enfrentar a estructuras que hace apenas unos años podían moverse entre países aprovechando las limitaciones de nuestras autoridades.
La reciente captura de uno de los principales cabecillas de “Los Pulpos” es una demostración de lo importante que puede resultar la coordinación internacional. Cuando las policías, los servicios de inteligencia y las agencias especializadas de distintos países comparten información y trabajan con un mismo objetivo, el margen de maniobra de las organizaciones criminales comienza a reducirse.
Como recordaremos, el pasado 7 de marzo, el presidente Donald Trump impulsó desde Miami la iniciativa denominada “Escudo de las Américas”, concebida como un frente regional contra los cárteles del narcotráfico y otras organizaciones criminales transnacionales.
La propuesta es simple en su concepción, aunque enormemente ambiciosa en su ejecución: coordinar capacidades militares, policiales y de inteligencia para enfrentar a estructuras criminales que hace tiempo dejaron de actuar dentro de las fronteras de un solo país.
En aquella primera cumbre participaron alrededor de una docena de gobiernos de la región. Hoy la iniciativa reúne a más de 15 países y el Perú ha decidido incorporarse.
La presidenta Fujimori ya había planteado durante la campaña la necesidad de fortalecer la cooperación internacional en materia de seguridad. Ahora esa posición empieza a traducirse en decisiones concretas. Si queremos recuperar el orden y devolver la tranquilidad a los peruanos, debemos aprovechar las mejores capacidades disponibles y trabajar junto con aquellos países que poseen mayor experiencia, inteligencia y tecnología para enfrentar al crimen organizado.
Esto no significa renunciar a nuestra soberanía. Significa ejercerla inteligentemente.
A quienes critican estos acuerdos calificándolos de “injerencia” habría que recordarles una realidad elemental: el crimen organizado no respeta fronteras. Los narcotraficantes, extorsionadores, sicarios, traficantes de armas y lavadores de dinero no solicitan permiso migratorio para coordinar sus operaciones.
Si los delincuentes trabajan internacionalmente, los Estados también tienen que hacerlo.
Y deben hacerlo mejor y más rápido.
El Perú enfrenta una situación de inseguridad que exige abandonar los discursos y pasar a resultados concretos. No podemos aceptar que las extorsiones, los asesinatos por encargo, el narcotráfico y las organizaciones criminales terminen imponiendo sus propias reglas en determinadas zonas del país.
La experiencia internacional demuestra que ningún Estado puede enfrentar eficazmente estas amenazas si actúa de manera aislada.
El Salvador, con sus particularidades y con un modelo que continúa generando debate, ha mostrado hasta qué punto la seguridad puede convertirse en una prioridad nacional cuando existe decisión política. Pero cuando hablamos de grandes mafias internacionales y narcotráfico, además de voluntad política se necesita una red de cooperación igualmente grande y poderosa.
Por eso, la incorporación del Perú al “Escudo de las Américas” constituye una decisión importante.
No será, por sí sola, la solución a la inseguridad que padecemos. Ningún acuerdo internacional puede reemplazar el fortalecimiento de nuestra Policía Nacional, del Ministerio Público, del Poder Judicial, del sistema penitenciario y de los organismos de inteligencia.
Pero contar con cooperación internacional, tecnología, información, entrenamiento y capacidad operativa adicional puede marcar una enorme diferencia.
El enemigo está organizado, tiene dinero, armas, tecnología y conexiones internacionales.
El Estado tiene la obligación de estar mejor organizado que ellos.
Por eso, respaldamos la incorporación del Perú al “Escudo de las Américas”. Si esta alianza se traduce en inteligencia, operaciones coordinadas, captura de cabecillas, debilitamiento de las organizaciones criminales y reducción del narcotráfico, estaremos avanzando en el camino correcto.
La seguridad de los peruanos debe estar por encima de prejuicios ideológicos.
En esta guerra contra el crimen organizado no necesitamos discursos tibios ni medias tintas.
Necesitamos resultados.
¡A darle con todo!
Luis Miguel Iglesias.
Abogado, Ex Vice Contralor de Gestión Estratégica, Integridad y Control.
Contraloría General de la República.
