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¿Cuáles son las prioridades nacionales?

Sin duda son muchas, pero dentro de ellas debemos escoger la primera, consistente en la preservación de la integridad territorial peruana tal como hemos llegado a este del señor 2026. Veo en redes sociales muchos mapas del antiguo virreinato del Perú, que en algún momento comprendió la integridad de los dominios españoles en América con excepción de Venezuela, que luego en el curso del siglo XVIII fue paulatinamente disminuido con la creación de los virreinatos de Nueva Granada (la actual Colombia) y del Río de la Plata (actual Argentina, Paraguay y Uruguay). A lo que debemos agregar la Capitanía General de Chile e igualmente la desmembración de la Audiencia de Quito (actual Ecuador) y la de Charcas (actual Bolivia).  Esta paulatina desarticulación territorial produce la sensación que la República del Perú perdió mucho territorio si lo comparamos con su antecedente histórico, el antiguo virreinato del mismo nombre.

Esta comparación, no obstante, obedece a un grave error conceptual, la República del Perú no es la entidad sucesora del virreinato precedente en un sentido estrictamente jurídico, sino su continuidad nacional desde un punto de visto histórico, al considerar nuestra Peruanidad fundamental, como la proyección en el tiempo de su pasado. La República del Perú tal como surgió a la vida independiente el 28 de julio de 1821 tenía límites imprecisos, definitivamente no demarcados ni delimitados y esa tarea demandó 200 años aplicando dos principios fundamentales, el utipossidetis de 1810 y la libre determinación de los pueblos.

¿Cómo nos fue en esa tarea?  Hay respuestas para todos los gustos dependiendo del criterio del autor. Sin embargo, hay un hecho incontrastable, en el curso de su bicentenaria historia el Perú sufrió algunas pérdidas territoriales innegables, la más significativa en el alma nacional ocurrió en el sur con Tarapacá y Arica, compensada parcialmente con la recuperación de Tarata y Tacna, la primera por un fallo arbitral del presidente de Estados Unidos (1925) y la segunda por el Tratado de Lima suscrito por Leguía en el año 1929. En cuanto a los límites con el Brasil creo que nuestro vecino amazónico salió más beneficiado que el Perú por diversas razones, una de ellas que dominaba y domina la desembocadura de esa gran arteria fluvial en el Atlántico. Con Bolivia creo que salimos relativamente más beneficiados que nuestro vecino altiplánico. Con respecto a Colombia tuvimos una pérdida limitada en la región conocida como el “Trapecio Amazónico”, que el Perú aceptó, entre otras razones, para evitar una guerra en la década del 30 del pasado siglo XX.

En cuanto a los límites con el Ecuador, mantuvimos una prolongada disputa sobre territorios costeños y serranos pero fundamentalmente amazónicos, en los que nuestro vecino del norte pretendió, sin éxito, llegar hasta la ciudad de Iquitos al borde del río Amazonas e incluso hasta la desembocadura del Napo en la localidad de Orellana, llamada así en homenaje al descubridor de ese gran río. En esta disputa indiscutiblemente resultamos ganadores, tal como lo señaló el asesor geográfico de los Estados Unidos George Mc Bride en un informe dirigido al Departamento de Estado, para lo cual cito textualmente sus palabras: “Parecería, por tanto, que aunque el Perú consiguió la tajada del león de la disputada región en lo que se refiere a la extensión, Ecuador consiguió la parte más valiosa”. No sale perfecto sin duda (Mito y Realidad de una Fronteras – El Informe Mc Bride -, Ernesto Yepes, página 182, Lima 1996).

Con respecto a los límites marítimos, el Perú en el año 2010 los fijó con el Ecuador mediante un tratado bilateral, pero con Chile la historia resulta más complicada porque son el resultado de una sentencia emitida por la Corte Internacional de Justicia (La Haya) en el mes de enero de 2014. Esa sentencia tuvo un resultado parcialmente favorable para el Perú excepto en el trazo de la línea del paralelo de las primeras 80 millas a partir del Hito No. 1 de nuestra frontera con ese país. Salvo en ese aspecto la sentencia nos favoreció ampliamente, en la medida que reconoció como mar soberano del Perú una extensión cercana a los 50,000 km2 frente a nuestras costas así como las de Chile.

Puestas las coas así, ¿qué nos corresponde hacer? Primero preservar nuestra sagrada heredad territorial. Luego aprovecharla adecuadamente en beneficio del pueblo peruano. Todo lo cual nos lleva a determinadas observaciones. La región de Madre de Dios antes estaba muy aislada del resto del país. Recuerdo que en los años 60 del pasado siglo XX para llegar a Puerto Maldonado había que tomar un vuelo comercial, que también paraba en las localidades de Quince Mil e Iberia. Ahora sin perjuicio que se mantengan los vuelos comerciales, se puede llegar por tierra mediante una carretera asfaltada que atraviesa el río de Madre de Dios con un el magnífico puente Billinghurst, estupenda estructura (sin perjuiciio de los sobrecostos de Odebrecht) que nos lleva desde la frontera de Bolivia hasta la del Brasil. Esa carretera soporta un intenso tráfico de caminos algunos de los cuales provienen de Bolivia.

Sin embargo, en el resto de nuestra amazonía tenemos una situación muy distinta. Al margen de nuestra principal carretera de penetración que llega hasta el puerto de Pucallpa en el río Ucayali, todavía solo podemos llegar a Iquitos mediante vuelos comerciales, a menos que utilicemos las vías fluviales que aún constituyen los principales medios de comunicación en esa extensa parte del Perú. Las carreteras, así como los ferrocarriles más limitadamente, han vertebrado al Perú en nuestra costa y en la mayor parte de nuestra sierra, pero solo en una pequeña extensión de la selva. Quizás ahora con la mayor capacidad financiera del Perú, estemos en condiciones de construir vías transversales desde la llamada Carretera Marginal de la Selva, genial acierto del presidente Fernando Belaunde Terry, para llegar hasta los ríos Yavarí, Napo y Putumayo. Si eso se pudiera lograr sería extraordinario para la integración geográfica del Perú y habríamos completado la tarea histórica de culminar nuestro destino nacional.

Hay otro aspecto que también debemos tener en cuenta. El Perú es un país de una costa muy extensa de alrededor de alrededor de 3,000 km de largo. Somos, por lo tanto, un país abierto al mundo en cuanto al tráfico y la navegación marítima. La República del Perú como tarea nacional ha desarrollado sistemáticamente una cadena de puertos desde Paita hasta Ilo. Esa tarea y ese destino debe ser defendido como parte de una política de Estado. La libertad de los mares como principio fundamental consagrado en el Derecho Internacional y confirmado en la Convención del Mar es un principio que el Perú siempre debe defender. 

Sin embargo, hay un tema adicional. La costa peruana está abierta al Océano Pacífico pero no así al Caribe ni al Atlántico por encima de la línea ecuatorial. A estos dos llegamos a través del Canal de Panamá, antes de soberanía norteamericana y hoy panameña. En cuanto al Océano Atlántico en toda su extensión meridional y septentrional llegamos a través del Estrecho de Magallanes y el Cabo de Hornos, el primero de soberanía chilena. Sin perjuicio del respeto de soberanías ajenas, el Perú tiene un interés vital en la libre navegación de esos espacios marítimos. Esa política debe ser defendida siempre como una tarea nacional, indispensable para la supervivencia económica de nuestra patria.

Martín Belaunde Moreyra. 
Bachiller en Derecho y Abogado por la PUCP y Magíster en Derecho Civil y Comercial por la USMP. Abogado en ejercicio especializado en Derecho Minero e Hidrocarburos. Autor del libro “Derecho Minero y Concesión”. Ha sido Vice Decano, y Decano del Colegio de Abogados de Lima, y Presidente de la Junta de Decanos de los Colegios de Abogados del Perú y en el ámbito público: Embajador del Perú en Argentina y Congresista de la República del Perú en el período 2011-2016.

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