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Venimos a la vida para servir, no para ser dueños de ella

La reflexión de Eduardo Galeano sobre nuestra llegada al mundo puede entenderse como una invitación a preguntarnos para qué vivimos y qué sentido queremos darle a nuestro paso por la existencia. No basta con nacer, trabajar, acumular bienes y marcharnos algún día. Entre el nacimiento y la partida existe una oportunidad extraordinaria: servir, amar, sanar, enseñar y hacer el bien.

En esa misma dimensión humana cobra especial fuerza la filosofía que expresaba el doctor Juan Aita Valle, médico que atendió a numerosos pacientes y cuya frase, recordada por quienes conocieron su manera de ejercer la medicina, resumía una concepción profundamente humanista: “Yo no cobro, yo curo”.

Más que una negación del valor del trabajo profesional, esta expresión coloca a la persona enferma por encima del interés económico. El médico no veía solamente una consulta, un diagnóstico o un pago; veía a un ser humano que necesitaba ayuda. Allí aparece una enseñanza que trasciende la medicina: cuando el propósito de una profesión es servir, lo material deja de ser el centro y pasa a ser un medio.

La frase “yo no cobro, yo curo” puede incluso ayudarnos a comprender por qué transitamos por esta vida. El dinero puede comprar bienes, comodidad y oportunidades, pero no puede comprar el significado de una vida entregada al servicio. La riqueza material es temporal; la huella humana puede permanecer en la memoria de quienes recibieron nuestra ayuda.

Esto no significa despreciar el dinero ni desconocer la legítima remuneración por el trabajo. Significa no permitir que lo material determine completamente nuestro valor. Una sociedad sana necesita profesionales justamente reconocidos, pero también necesita recordar que la ética, la vocación y la humanidad no tienen precio.

Galeano nos lleva a preguntarnos por el sentido de existir; la filosofía del doctor Juan Aita Valle nos aproxima a una respuesta concreta: hacer de nuestra profesión y de nuestras capacidades una herramienta para aliviar el sufrimiento de otros.

Al final del camino, muchas cosas materiales que hoy parecen enormes perderán importancia. Lo que permanecerá será la forma en que tratamos a las personas, las vidas que ayudamos, las enseñanzas que dejamos y el bien que fuimos capaces de realizar.

Venimos al mundo sin bienes y nos vamos sin ellos. Entre ambos momentos está nuestra verdadera responsabilidad: decidir qué hacemos con nuestras capacidades, nuestro tiempo y nuestra vida.

La frase “yo no cobro, yo curo” sintetiza una filosofía poderosa: el ser humano puede trabajar por dinero, pero no debería vivir únicamente para el dinero. La verdadera riqueza está también en servir, sanar, acompañar y dejar una huella de humanidad.

Porque quizá esa sea la pregunta fundamental de nuestra existencia: no cuánto tuvimos al pasar por este mundo, sino cuánto bien fuimos capaces de hacer mientras estuvimos en él. Con responsabilidad y respeto, Rafael Aita Campodónico

Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000. Congresista de la República para el período 2001-2006 por el distrito electoral de Lambayeque.

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