Los últimos procesos electorales han dejado al peruano muy sensible y en consecuencia, no descarta que las elecciones – ejercicio que las instituciones electorales nos quieren convencer son sacrosantos – puedan ser manipuladas. Eso del derecho del ciudadano a expresar su voto libremente, empieza a ser puesto en duda por la suspicacia de que el propio sistema electoral es proclive al manejo de sus instituciones por funcionarios corruptos o ideologizados. Lo importante no son las elecciones sino, ganar el poder.
Si el afán de todo político es hacerse del poder, en estos tiempos donde abundan los “políticos” oportunistas y carentes de una sólida formación moral, fácilmente subordinan sus valores al fin prioritario de alcanzar el poder a como dé lugar y, los burócratas, a cargo de tales sacrosantas instituciones son vulnerables.
Nuestras recientes primera y segunda vuelta electorales, y las últimas municipales, de las que increíblemente, aún no sabemos los resultados oficiales, alimentan esas suspicacias.
Pero esto que nos pasa a nosotros, no es exclusivo nuestro. Si nos miramos en el espejo electoral de otros países, tal suspicacia aumenta y encuentra asidero y lógica.
En medio de nuestro propio proceso electoral para elecciones presidenciales, se nos recordó, por comparación, la estrategia de la tortuga Morrocoy usada ampliamente durante el régimen de Nicolás Maduro. Táctica de ingeniería y manipulación electoral, no para cambiar groseramente las boletas físicamente, sino para ralentizar el proceso y asî lograr desmovilizar a los electores. Retrasar la apertura de las mesas, provocar fallas técnicas en las computadoras etc. Todo lo que curiosamente, también ocurrió aquí.
El retraso actual en proclamar los resultados oficiales sobre las elecciones municipales no ayuda en suprimir suspicacias.
Pero al mirarnos en otros espejos en donde se están produciendo elecciones, los peruanos más despiertos podrán concluir que -con excepciones por supuesto – esto de las elecciones poco tiene ya que ver con “el derecho de los votantes de elegir libremente a sus gobernantes” y sí más con instituciones o actores dentro de ellas, que maquinan fórmulas para sin violar la ley, orientar, apoyar y colocar (o mantener) en el poder a candidatos de su preferencia o tendencia ideológica. Actúan sin remordimiento convencidos de que hacen lo correcto o en todo caso, lo disimulan académicamente y con cinismo descarado.
Otro espejo es la reciente elección de Lula. Estando por debajo de Bolsonaro en la tendencia del voto, sorpresivamente termina ganando luego que un juez, afín a Lula, miembro del Supremo Tribunal Federal, dictara una medida cautelar prorrogando por dos horas más la jornada electoral. Extraño, muy extraño.
Más al norte, en el presente proceso electoral (Midterm) en Estados Unidos, podemos vernos reflejados en otro espejo. Es decir, no son fraudes abiertos, ya que no violan abiertamente la ley. Pero generan sospechas de que en el fondo los electores somos presa fácil de manipulación.
En el Estado de Alaska, se ha destapado lo que se ha venido en llamar el “Alaska Decoy” (candidato señuelo de Alaska). Al parecer, los partidarios de la candidata demócrata, Mary Peltola, para bajar y dividir los votos de su adversario republicano, Dan S. Sullivan, financiaron la campaña de un tercer candidato, independiente, de nombre casi idéntico, Daniel J. Sullivan Jr, un maestro jubilado. Las elecciones en Alaska se realizarán el 3 de noviembre, pero ya se habla de fraude.
Hablando de valores supremos, el filósofo Kant dijo que todo tiene un precio o una dignidad. Lo que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente, en cambio, hay algo que está por encima de todo precio, y por tanto no admite nada equivalente. Eso se llama dignidad. ¿Tiene dignidad nuestro sistema electoral?
Peter Sanguineti. General en Brokergym Peru. Graduado como Economista en la Universidad Nacional Agraria La Molina.
