Cuatro décadas de experiencia, transformación tecnológica y conocimiento del cliente. El desafío de convertir la eficiencia institucional en mejores condiciones de crédito y creación de valor.
Por César Augusto Novoa Chávez
Economista | MBA ESAN | Finanzas corporativas, transformación empresarial, investigador y docente de posgrado
Hace más de cuarenta años, las microfinanzas comenzaron a transformar el acceso al crédito en América Latina. Su mayor innovación no fue financiera ni tecnológica: fue demostrar que millones de emprendedores, tradicionalmente excluidos de la banca, podían ser sujetos de crédito cuando existían metodologías capaces de comprender sus negocios, sus ingresos y su comportamiento económico.
Aquella transformación merece reconocimiento. Sin embargo, cuatro décadas después, la industria enfrenta una paradoja que exige una reflexión profunda: conocemos cada vez mejor al emprendedor, acumulamos una experiencia extraordinaria y disponemos de tecnologías antes inimaginables. ¿Por qué continúa siendo tan costoso financiarlo?
La pregunta trasciende al Perú. Interpela a las microfinanzas latinoamericanas y a otros mercados emergentes, donde el financiamiento productivo de pequeña escala continúa enfrentando importantes desafíos de costo, eficiencia y accesibilidad.
No se trata de desconocer que un microcrédito presenta riesgos y costos distintos a los de un crédito corporativo. Se trata de determinar cuánto de esa diferencia responde a condiciones económicas inevitables y cuánto revela oportunidades de eficiencia todavía no aprovechadas.
Porque una cosa es que el emprendedor represente un mayor riesgo crediticio; otra, muy distinta, es que deba absorber permanentemente las ineficiencias del modelo que lo financia.
La revolución tecnológica y la paradoja de la eficiencia
En cuatro décadas, la industria ha incorporado centrales de riesgo, modelos estadísticos, sistemas de calificación crediticia, automatización, biometría, canales digitales, analítica avanzada e inteligencia artificial.
Hoy es posible procesar información con mayor velocidad, evaluar comportamientos con mayor precisión y reducir numerosas tareas manuales.
Pero surge una pregunta esencial: ¿cuánto ha disminuido realmente el costo de originar, administrar y recuperar cada crédito?
La transformación digital no puede evaluarse exclusivamente por la cantidad de tecnologías incorporadas, los procesos automatizados o los reconocimientos institucionales obtenidos.
Una entidad puede modernizar sus plataformas y mantener prácticamente intactas sus estructuras administrativas, comerciales y operativas. Incluso puede terminar financiando simultáneamente dos arquitecturas: la tradicional y la digital.
En esas condiciones, la tecnología mejora capacidades, pero no necesariamente reduce los costos totales.
Esta discusión tiene antecedentes relevantes. En 2010, una investigación del Banco Interamericano de Desarrollo examinó los determinantes de las tasas microfinancieras en América Latina y destacó el papel de la competencia, la eficiencia operativa y el aprendizaje institucional.
Dieciséis años después, corresponde preguntarnos qué resultados concretos produjo ese aprendizaje.
Una investigación de Giovanna Aguilar y Jhonatan Portilla, publicada por la Pontificia Universidad Católica del Perú en 2025, encontró que la productividad promedio de las instituciones microfinancieras peruanas reguladas permaneció relativamente constante entre 2004 y 2021. Asimismo, identificó que mayores niveles de productividad se relacionaban significativamente con menores costos operativos.
La evidencia no permite generalizar conclusiones a todas las instituciones ni demostrar por sí sola cómo evolucionaron las tasas. Pero sí refuerza una cuestión fundamental: innovar no equivale necesariamente a ser más productivo, y ser más productivo tampoco garantiza que el cliente pague menos.
El emprendedor conocido que continúa pagando por ser conocido
Aquí aparece la dimensión más profunda de nuestra paradoja.
Las microfinanzas construyeron su ventaja competitiva sobre el conocimiento del cliente. Durante años desarrollaron metodologías para visitar negocios, comprender actividades económicas, reconstruir ingresos, evaluar capacidad de pago y establecer relaciones financieras duraderas.
Ese conocimiento fue precisamente lo que permitió financiar a quienes antes permanecían excluidos.
Hoy existen emprendedores con diez, quince o veinte años de relación crediticia, múltiples operaciones canceladas e historiales de comportamiento ampliamente documentados.
¿Cuánto debería costar evaluar nuevamente a un emprendedor cuya trayectoria conocemos desde hace años?
Un buen historial no elimina el riesgo. Los negocios enfrentan cambios de mercado, problemas de liquidez, sobreendeudamiento y contingencias que requieren una evaluación permanente.
Pero existe una diferencia entre actualizar el riesgo de un cliente conocido y volver a asumir los costos propios de evaluar a alguien sobre quien no tenemos información.
Si el conocimiento acumulado reduce incertidumbre, mejora la segmentación y facilita decisiones, debería generar beneficios económicos verificables.
Y aquí surge una segunda pregunta: ¿esos beneficios están mejorando las condiciones financieras del emprendedor o se concentran principalmente en la productividad y rentabilidad de la institución?
El conocimiento del cliente constituye uno de los activos estratégicos más valiosos de las microfinanzas, aunque no necesariamente sea un activo reconocible contablemente.
Su verdadero valor debería expresarse en mejores decisiones, menores costos evitables, una gestión más precisa del riesgo y productos financieros adaptados a la evolución de cada negocio.
Conocer mejor al emprendedor debería permitir financiarlo mejor. De lo contrario, necesitamos revisar cómo estamos convirtiendo información en valor.
La eficiencia que se genera y la eficiencia que se transfiere
Durante décadas, las tasas microfinancieras se han explicado mediante el costo del fondeo, las pérdidas crediticias esperadas, los gastos operativos, los requerimientos de capital y la rentabilidad necesaria para sostener las operaciones.
Todos son componentes relevantes.
Sin embargo, la experiencia acumulada obliga a incorporar otra dimensión: ¿quién captura los beneficios de la eficiencia?
Cuando una institución reduce sus costos, puede destinar los recursos liberados a fortalecer su patrimonio, ampliar cobertura, absorber riesgos, financiar inversiones o incrementar su rentabilidad.
Son decisiones que pueden ser legítimas.
Pero si la inclusión financiera constituye parte esencial de su propósito institucional, también debería existir una estrategia explícita para trasladar mejoras sostenibles de productividad a las condiciones ofrecidas al cliente.
No propongo controles artificiales de tasas que comprometan la sostenibilidad financiera o terminen excluyendo a prestatarios más vulnerables.
Propongo transparencia económica y responsabilidad estratégica.
Necesitamos distinguir entre el costo de fondear, el riesgo de prestar, el costo eficiente de operar y el margen económico de cada segmento.
Solo así podremos identificar qué parte del precio del microcrédito responde a riesgos justificables y qué parte puede optimizarse mediante mejores decisiones.
La competencia también resulta decisiva. Una entidad puede reducir sus costos sin trasladar automáticamente ese ahorro a las tasas cuando enfrenta escasa presión competitiva o cuando sus clientes tienen dificultades para acceder a alternativas.
La eficiencia institucional es necesaria. Su transferencia al emprendedor depende también de los incentivos, la competencia y las decisiones de gobierno corporativo.
¿Estamos reconociendo los resultados correctos?
La industria organiza congresos internacionales, seminarios y encuentros especializados. Reconoce avances en transformación digital, sostenibilidad, gestión del talento, innovación y desempeño institucional.
Son iniciativas valiosas que contribuyen al desarrollo del sector.
Pero necesitamos formular una pregunta diferente: ¿qué lugar ocupa el beneficio económico del emprendedor entre los resultados que celebramos?
¿Cuántos reconocimientos consideran la reducción sostenible del costo efectivo del crédito para clientes comparables?
¿Cuántos destacan la incorporación de emprendedores previamente excluidos, la ampliación responsable de la cobertura rural o la mejora verificable de los negocios financiados?
¿Cuántos encuentros presentan resultados medibles de productividad, reducción de costos operativos y transferencia de eficiencia al prestatario?
Una industria puede celebrar sus avances institucionales sin haber demostrado todavía cuánto de esos avances se refleja en mejores condiciones para sus clientes.
No necesitamos menos congresos, menos innovación ni menos cooperación.
Necesitamos que cada transformación anunciada pueda vincularse con resultados económicos verificables.
Porque una institución no es necesariamente más inclusiva por colocar más créditos, ni más eficiente por incorporar más tecnología.
La inclusión exige evaluar acceso efectivo, calidad del financiamiento, sostenibilidad del endeudamiento y oportunidades reales de desarrollo empresarial.
Una nueva agenda para las microfinanzas
El siguiente salto de la industria requiere evolucionar desde la medición de capacidades institucionales hacia la evaluación integral de creación de valor.
Propongo cinco prioridades: medir el costo operativo unitario por segmento; reconocer el valor económico del conocimiento acumulado del cliente; evaluar la transferencia de productividad hacia precios competitivos ajustados por riesgo; fortalecer la inclusión territorial y rural; y medir la contribución del financiamiento a la sostenibilidad económica del emprendimiento.
Estos resultados deberían incorporarse a la estrategia, los presupuestos, los indicadores de desempeño y los mecanismos de rendición de cuentas ante los directorios.
La rentabilidad, la solvencia y la calidad de cartera seguirán siendo condiciones indispensables. Pero no deberían constituir las únicas dimensiones del éxito.
El desafío consiste en desarrollar instituciones financieramente sostenibles, operativamente eficientes y capaces de demostrar beneficios tangibles para sus clientes.
La transformación que todavía tenemos pendiente
Las microfinanzas consiguieron algo extraordinario: demostrar que el emprendedor tradicionalmente desconocido podía ser financiado.
Ese fue su gran aporte histórico.
La siguiente transformación debería demostrar que el emprendedor, ahora conocido, puede acceder progresivamente a mejores condiciones gracias a la experiencia, la información y la eficiencia acumuladas.
Después de cuarenta años, no basta con afirmar que conocemos mejor al cliente. Debemos demostrar cuánto ha disminuido el costo de conocerlo, cuánto ha mejorado nuestra capacidad de evaluar sus riesgos y qué beneficios concretos recibe de ese aprendizaje.
Tampoco basta con celebrar la revolución tecnológica. Su verdadera contribución debe reflejarse en productividad, competitividad y creación de valor.
Porque, finalmente, la gran paradoja de las microfinanzas no es que el emprendedor continúe siendo riesgoso; es que, después de décadas de conocimiento y transformación, todavía debamos preguntarnos por qué sigue siendo tan costoso financiarlo.
La industria ya demostró que sabe incluir.
Ahora tiene el desafío de demostrar que también puede financiar mejor.
Reseña bibliográfica
- Ekka, R. K., Wenner, M. D. y Campion, A. (2010). Las tasas de interés y sus repercusiones en las microfinanzas en América Latina y el Caribe. Banco Interamericano de Desarrollo. DOI: 10.18235/0012207.
- Aguilar, G. y Portilla, J. (2025). Productividad y costos operativos en las instituciones microfinancieras peruanas reguladas. Documento de Trabajo n.º 545. Departamento de Economía, Pontificia Universidad Católica del Perú. DOI: 10.18800/2079-8474.0545.
César Augusto Novoa Chávez
Economista y MBA por ESAN, con formación internacional en ESADE Business School y exbecario del Banco Central de Reserva del Perú. Ejecutivo y asesor estratégico con más de 30 años en servicios financieros y dirección empresarial. CEO de NOZA Investment Company, especializado en finanzas corporativas, fondos y vehículos de inversión, riesgos y transformación empresarial. Docente de posgrado y autor de cuatro libros. Integra visión global, criterio financiero y capacidad de ejecución para impulsar competitividad, gobierno corporativo y creación sostenible de valor.
