En tiempos en los que una de las destrezas más urgentes y, a la vez, más escasas, es la capacidad de discernir entre verdades, falsedades y ambigüedades, propongo como tema recurrente de esta columna la mentira y la delgada línea que la separa de la opinión. Su objeto será la política estadounidense, cuyo caudillismo y polarización reverbera con las de América Latina, que nos es relevante no sólo por su influencia en la actualidad mundial, sino como espejo diferido de las decisiones que podemos tomar en el Perú.
A diferencia de la multiplicidad proliferante de partidos peruanos, los Estados Unidos son un duopolio político conformado por el conservador partido Republicano y el liberal partido Demócrata, constantemente en pugna por el control de los poderes gubernamentales. La ausencia de partidos intermedios genera un binomio falaz, en donde el electorado acaba eligiendo uno de dos bandos más por un efecto de polarización que por afinidad ideológica. Así vemos cómo, por ejemplo, el conservadurismo republicano apela al apoyo del evangelismo y de los defensores de la posesión de armas de fuego ―ama a tu prójimo, pero estate listo para dispararle―, y el liberalismo demócrata al de Silicon Valley y el socialismo ―hazte rico, pero deja que el estado te regule―.
Esto conduce a inconsistencias flagrantes, como ver a evangélicos republicanos haciendo caso omiso de las infidelidades del actual presidente, Donald Trump, cuando hace tres presidencias, apoyaron la censura (impeachment) al presidente demócrata Bill Clinton por sus indiscreciones sexuales. Si es que tan solo en este sentido, los testimonios de los senadores republicanos y demócratas a favor y en contra del impeachment de Clinton en 1998 son intercambiables con los que atraviesa hoy Trump. Ello no obstante, en vez de que este reverso invite a la reflexión y empatía entre partidos, queda supeditado por el interés en defender sus intereses a toda costa; deseo cortoplacista que es viable, para ambos partidos, gracias a aquella falsa dicotomía política y a la consecuente polarización de la población.
En 2016, tras la campaña electoral de Trump, el Oxford Dictionary elige como su palabra del año post-truth (posverdad), que denota la preferencia pública de guiarse por emociones por sobre hechos objetivos. A inicios de 2017, Kellyanne Conway, consejera presidencial y exjefa de campaña de Trump, defendió la mentira de haber tenido la inauguración presidencial más concurrida de la historia llamándola un alternative fact (hecho alterno), término premonitorio de la ligereza con la que se trataría a la verdad durante esta presidencia.
Hacia el fin de su mandato, el juicio de censura que enfrenta Trump, acusado de haber incitado al gobierno ucraniano a socavar a su principal rival político, Joe Biden, no ha cambiado significativamente la opinión pública, según las encuestas del Washington Post (diciembre, 2018): el apoyo se mantuvo en 46%, con sólo una pequeña caída del 47% al 43% de parte de sus detractores. La mayoría de la población ya se había decidido previo proceso, sin que los múltiples y lapidarios testimonios televisados tuviesen mayor influencia en sus opiniones.
El mismo Washington Post es conocido por haber promovido una columna de verificación de datos durante la campaña presidencial de 2008 mediante un sistema de verificación de “pinochos” que va del 1 al 4 según la imprecisión del enunciado. En diciembre de 2018, deciden agregar una categoría adicional ―el bottomless pinocchio (pinocho sin fondo)― para contabilizar las mentiras flagrantes y reincidentes que aportan activamente a la desinformación. El presidente Trump cuenta a la fecha con 30 pinochos sin fondo, con un promedio acumulado de 32 mentiras diarias desde el inicio de su presidencia.
Comparemos por un instante la indignación que generan algunas de las mentiras más sonadas de la política peruana reciente ―la relación de Kuczynski con Odebrecht, el significado de las siglas “AG” en los registros de la misma, la autoría de las agendas de Nadine Heredia, la paternidad de Zaraí Toledo― con la normalización e institucionalización de la mentira como medio de difusión ideológico en los Estados Unidos, donde “hechos alternos” bastan para fundamentar opiniones radicales. Que este fenómeno tan obvio y de consecuencias tan corrosivas nos sirva de faro para advertirnos de su propagación en América Latina.
Aunque la ideologización por desinformación no está criminalizada, es un leviatán contemporáneo creado por la acumulación de ambiciones personales e ignorancia popular, capaz de socavar hasta a la más poderosa de las naciones.
Alonso Toledo Devoto.
Arquitecto e investigador. Fundador de la firma de consultoría Diacrítica. Ha liderado proyectos de alto nivel como consultor de diseño y planificación para corporaciones internacionales y agencias gubernamentales. Fue ganador del premio Rafael Marquina y Bueno a la investigación, el primer representante del Perú en Archiprix y columnista de diseño para «Etiqueta negra». Actualmente es candidato del programa de posgrado en Diseño de Ciudades de SCI-Arc, en Los Ángeles.


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