Alonso Toledo Opinión

La depreciación de la palabra en la política

El adagio la palabra de uno vale oro invoca la virtud de mantener nuestras promesas, a la vez que implica una analogía más interesante: que nuestra palabra, al igual que un metal precioso, tiene un precio, y que éste pierde valor comercial según su grado de contaminación.

Bajo este supuesto fantástico, ¿podríamos postular que un requisito sine qua non para un político sería que su palabra cuente con una constancia de quilataje mínimo? Después de todo, una pancarta proclamando “Honestidad que hace la diferencia” (para ironizar sobre la campaña de Ollanta Humala en 2011) palidecería ante un sello de 24 quilates certificando la pureza de la palabra de un rival político. Lo fantástico de este ejercicio mental no está en racionalizar la métrica, sino en presumir que la honestidad, lucidez, coherencia, transparencia─ en fin, todas las beatitudes de una palabra valiosa─ le sean de virtud indispensable a la política en primer lugar. Después de todo, por cada socrático que presuma de ser un rey filósofo, habrá un maquiavélico o hobbesiano para señalar que el rol del gobernante no es ser un modelo para la  moral, sino un órgano de control obligatorio para la preservación del bien común.

Siguiendo con el tema recurrente de esta columna sobre el papel que juegan la mentira y la desinformación en la política estadounidense, tomada como espejo amplificador de los fenómenos políticos en el Perú, recordemos el rol de la verdad en los tres procesos de censura (impeachment) atravesados por presidentes de los Estados Unidos. El caso de Richard Nixon (1973-4) es quizás el más flagrante: tras el encubrimiento fallido de la irrupción en las oficinas del partido rival demócrata (Watergate) y la consecuente obstrucción de la verdad al rehusarse a entregar la evidencia clave para el caso, Nixon pierde el apoyo de su partido y renuncia a la presidencia ante la imposibilidad de seguir negando lo innegable. Sus declaración televisada “I am not a crook” (“No soy un bandido”) quedan entre las citas emblemáticas de la cultura popular americana.

Un cuarto de siglo después (1998), Bill Clinton enfrenta el mismo proceso por haber mentido bajo juramento al negar su affair con una pasante en la Casa Blanca. “I did not have sex with that woman” (“No tuve sexo con esa mujer”), se convirtió en la cita célebre de Clinton; aunque, a diferencia de Nixon, no condujo a su caída. Por el contrario, el juicio de impeachment a cargo del Senado derogó las acusaciones en su contra al invocar, entre otras cosas, la inconsecuencia de esta mentira, granjeándole no sólo el apoyo de su partido sino el de 5 a 10 senadores de la oposición que coincidían con esta supuesta desproporcionalidad.

Casi otro cuarto de siglo después (2020), Donald Trump es sometido al mismo proceso, acusado de abusar del poder de la presidencia para obtener un beneficio personal durante una llamada oficial al gobierno ucraniano en el que incitó el desprestigio de su rival político, Joe Biden, a cambio de la liberación de casi $400 millones de asistencia. Múltiples testigos y transcripciones ponen en evidencia la veracidad de la acusación; refutada por Trump no con evidencia contraria, testimonios, o argucias jurídicas, sino con la mera afirmación: “It was a perfect call.” (“Fue una llamada perfecta”). Esto bastó para que todo el partido republicano ─con la singular excepción de Mitt Romney─ lo blindase en su juicio ante el Senado, bloqueando incluso la incorporación de testigos al proceso. En su enunciado final, en vez de celebrar el triunfo legítimo de (su) verdad, el senador republicano Mitch McConnell aplaude la derrota de lo que describe como un berrinche de sus opositores demócratas.

Esta degeneración del rol y la importancia de la verdad en cada iteración cíclica del mismo proceso ─desde el ocultamiento (Nixon) hasta la negación (Clinton), pasando a la total irrelevancia (Trump)─ es una señal alarmante del grado de contaminación y consecuente depreciación de la palabra que invoqué al inicio de esta columna, Antes que resignarnos a vivir en tiempos de devaluación de la verdad, empero, tendríamos que reflexionar sobre el surgimiento de una posible economía alterna en que la palabra-que-vale-oro ya no tenga un valor comercial capaz de conducir elecciones o debates políticos. Independientemente de su idoneidad moral y ética, la asimilación de este fenómeno nos puede permitir un mejor entendimiento del tablero de juego político y de las transacciones que se libran sobre él.

Alonso Toledo Devoto.
Arquitecto e investigador. Fundador de la firma de consultoría Diacrítica. Ha liderado proyectos de alto nivel como consultor de diseño y planificación para corporaciones internacionales y agencias gubernamentales. Fue ganador del premio Rafael Marquina y Bueno a la investigación, el primer representante del Perú en Archiprix y columnista de diseño para «Etiqueta negra». Actualmente es candidato del programa de posgrado en Diseño de Ciudades de SCI-Arc, en Los Ángeles.

0 comments on “La depreciación de la palabra en la política

Deja un comentario

Discover more from Vox Populi Empresarial

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading