La violencia contra la mujer es uno de los principales problemas de salud pública y de violación de los derechos humanos en el Perú. En el 2018, el número de feminicidios fue de 149, el índice más alto desde el 2009. En el 2019 se rompieron nuevamente records de cifras de feminicidio al registrarse 165 casos. Pero el feminicidio no es la única forma de violencia contra la mujer. Según los estudios del INEI, en el 2016, 68,2% de mujeres entre 15 y 49 años ha sufrido alguna forma de violencia física, psicológica o sexual en algún momento de su vida por parte de su actual o última pareja.
Como se sabe este es un problema que tiene que ver con cómo se ha instalado el sistema patriarcal en nuestra sociedad. En definitiva, es un problema social y cultural. Pero ¿cómo podríamos cambiar esta situación social? Está demostrado que los medios de comunicación son de gran ayuda. Sin embargo, encontramos que, a pesar de los sucesivos reportajes sobre esta problemática, la violencia contra la mujer no ha disminuido. Debemos preguntarnos si los medios están presentando de manera adecuada las noticias y los sucesos de este tipo de violencia, y si a través de su contenido en algunas ocasiones están motivando en ciertas personas no una identificación y empatía con la víctima sino con el victimario.
En, Media Representations of Violence against Woman and their Children: State of Knowledge Paper (2015) se hace un resumen sobre cómo se debe representar la violencia contra la mujer en los medios masivos de comunicación. Analicemos algunas de estas recomendaciones aplicándolas a nuestra realidad.
En primer lugar, se debe evitar culpar a la víctima. Hemos visto a través de muchos reportajes periodísticos cómo directa o sutilmente se culpa a la victima de la violencia. Muchas veces, se menciona que ella realizó alguna acción que fue el detonante de la violencia. Por ejemplo, en los reportajes de un caso emblemático en el Perú, se dice que ella confundió el nombre de su pareja con el de su exenamorado, y que por esta causa él se enfureció y la arrastro por el suelo jalándola de los cabellos. Asimismo, en algunas ocasiones se le adjudica a la mujer ciertos estereotipos tratando de crear la representación de que “no es una mujer que merece ser tratada con respeto y cuidado”. Por ejemplo, hemos podido observar que en algunos reportajes se menciona que la víctima era una mujer “interesada” o que era “anfitriona” y “le gustaba mostrar su cuerpo”. En los reportajes, no se cuestionan estas representaciones, por lo tanto, podrían estar ocasionando que un potencial victimario de alguna otra mujer se identifique con las acciones del perpetrador y se sienta empoderado a actuar de la misma manera. La apariencia y vida que haya llevado la víctima es irrelevante y no debe ser un factor que justifique la violencia.
En segundo lugar, se debe evitar el sensacionalismo. La empatía y dignidad de la víctima deben ser una prioridad. Vemos continuamente en los reportajes que se repiten una y otra vez las acciones violentas o las consecuencias de estas acciones. Por ejemplo, en un solo reportaje podemos ver seis o siete veces cómo la pareja arrastra por los cabellos a una mujer, o podemos ver repetidas veces los moretones y heridas que su pareja le dejó. También vemos el sufrimiento descarnado de la víctima. Un potencial victimario de alguna otra mujer podría encontrar goce en este sufrimiento y, por lo tanto, alentarlo a actuar de la misma manera. Se debe más bien incluir entrevistas a expertos que puedan analizar la situación a profundidad, así como también se debe proveer información sobre dónde encontrar ayuda en caso de que alguna espectadora se encuentre en situación similar.
El periodista debe ser consciente que a través de su reportaje está construyendo una narración, una historia que tiene que ver con la realidad, y que a través de esta historia está construyendo una representación de la victima y el victimario. Esta representación puede reflejar, sin que se dé cuenta, una serie de estereotipos que están enraizadas en nuestra cultura, y que, en vez de cuestionar la situación existente, la perpetúa.
María Inés Quevedo Stuva
Es bachiller en Ciencias de la Comunicación (Universidad de Lima) y Antropología (Pontificia Universidad Católica del Perú), tiene estudios en Filosofía (Pontificia Universidad Católica del Perú) y magister en Antropología (Pontificia Universidad Católica del Perú). Es profesora de Análisis del Discurso Periodístico en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).


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