El final que nadie quiere predecir
En medio de la porquería que nos abruma -no solo los casos de corrupción, sino la tendencia oligofrénica de nuestra clase política a tirarlo todo por la borda- uno pega de saltos ante esta convivencia con el bicho maldito, que ya lleva un buen tiempo y que parece festejará, con felicidad. su primer aniversario con nosotros. Arropados con ese orgullo de ser la raza humana (y sus asombrosos logros), apareció y nos tiró abajo, en el primer round, de una forma criminal, y luego nos sigue dando con todo, como para que no nos levantemos nunca más, mismo peleador de la UFC cuando tiene el rival caído a su merced. Ahora un nuevo cartel luminoso aparece en medio de la autopista, anunciando que esa resiliencia de la que queremos ufanarnos, eso de adaptarnos a una nueva normalidad -estadio que podríamos definir también como una buena mierda, con mucho respeto- es más bien un espejismo en una ruta que se mantiene aún en la total incertidumbre, y en la que andamos con mascarillas que queremos usar hasta para vomitar. Porque esa sensación que todo está pasando, y que la vacuna está a la vuelta de la esquina, no es sino un eufemismo que queremos esculpir como real. Mientras tanto, mantenemos también en la quietud (y ciertamente atados a ese eufemismo) nuestros sentimientos más profundos -que si pudiesen liberarse- saldrían a incendiar todo aquello que nos reprime el alma. Y yo solo describo algunas sensaciones internas, y no es que esté deprimido, ni tampoco que sea fatalista, aunque quizá me divierto de alguna manera (catarsis incluida) escribiendo algunas cosas que de pronto a nadie interesa. Pero créanme, este bicho maldito está resultando más maldito de lo que pensábamos. Ahora Europa espera una segunda gran ola, ya se la ve desde sus costas, y empieza a poner controles nuevamente, aunque no con la rigidez mental y el deseo represivo que exhalan gobierno y parte de la ciudadanía en este nuestro país. Mientras el bicho se comienza a agigantar nuevamente, las vacunas siguen tropezando entre sus propios avances, y es casi un absurdo pensar que estarán en nuestros cuerpos en los próximos meses (¿años?). Los científicos comienzan hablar de reinfección cada vez más (es decir, las vacunas en un escenario de relativismo absoluto). Parte de la gente se divierte jugando con la muerte -por su irresponsabilidad- y otra se pone el quepí con más firmeza que los propios militares, y si fueran capaces, cerrarían hasta el propio cielo. Así están las cosas con el bicho maldito, que sigue recorriendo y divirtiéndose con nuestra muerte y enfermedad, y también burlándose de nuestros temores y angustias, por encima de la razón y la equidad. Y si en agosto ya estábamos hartos y podridos con la nueva realidad, ahora entramos en modo “viene la niebla nuevamente”, y no podemos ver más allá de la Navidad. Sabio el vigilante nocturno de mi barrio al decirme: “Lo único que sé es que me aseguraré un pavo grande, y para el año nuevo las cervezas que me pida el alma”. Enero parece traernos un año en el que no se disipará la densidad del aire, al menos en los primeros meses del 2021, y si nos prohíben las playas -como parece ser la tendencia en la parte dura del gobierno- tendremos que tirar la toalla en los arenales y refrescarnos en nuestro propio sudor. Salvo aquellos que tienen la opción de playas privadas; pero a los pobres, que se los devore el infierno. Porque si algo ha demostrado el bicho maldito es su perfecta transversalidad para sacar a luz, y enfatizar, la extrema desigualdad y marginación que hemos vivido por siempre en nuestro querido Perú.


0 comments on “Serie bicho maldito”