Johan Leuridan Opinión

La desintegración del tejido social

Debemos agradecer a la modernidad por haber roto con un pasado donde un rey o emperador era propietario de los bienes, del pensamiento, de la planificación y de la organización; donde el matrimonio de la hija cambiaba las fronteras, donde la esclavitud era normal. Por medio de la ciencia y el liberalismo, posteriormente por medio del socialismo y de la tecnología, se cambiaron profundamente las condiciones materiales del ser humano. Vemos la diferencia con la India, donde los pobres consideran normal su situación dolorosa. El dolor no los llama a reclamar por una vida mejor porque están convencidos que pertenecen a una casta cuyo destino es la pobreza.   

Sin embargo, se ha producido una sociedad donde los valores económicos prevalecen sobre la política y la ética. Por la visión materialista tenemos el individualismo o la lucha de clases.

Se rompen las relaciones entre las autoridades y el pueblo. El pueblo ya no se siente partícipe. El individualismo de la posmodernidad ha traído mucha libertad de elección. Esto acarrea incertidumbre, indiferencia y falta de respeto. El pueblo se vuelve indiferente. Esta situación está llevando muchos jóvenes a las drogas y al alcohol como podemos comprobar en los colegios y en las universidades. La indiferencia es el camino más corto a la dictadura. El marxismo-leninismo elimina la moral porque se enseña la lucha de clases por medio del odio. Todos los medios valen en función del éxito de la lucha de clases. Los hombres que odian, matan, mienten etc. están en la verdad. El único interés es conseguir el poder dictatorial.  Las opiniones o decisiones del pueblo no juegan ningún papel.

Nietzsche declara quimeras de las vidas fracasadas y mediocres a la ideología, democracia, socialismo, emancipación, igualdad, progreso, emancipación etc. Todos los ideales o valores, de derecha o de izquierda, tienen una estructura teológica, es decir, buscan algo superior a la vida. La antigüedad creía en Dios y la Modernidad creía en la razón. Sin embargo, la razón es solo el reflejo de intereses. Nietzsche ha definido la nueva cultura. Los valores ya no existen. No hay diferencia entre el bien y el mal. Nietzsche es uno de los primeros que señala con claridad que la desaparición de Dios significa también el fin de la moral. La revolución estudiantil de 1968 en Paris pretendía un cambio político -económico-cultural. Se querría vivir “por encima del bien y del mal” como decía Nietzsche. La moda era la amoralidad. Moda asumida en el mundo occidental. La crítica nihilista deslegitimó las costumbres, normas y creencias y derribó el principio de autoridad, de la familia, de la religión, de la política etc. Las ideologías se desentienden de una libertad con responsabilidad en mayor o menor grado en la vida política-económica y de esta manera también justifican el libertinaje en su vida privada.

Las instituciones, los partidos políticos, las ideologías, las instituciones del Estado y ni siquiera la sociedad civil ofrecen un ambiente donde se encuentra los verdaderos lazos para unir a las personas. El sociólogo Ralf Dahrendorf los declara vaciados de principios. Son como estructuras funcionales de vidrio y hormigón en las que no es fácil encontrar un sitio acogedor. No ofrecen un sentimiento de pertenencia moral. Faltan ligaduras más profundas entre las personas.

Amin Maalouf afirma que la desaparición de la brújula ética contribuye para la humanidad entera a la desintegración del tejido social.

Johan Leuridan Huys
Licenciado en Sagrada Teología de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima y Doctor en Teología de la Pontificia Universidad Urbanianna del Vaticano. Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, Turismo y Psicología de la Universidad de San Martín de Porres.

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