Esta expresión era muy usada en los ochenta cuando uno estaba en un microbus y el cobrador, que solía tener medio cuerpo fuera, te daba indicaciones para que bajes ‘a la carrera’, y no te vayas a caer en el intento. El mensaje era ‘no vamos a parar… solo sobreparar… así que con cuidado por favor que ¡no tenemos tiempo!’.
Es una manifestación de lo que criollamente hemos llamado ‘cultura combi’, que no es otra cosa más ‘sacarle la vuelta’ a las cosas, ‘romper el orden establecido… pero con ciertos límites’, causando cierta hilaridad , sobre todo cuando te decían: ‘no es para tanto, no te quejes’.
El sábado venía manejando por la carretera Panamericana y se dieron en simultáneo dos situaciones. En primer lugar, en un tramo de solo dos carriles, sobre la izquierda venía transitando un bus interprovincial a un paso muy lento, importándole muy poco que está prohibido de usar esa vía, salvo cuando sea para adelantar. Me tuve que acomodar a la derecha para poder seguir avanzando y de pronto por la vía auxiliar aparece un carro queriendo sobrepasarme. En ese caso, ya no solamente es una infracción, porque entendamos ‘vía de emergencia’ significa que es para usarla cuando se producen situaciones que salen de lo corriente, o sea, no es para adelantar, sino que expone a todos a una posibilidad de accidente. No hubo siquiera posibilidad de increparlo pues aceleró de una manera desmedida y desapareció.
Era más de esa misma ‘cultura’, ‘me importan un bledo las reglas’, ‘hazte a un lado que voy a pasar’.
En la vida cotidiana vemos esto como pan de cada día. Y lo peor es que nos hemos acostumbrado. Son situaciones que se han normalizado. Hemos asumido que la ‘criollada’ es más bien una característica positiva de nuestra identidad. Hasta nos sentimos orgullosos de ella y ‘sacamos pecho’ de ser criollos.
Nos hemos convertido en ‘sacavuelteros’, incluso en situaciones, ridículamente absurdas, en las que es completamente evidente que hay una trasgresión.
No puedo dejar de pensar en el ministro que hace su ‘pachanga’ en plena pandemia y trata de solaparla diciendo que está chambeando y encima le pide a la vecina que la haga la ‘gauchadita’, para ‘pasar piola’.
Incluso en esta columna estoy evidenciando como hemos creado un ‘metalenguaje criollo’, para hacernos más simpáticos y procurar que nuestras faltas ‘pasen por agua tibia’.
Estoy muy a favor de que los diálogos tienen que ser coloquiales, simples, simpáticos, pero también empáticos y sin excesos, sobre todo tomando en cuenta tu auditorio.
Los ejemplos que he expuesto nos han degradado como ciudad, nos han alejado de la posibilidad de construir una sociedad más ordenada.
Quisiera enfatizar en la ‘violencia, verbal y no verbal’ que ello representa. Nos hemos vuelto muy agresivos y poco tolerantes. Por ejemplo, cuando cambia la luz del semáforo, no ha pasado un segundo y ya estamos tocando el claxon, para que el de adelante avance, o apurando al peatón que empezó a atravesar la pista un poco tarde.
Pero cuando se nos acerca un vendedor de golosinas y la luz ya está en ámbar, no tenemos reparo en buscar un sencillo en el bolsillo para comprar un chocolatito, y ¡que el de atrás espere pues¡, total estoy apoyando a este ambulante, y ‘¡no estoy haciendo nada malo!’
En cambio, cuando se acerca un anciano a nuestra ventana, le hacemos un gesto despectivo, le volteamos la mirada, aceleramos un poquito, para así deshacernos de esa incómoda situación. ‘¡Qué pesado este viejo que siempre me pide limosna!’
Cada una de estas imágenes que he descrito suceden a diario, y nos han pasado a nosotros. Puestas en blanco y negro, nos causan cierta incomodidad y nos arrancan una soslayada sonrisa.
En lo cotidiano se puede empezar el cambio. Escojamos una y empecemos por no caer en ella. Les aseguro que estaremos empezando en mejorar nuestra ciudad y convertirnos en mejores ciudadanos.
Guillermo Ackermann Menacho
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.


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