Este 2021 podría denominarse un año para el olvido.
Empezó con la segunda ola de la pandemia, nuevamente una inmovilización social obligatoria estricta, un índice muy agresivo de contagios y sobre todo de mortandad, tras el pésimo manejo de la crisis sanitaria, que además evidenció que tenemos la peor infraestructura de salud de la región.
Contábamos con un gobierno improvisado, que lo único que hacía era contar las horas para que haya elecciones y puedan regresar a su casa.
Los indicadores económicos estancados. La gente sin trabajo y, lo principal, el desánimo se había apoderado de las calles.
Empezaba tímidamente la campaña presidencial y congresal, y no se veía ninguna luz en el camino. Fragmentación, poca claridad y candidaturas que aparecían liderando de una manera poco creíble, pues cuando uno preguntaba en las calles, no existía correlación, con las supuestas preferencias de la gente.
Pero lo que siguió, empezando el segundo trimestre, ha sido, probablemente, la campaña más descarnada y destructiva de nuestra historia. Tanto así que, pareciera que, seis meses después de haber juramentado el nuevo presidente, la campaña continuase, tanto por parte del oficialismo, como de la oposición.
El Perú se ha polarizando, más de lo que históricamente ya estaba. La intolerancia se ha apoderado de la opinión pública y los extremos son los que tienen la voz cantante.
Aparecieron candidatos que hablaron fuerte y claro, y premunieron sobre los riesgos que acarreaban otras candidaturas, así como, otros, que acusaban al extremo opuesto como el más insensible.
El odio fue el principal consejero y se terminó eligiendo por el voto en contra, más que por el voto a favor. No hubo un candidato que generara consenso. Nadie que haya tenido la lectura correcta de las cosas y se haya situado en un punto medio que cubra las expectativas básicas de la mayoría.
¡Qué poca capacidad de situarse en la realidad y de leer lo que el Perú necesitaba!
Una semana antes de la primera vuelta, las encuestas más ‘creíbles’, mostraban la foto más ‘increíble’. Ninguno de los que aparecieron entre los 4 primeros lugares, pasaron a la segunda vuelta.
Es más, el actual presidente figuraba prácticamente en la categoría ‘otros’. Repito a una semana de las elecciones.
Cuestionado todo el sistema electoral, el descontento generalizado y los candidatos menos idóneos, llevaron a una batalla campal para la segunda vuelta entre los supuestos representantes de la ‘Derecha Bruta y Achorada’ y del ‘Neo Terrorismo’. Un dilema que dividió y desgastó más al país de lo que ya venía golpeado tras la pandemia.
En ese preciso momento cuando debían aparecer voces que calmaran y que trajeran el debate hacia un punto de equilibrio, todos los actores radicalizaban más la campaña. Y terminamos devastados.
Uno de los extremos iba a ganar de todas maneras. El resultado era técnicamente un empate, de fotografía, con acusaciones de fraude, manipulación y preferencias hacia los organismos técnicos. No hubo resultados oficiales hasta casi dos semanas antes de la juramentación. Tal caos llegó hasta 28 de julio, el del Bicentenario, y ahí empezó un nuevo capítulo de esta historia.
Peor no pudo haber sido. El país está en picada. A los 100 días de gobierno ya van pasando dos gabinetes, uno peor que el anterior. Ya se afrontó una primera intentona de vacancia presidencial. Lo que viene no pinta mejor que lo que ya ha pasado. La corrupción campea abiertamente. La incompetencia pareciera que es un orgullo para los gobernantes, la banalizan, la justifican. Esto va a terminar mal, muy mal. No quiero ser ave de mal agüero, pero presiento que puede terminar, incluso, con un no deseado derramamiento de sangre en las calles.
Entonces las preguntas son: ¿qué hacemos?, ¿qué nos toca?, ¿qué rol debemos cumplir? ¿Nuevamente nos volvemos espectadores, opinólogos, que desde la comodidad de nuestra ‘tribuna protegida’ vemos cómo se destruye el país? ¿Seguimos trabajando, rompiéndonos el lomo, esperando que otros resuelvan los problemas estructurales y sociales? O, en cambio, debemos asumir un papel más protagónico.
Si dejamos la política en manos de esta gente que criticamos, ¡qué podemos esperar de ellos? ¿Estamos dispuestos a jugárnosla por nuestro país?
Pues, ¡me temo que no! La primera reacción es: ‘¡en política de ninguna manera!’, ‘¡siempre sales mal parado!’
Entonces, ¿cuál es el camino?
Yo propongo en primer lugar que participemos del debate público.
Se necesita dar batalla en el campo ideológico. Construir un ideario de lo que el país necesita y que luego se convierta en una propuesta política.
Hay jóvenes que están dispuestos, trabajemos de la mano con ellos.
Se ha vendido la idea que en el Perú existe una ‘derecha bruta y achorada’ y eso no es verdad. Puede haber personas extremistas, que probablemente son demasiado efusivas e intolerantes y eso ha servido para etiquetar a la mitad del país. Insisto ES FALSO, no tenemos movimientos neo nazis, fascistas, ni de extrema derecha.
Asimismo, creo que etiquetar a la otra mitad de terroristas y violentistas es la mejor manera de no entender qué motivaciones sociales auténticas existen y así se siguen postergando muchas auténticas protestas de los más pobres y marginados.
Tenemos que trabajar en el campo de las ideas. No bastan el pragmatismo, ni los indicadores macro económicos. No ha sido suficiente la disminución de la pobreza extrema. El crecimiento sostenido de 20 años no ha llegado a todos los rincones.
Educación, salud, infraestructura, acceso a los servicios básicos: agua, desagüe, luz, internet, telecomunicaciones. El camino está a la vista, no hay que hacer más estudios, ni contratar ONG para los análisis.
Pero la columna vertebral deben ser los valores. Integridad, transparencia, legalidad, limpieza en los procesos. No hay espacio para la corrupción. Así el Perú volverá avanzar.
No nos quedemos de brazos cruzados, estamos perdiendo el país y esta vez nos costará mucho más recuperarlo. Que este 2021 no sea un año para el olvido, sino que sea el año en que aprendimos de los errores y supimos como reconstruir un nuevo Perú.
Guillermo Ackermann Menacho
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.


0 comments on “Se va, se va…”