Columnas Guillermo Ackermann Opinión

La vida y la muerte

‘Al fin de la batalla, 
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre 
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» 
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.’ (César Vallejo – La Masa)

Hace dos días una imagen me impactó de una manera terrible.

Un tanque en una ciudad de Ucrania desviaba su rumbo y pasaba por encima de un pequeño automóvil, dejándolo completamente aplastado. El tanque siguió su rumbo.

Otra escena se me viene a la cabeza y, aunque no existe registro visual, es fácil imaginarse una situación de esa naturaleza. Una mujer andaba en su bicicleta en la ciudad de Máncora y un camión la embistió. La mujer muere a los minutos. El vehículo pesado no se detuvo, siguió su rumbo.

¿Quién manejaba el tanque?, ¿Quién estaba en el automóvil? Seguramente no lo sabremos, pero no es difícil imaginar que podría ser un muchacho, alrededor de los treinta años, que ha recibido una orden: elimina todo lo que se te cruce en el camino. La escena pareciera indicar que perdió el control y se fue encima del pequeño carro.

Este chico proviene de una familia. ¿Estará casado?, ¿Tendrá hijos?, ¿Vivirán sus padres, hermanos?, ¿Qué va a significar esto en el resto de su vida? La imagen editada mostraba que finalmente el conductor del vehículo quedó atrapado entre los fierros aplastados, y que originalmente sobrevivió. Pero el soldado no lo supo, siguió su camino. Tenía que seguir con la consigna encomendada.

A miles de kilómetros, en la norteña ciudad costera del Perú, la ciclista se debatía entre la vida y la muerte. De ella sí sabemos que era una deportista, ciclista, tablista, poetisa, literata, y sobre todo una mujer de bien. Madre de familia, esposa, hija, hermana, amiga. Inspiradora de cosas buenas. Su partida deja un vacío enorme, pero una tristeza inconmensurable. Mientras agonizaba ese espíritu libre no imaginaba el dolor que causaba en miles. Ella seguía volando y corriendo olas. Pero se enrumbaba a encontrarse con ese Dios al que amaba, al que le decía ‘flaco’, ‘flaquito’. Al que le había entregado varios hermosos años de su vida en un convento. Al que seguía sirviendo de distintas maneras con obras de caridad y de otras maneras.

¿Quién manejaba el camión?, ¿Por qué huyó?, ¿No se le cruzó por la cabeza que podía salvarle la vida?, ¿No pensó que ese podrá haber sido su hijo, amiga, vecina?

En Ucrania, el chofer del carro aplastado, seguía luchando por salir del amasijo de fierros. ‘Se le acercaron uno, veinte, mil, quinientos mil… y millones de individuos’ como en el poema de Vallejo, clamando: ‘No nos dejes valor’.

‘Pero el cadáver, ay, siguió muriendo’

Son dos momentos de una misma realidad. La vida y la muerte.

La insania en la que puede caer el ser humano al despreciar la vida de esa manera abrupta, salvaje, es difícil de entender.

‘¿A dónde hemos llegado?’, escuchaba decir en un programa televisivo, pero la verdad es que en la historia siempre hemos estado en el mismo punto. Las guerras han sido y serán parte del lado oscuro del ser humano. Y la indolencia del corazón de dejar tirado a alguien en medio de una pista, sin preocuparse si se podía salvar esa vida, forman también parte de esa miseria que tenemos los seres humanos. Lo leíamos incluso en las Sagradas Escrituras en el relato del Buen Samaritano que atendió a un hombre que desfallecía a vista y paciencia de los que andaban por ese camino.

Nos entristece y conmueve. Pero tenemos el antídoto, o remedio, más cerca de lo que creemos. Si cada uno cambia en su interior. Si nos proponemos hacer una obra buena cada día. Si ayudamos a mejorar nuestro entorno. Hay muchas maneras de cambiar y hacer mejor el mundo cada día.

Ejemplos a seguir hay muchos. Desde la menuda religiosa albanesa, que, en la lejana ciudad de Calcuta, en medio de la pobreza más extrema, transformaba todo lo que tocaba, desplegando amor. Hasta el día de hoy en que Doris, a quien no conocí, nos ha mostrado que es posible vivir amando y pintando el mundo a colores, resaltando las montañas y el mar.

‘Entonces todos los hombres de la tierra 
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; 
incorporóse lentamente, 
abrazó al primer hombre; echóse a andar…’

Así termina este hermoso poema, porque quien vive de una manera virtuosa, nunca muere. Y no es una realidad reservada para algunos escogidos. Es una invitación a todos, a cualquiera de nosotros.

Así, ni la guerra, ni la miseria vencerán. Recordaba un sentimiento que tenía hace años. Si creemos que el mal es expansivo, pues con mayor certeza debemos estar convencidos que el bien es completamente difusivo.

Como decía en uno de sus extraordinarios monólogos el gran Facundo Cabral: ‘por cada bomba bulliciosa, hay millones de caricias silenciosas’.

Venzamos al mal, con el bien.

Guillermo Ackermann Menacho
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.

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